Solbes: inadmisible

Oí decir a Solbes por televisión que el problema de la carestía es que los ciudadanos no hemos “interiorizado” todavía lo que vale un euro. Es una forma fina y elegante de decir que no nos hemos enterado. Bien. Es posible. Pero a continuación añadió una vacilada: “Veinte céntimos equivalen a 36, no, 32 pesetas”. Pues mire, no. Según mi modesta calculadora de los chinos son 33,27. Todos los iconos laicos se me están cayendo de las peanas. Un poco más de precisión es exigible en quien tiene que saber mucho, pero muchísimo más que todos nosotros.

ISABEL ESTEBAN GÜELL, Barcelona

Usted comprenderá y disculpará que el mejor escribano eche un borrón, ¿no es verdad? El tal Solbes ha metido la pata hasta el corvejón, pues salta a la vista que él es el único que no ha “interiorizado el euro” (sea lo que sea semejante operación). Él no tendrá ni idea, seguro, pero el resto de los españoles sí sabemos de sobra lo que vale un euro, lo que cuesta ganarlo y a qué precio están las cosas.

Lo grave, en mi opinión, no es eso. Lo que no tiene disculpa es esto: el tal Solbes ha reconocido ahora, por primera vez, “el efecto inflacionista” del euro. Con toda desvergüenza, añadió: “Cuando estaba en Bruselas decía lo contrario, pero ahora lo puedo decir” (El País, 16-XII-07). Atenta, Isabel: “Ahora lo puedo decir”. Antes lo sabía, pero no podía decirlo, porque le convenía negar la evidencia y, sin ningún escrúpulo, “decía lo contrario”. Tan campante. Todos los asalariados sabíamos que el euro había hecho subir los precios, pero el entonces comisario de Asuntos Económicos lo negaba con más cara que un piano de cola: mentía a sabiendas, como acaba de reconocer él mismo. Ahora, en cambio, le interesa echar la culpa de la inflación al euro y, sin sonrojarse, dice lo contrario. Que un tal Solbes se equivoque en una operación aritmética no tiene mayor importancia. Que un ministro y vicepresidente confiese haber mentido en público de forma deliberada y porque le convenía me parece inadmisible. O quizá sea ahora cuando está mintiendo: quién sabe, porque ¿cuándo creer a un mentiroso? ¿Y cómo puede seguir todavía ocupando un cargo público relevante?

¿Qué se puede hacer por él una vez que dimita y esté en el paro? Una idea es fabricar recipientes estampados con su rostro y distribuirlos por los bares para su uso como bote de propinas. Llevarían una campanilla incorporada y así el camarero podría festejar el euro que le dieran con un sonoro: “¡Pa’l bote del señorito Solbes!”. Otra idea es que se vaya a una empresa privada (donde sus habilidades para mentir impávido serían bien recompensadas) y acabe haciendo compañía a Rodrigo Rato en varios consejos de administración. ¿Alguna otra idea, Isabel?

RAFAEL REIG