Esa perdida gente

Algunos definen nuestro mundo como un gran palacio de lujuria, en el que, desde que tenemos uso de razón, somos adiestrados en el arte maligno de la seducción con un único objetivo: llevarse al otro a la cama sin más consecuencias que disfrutar. Por suerte, ahí están los políticos de turno para animar a los jóvenes al sexo precoz, solventando esa nadería del embarazo con píldoras y un aborto cada vez más libre, o un sistema sanitario que cubra todas las enfermedades sexuales. Y ya casados, el cine, los periódicos y la TV se encargan de proponernos un adulterio que termina por herir de muerte tantos matrimonios. Que la castidad es virtud nadie, salvo los impuros, lo niega, y para llegar a vivirla necesitamos hacer algo más que apagar la televisión.

  

EVA N. FERRAZ. BARCELONA 

No seré yo quien ponga obstáculos a que usted sea casta. A mí plin. Que le diera por ahí a mi novia, en cambio, sí que me fastidiaría. Ya recomendaba Escrivá Albás (alias Escrivá de Balaguer, alias marqués de Peralta, alias San Josemaría, etc.), en su folleto Camino: “Busca mortificaciones que no mortifiquen a los demás”. Si a mi novia, por lo que sea, se le antoja la virtud, que se apunte a una ONG, que se manifieste exigiendo un carril-bici o que se ponga a reciclar residuos sin parar, ¡pero que no me haga pagar a mí los platos rotos de su virtud! 

Me cuento entre los impuros, entre  “la perduta gente” que (Dante lo sabía) habitamos la “città dolente”. ¿Irse a la cama “sin más consecuencias que disfrutar”? ¡Naranjas! Las consecuencias siempre son imprevisibles y tiene más efectos secundarios que un medicamento: averías sentimentales, somnolencia, dificultad para manejar maquinaria pesada, estupor, hormigueo en la conciencia y una melancolía repentina al volver al resto de tu vida, a la oficina, al bar con los amigos, al vagón de metro. 

Que haya que “animar a los jóvenes al sexo” y que los chavales necesiten la intervención nada menos que de los políticos para irse a la cama, me parece un disparate. Se conoce que frecuentamos jóvenes muy diferentes. Con las que yo conozco, resulta poco tentador “llegar a vivir la castidad”.