Marketing estricto

Esta mañana he ido a Misa y al acercarme a comulgar, delante de mí iba una joven que vestía como si fuera a la playa. La mínima tela que se puede utilizar en la confección de unas bermudas y de una camiseta, en chanclas y despeinada. Probablemente nadie le habrá explicado que mismamente si fuéramos a visitar a una personalidad relevante o incluso vamos a que nos hagan una entrevista de trabajo, nos arreglamos lo mejor posible y correctamente, para dar buena impresión. Para visitar o recibir al Señor no es que tengamos que hacer el teatro de causarle buena “impresión”, porque el Señor nos conoce, pero por respeto a la Eucaristía y recibir a Jesús Sacramentado debemos ir con el mejor comportamiento y la mayor dignidad que la ocasión requiere. 

ELENA BAEZA. MÁLAGA 

En mi opinión, la dignidad nada tiene que ver con la indumentaria. Puede que haya más dignidad en Jesucristo, vestido con harapos y ejecutado en público, que en cualquier cardenal con capa roja. Puede que haya más dignidad en el parado con ropa de saldo que en el empresario que firmó el ERE con traje hecho a medida. A mí, que he visto demasiadas películas de gánsteres, alguien que se viste “lo mejor posible y correctamente” me inspira de inmediato desconfianza: pienso en Lucky Luciano. 

Dejando el fondo de la cuestión, lo que más me intriga es el atrevido marketing de la iglesia católica. Cualquiera pensaría que, cuando disminuye la demanda, hay que bajar los precios y facilitar el acceso. En la discoteca más selecta, cuando ya no se llena, lo normal es que te dejen entrar hasta con calcetines blancos. ¿Qué hace la Iglesia? Todo lo contrario: cuanta menos gente va a misa, más quisquillosos se ponen. ¿Disminuye la demanda de Primeras Comuniones? Pues lo ponen aún más difícil: catequesis más largas y requisitos más exigentes, y de hostias sin gluten ya ni hablemos. 

¿No da que pensar? Parece una mala idea, pero quizá por eso acaban cerrando las discotecas legendarias y la Iglesia dura ya dos milenios. Se las saben todas y han entendido bien a Groucho Marx: ¿quién quiere ser socio de un club en el que admitan a tipos como uno mismo?