Fina y segura

Se ha comentado mucho el error del presidente boliviano al decir: “En la cena con el canciller de la república española…”. En realidad el error, y gran error, es el nuestro, por no tener siquiera, a estas alturas del siglo XXI, lo que nuestros mismos “hijos”, y hace dos siglos ya países emancipados, tienen, como casi todo el mundo moderno: un régimen republicano. De ahí ese tan frecuente error de los políticos extranjeros, al olvidar nuestro curioso arcaísmo y hablar como si fuéramos un país normal. 

JOSEFA ORTEGA OLIAR. MADRID 

Cuánta razón tiene usted. Evo no es el primero ni será el último que mete la pata. Creo que era Vázquez Montalbán quien decía que en España se toleró la monarquía ante el peligro de que tipos como Fraga, Aznar o Felipe González se convirtieran en presidentes de la República. ¿Se imagina? ¿A que da miedo? 

Cuando uno habla con un ciego, procura no utilizar expresiones como: se ve muy claro, mira lo que te digo o hay que andar con cien ojos. El riesgo de columpiarse aumenta cuando se trata de algo que no se nota tanto como la ceguera, por ejemplo: la actual monarquía española. Una vez tolerada la monarquía, lo único que garantizaba la prolongación del entonces llamado Juan Carlos I El Breve era que procurara pasar inadvertido y siguiera el consejo que se solía dar al que se iba a la mili: sobre todo, tú no destaques nunca.  

En España, esta monarquía fina y segura ha imitado a las compresas: no se mueve, no traspasa, no se nota. Con un rey puesto nos podemos hasta  bañar, practicar deporte y comportarnos como si tal cosa, como si la monarquía fuera una institución democrática. Se nota tan poco que por eso se confundió Evo Morales. Cuanto menos se note, menos visibles son también ciertas actividades o negocios del rey. Además, para esos días, nos ponemos también el salva-slip de unos medios de comunicación que blindan a la Casa Real, para que no traspase ni una gota a la opinión pública. El problema es que esta monarquía que huele a lo que huelen las coronas que no huelen nos sale muy cara. Ya sólo ese salva-slip mediático adicional cuesta el precio de la libertad de prensa.