El síncope

Nunca han faltado modas molestas, insanas e incluso mortales. Acabamos de enterarnos de la última víctima ilustre (de las corrientes, hay miles a diario)  de una de las manías hoy más extendidas: Sarkozy ha debido ser hospitalizado por practicar el “jogging”. ¿Cómo es posible, incluso a ese nivel, ese comportamiento, que confunde el sano ejercicio y paseo con el violentar tanto nuestro organismo? ¿Cómo ignorar que el mismo “inventor” del “jogging” murió practicándolo, de un ataque al corazón, a los 53? ¿Hasta cuándo durará esa funesta concepción, fomentada incluso por autoridades incompetentes, de correr para estar en forma… para morir? 

JOSÉ MANUEL LLERA LOZANO. MADRID 

Nacho Escolar comentaba que uno de los síntomas para el diagnóstico de la megalomanía del poder es la vigorexia: Aznar y sus dos mil (¿o eran cincuenta mil?) abdominales diarios o el propio Franco y sus atunes de quinientos kilos. El Caudillo establecía los récords más insólitos: seis horas sin hacer pis en pleno Consejo, con todos los ministros a punto de utilizar sus carteras ministeriales como orinal. Si en Francia tienen “la grandeur”, aquí no damos para tanto: seguimos el ejemplo del Generalísimo y los poderosos presumen, como Zapatero, de austeridad (melón con sal), de resistencia física (los escoltas apenas pueden seguirle cuando corretea), de vida familiar de mesa camilla (el Colacao de las niñas) y de la lucecita de El Pardo/Moncloa toda la noche encendida (¡Lo que lee este hombre!, nos atufaba el otro día con incienso Elena Salgado, vicepresidenta-botafumeiro que nunca dice no). ¿Cómo no van a tener accidentes? Si fuera español quizá se habría tropezado, pero la citada “grandeur” exige que un presidente de la República caiga redondo, como mínimo. Ponerse a correr a las dos de la tarde en julio es una sandez, pero ya se sabe que los poderosos pierden contacto con la realidad.  

El inventor del jogging murió a todo correr y el célebre Dr. Atkins, el de la milagrosa dieta, murió obeso, con 116 kilos. Sí, es verdad, pero hablamos de seres humanos corrientes, no de vigoréxicos habitantes de palacios. Son de otra pasta, amigo.