Lasciate ogni speranza

Gracias COI, porque descartando a Madrid nos evitarás el espectáculo de ver a nuestro Alcalde y a nuestros Gobernantes  demostrándoos una sumisión y un servilismo tan grande que sería imposible dejar de comparar con el pequeñísimo respeto que nos tienen a nosotros, a quienes deben sus cargos. Gracias porque nos evitaréis contemplar cómo nuestro dinero se desplaza de nuestros bolsillos a través de los vuestros a las arcas de las empresas constructoras, de los grandes bancos, de las multinacionales de la comunicación y de otros entes igualmente altruistas. Gracias porque tal vez nos ahorréis a los madrileños algunos meses y algunos kilómetros de zanjas, vallas, atascos y ruidos, y algunos miles de millones de deuda.

  

JUAN-VIDAL DÍAZ SOTO. MADRID 

Me uno a su gratitud. Menos mal que el COI se compadece de una ciudad demasiado maltratada ya como para soportar la indignidad de unos Juegos Olímpicos. ¡Lo que nos faltaba para el duro! Dan ganas de vomitar.  

Decía Antonio Muñoz Molina que le gustaba vivir en Madrid: un sitio que tiene la culpa de todo. Aquí yo también estoy en casa: esta ciudad a la que no se le concede derecho a presumir de nada. En la España plural (y sobre todo en las localidades turísticas) ser madrileño es aprender a ser menospreciado. Por eso es tan acogedora, promiscua e igualitaria: como la sentina de los condenados, el lazareto o el furgón de cola. Aquí todos somos iguales, la misma basura, y ya hemos dejado atrás toda esperanza.  

Oír hablar en Cataluña, en el País Vasco, etc. de Madrid da escalofríos: ni el Berlín de Hitler, ni la Roma de Calígula, ni el Bagdad de Sadam Husein son tan aterradores. No crea que me quejo: me encanta. Por eso no quiero que nada digno de sentirse orgulloso nos suceda. Nos volveríamos mentecatos y acabaríamos celebrando seria y solemnemente el 2 de Mayo, como si fuera la Diada o el Aberri Eguna. ¿Por qué Madrid elige alcaldes tan inconcebibles como Álvarez del Manzano o Gallardón? ¿Por masoquismo? Qué va, es para no envanecernos, son el esclavo que le decía al César: recuerda que eres mortal. Vemos a Gallardón y oímos: ¡esto no es Manhattan, amiguete!