Los teólogos

Hay dos guarismos que marcan la gran desigualdad  social que hay en nuestro país: el Ibex 35 y  los 3,8 millones de parados. El primero: beneficios del 30%. El otro sigue aumentando también, gritando a voces lo que le ocurre a la otra España, En medio, el gobierno repitiendo que lo peor de la crisis ya pasó, pero sigue incrustado en la economía de mercado. Por otra parte la patronal, proponiendo como incentivo para la creación de empleo el despido libre, y la subvencionada parte sindical encantada de haberse conocido porque tenemos un gobierno de izquierdas, aunque  éste financie a la banca ruin. 

ANTONIO ORTIZ ORTIZ. SEVILLA 

Cuando Franco, se hablaba de la distancia entre la España real y la España oficial y fue Suárez, un tipo del Movimiento, el que acuñó aquel propósito tan sencillo, pero contundente: que lo que es normal a nivel de calle sea, simplemente, normal.  Hoy de nuevo el discurso oficial cada vez se parece más a una falda con miriñaque o una chaqueta con hombreras: es vistoso, sí, y complaciente; ocupa mucho espacio y da empaque, pero disimula la forma real del cuerpo y la disfraza.  

Lo que es normal en la calle ya es casi invisible bajo la almidonada ropa de domingo de los políticos. El Gobierno se aleja de la calle como un globo aerostático, surcando las alturas de la retórica farisea y filantrópica. Nos sobrevuela y apenas condesciende a explicar todo cuanto hace por nuestro bien (y que ni siquiera le agradecemos). Salta a la vista que esos tipos son (o se creen) mejores que nosotros: más tolerantes, pacifistas, comprometidos, etc. La oposición en cambio se aleja de la calle enterrándose en el suelo, como una raíz, en busca de su conjetural español medio y “lo que de verdad le interesa”. Salta a la vista que esos tipos son (o se saben) peores que nosotros: más trapaceros y codiciosos.  

Entre Guatemala y Guatepeor, el resultado es el mismo: el rígido corsé oficial. Una España acartonada en la que Zapatero y Rajoy hablan de sus cosas, como teólogos, a gran distancia de la España incrédula y callejera. Exijamos política en zapatillas de andar por casa o al menos con ropa de diario.