Cosas de críos

¿Qué hace que un chaval, que debería estar estudiando o jugando con sus amigos, se convierta en un asesino o en un violador? ¿Por qué este tipo de hechos no se daba hace cuarenta años con la frecuencia de ahora? Quizá hace cuarenta años no había una televisión como la nuestra. Quizá hace cuarenta años nuestros padres, los maestros e incluso cualquier persona mayor tenía autoridad moral suficiente para reprender a un niño maleducado. Hoy no queda ni rastro de aquella autoridad. Muchos viernes y sábados, en medio de la madrugada, es posible escuchar los gritos impunes de algunos jóvenes descontrolados. Puede que los nuevos verdugos sean jóvenes a los que nadie tuvo la valentía de frenar a tiempo. Y si no se pone freno, el crimen y el delito son sólo cuestión de tiempo.

PABLO GONZÁLEZ CABALLERO. MADRID

He leído libros antiguos y los niños se apuñalaban sin pestañear y cometían atrocidades con un desparpajo casi simpático. Y no había televisión. Y el principio de autoridad estaba bien establecido. Hay algo que me echa para atrás en la idea de que los niños son buenos por naturaleza y, si hacen algo malo, será porque lo han visto por la tele o en internet. El mal también es natural.

Ya San Agustín hablaba de la maldad infantil y concluía que los niños podrán tener menos fortaleza corporal para hacer daño, pero “el ánimo, aun en aquella edad, no es inocente” (Confesiones, I, VII), y preguntaba con angustia: “¿dónde, Señor, estuve sin pecado o en qué tiempo he sido inocente”? Lea El señor de las moscas o a Agota Kristof: da escalofríos. ¿Que sólo son novelas de ficción? Ojalá.

¿Mano dura, menos tele y fuera botellón? ¿Eso es todo? Con el debido respeto, lo dudo mucho. Esta infancia es un concepto cultural reciente, creado por la Ilustración: quizá no sería una tontería volver a pensarlo. Para el autor de El mago de Oz, por ejemplo, los cuentos tradicionales europeos eran demasiado crueles. Puede, pero al menos enseñaban a los niños a enfrentarse a su propia maldad, no presuponían que eran buenos e inocentes: así no les dejaban indefensos ante sí mismos, como hacemos ahora con Disney, Pixar y compañía.