Pato confinado

Mañana saldremos a pasear a la deriva

Mañana saldremos a pasear. Nos comeremos las calles. Seremos como los flâneurs, nómadas de las esquinas, paseantes sin rumbo. Si nada cambia, el Gobierno habrá autorizado tras días de confinamiento que la piel tenga al fin contacto impúdico con el aire fresco, solo en determinadas franjas horarias. Mañana seremos vagabundos de los crepúsculos (estará permitido hacerlo al amanecer y el atardecer).

El flâneur es una figura histórica, un místico de los paseos, un explorador urbano que creíamos extinguido. El vocablo francés significa "paseante" y se refiere a las personas que se dedicaron a dicha actividad por el París del siglo XIX. Vagaban sin más motivo que el de saborear la ciudad con la mirada (Balzac bautizó a estos paseos erráticos como una ciencia: "la gastronomía del ojo").

Les gustaba dejarse llevar por la improvisación andante. No creían en los mapas y maldecían las brújulas. Con los bares y mayoría de comercios aún cerrados, una vez que en nuestras ciudades se abra el coto del paseo, todos ejerceremos de algún modo de flâneurs en el siglo XXI. Sin otra finalidad que el vagar en sí mismo, saborearemos cada acera y pavimento como el prisionero de un gulag al que le dan a probar el primer arroz blanco de la libertad.

Una receta maravillosa

Balzac tenía razón. Comer y pasear, siempre han caminado de la mano. No es una metáfora: la nutrición correcta de poco sirve sin el ejercicio físico. Los efectos beneficiosos para la salud de un paseo solo son comparables a sus efectos espirituales. Caminar treinta minutos al día reduce todo tipo de riesgos para el organismo. Pasear a la deriva durante una hora reduce los riesgos para el espíritu.

La dieta equilibrada es aquella que sabe combinar los nutrientes esenciales para el cuerpo y la mente, y que regula los excesos. Un cuerpo que hace deporte, o que camina a diario, absorbe mucho mejor dichos nutrientes. Un cuerpo que se alimenta con conciencia estará preparado para hacer deporte. Y mens sana in corpore sano: el espíritu que practica el paseo anárquico comprende que la vida es una ensalada de incertidumbres.

Los flâneurs no se dirigían a ninguna parte. Su viaje era gratuito e inesperado. Tenían una dieta proteica de calles y pasajes omnívoros. Con curiosidad, devoraban las vitaminas de unas ciudades entonces vivas. Anotaban las impresiones y las trasladaban luego a poemas, relatos o manuales. Fue casi un género literario en sí mismo, y tuvo ilustres portavoces, como Charles Baudelaire, Walter Benjamin o Julio Cortázar (¿seguiría amando el argentino un metro lleno de mascarillas?).

Antes de esta pandemia, sin embargo, los flâneurs eran animales amenazados, relictos del pasado, como esas tortugas con boca de saurio. Animales bellos y perezosos que el neoliberalismo prefería tenerlos encerrados en el zoo del consumo (si quieren pasear, háganlo por el centro comercial o en la vía verde…). El flâneur era el sospechoso, un merodeador, alguien que ensuciará el baño del bar sin pagar la consumición. El turista nunca es un flâneur, no se equivoquen: todo está pactado en el itinerario. Querrá la Sagrada Familia, luego la Catedral, más tarde la Boquería… es el contra-flâneur, en realidad, un castrador de los regalos del azar a cambio de cuatro fotografías.

Reencuentro con la psicogeografía

Antes del confinamiento, pasear sin rumbo por las ciudades agrestes, diseñadas contra los caminantes y otros animales pedestres, nos parecía una estupidez y, según a qué horas, sobre todo si eres mujer, una amenaza. Los situacionistas inventaron otro término que mañana también cobrará su relevancia. Llamaron psicogeografía al impacto emocional que tiene el espacio urbano en nosotros.

En 1955, Guy Debord escribió el texto fundacional de los psicogeógrafos: Introduction à une critique de la géographie urbaine. Propuso "el estudio de las leyes exactas, y de los efectos precisos del medio geográfico, planificados conscientemente o no, que afectan directamente al comportamiento afectivo de los individuos".

Apuntaba que el espacio que recorremos nunca es neutro. En todo hay comunicación, de las telarañas que mantienen la estructura de las estrellas al maullido de un gato en celo. Un edificio o parque nos habla. La plaza, la calle, las escaleras, el hotel ilegal a pie de costa, el callejón desangelado... pueden despertar emociones de consuelo, odio, temor, éxtasis, calma, desasosiego… Acuñaron los situacionistas además otro término, herencia directa de los flâneurs: "la deriva", es decir el no-viaje, la no-ruta, caminar sin dirección fija para experimentar este conjunto de emociones.

Caminar, pasear, perderse, hasta hace poco era un acto digamos que improductivo. Solo servía para cubrir el espacio que separaba nuestros deseos de la consecución de los mismos (normalmente comprar objetos de consumo, trabajar para poder pagarlos, e intoxicarnos para olvidar el ciclo).

En realidad, bien mirado, caminar de esta forma es una clase de rebeldía sutil. Ir a la deriva es para el capitalismo veloz cosa de sin techo, de trastornados que han abandonado la medicación prescrita, de prófugos de la justicia que intentan camuflarse entre los turistas. Pero mañana, y hete aquí la paradoja del virus: todos caminaremos a la deriva en un mundo con las marchas a medias.

Una emoción resucitada

Saldremos a las calles sin otro objetivo que comernos el barrio. Degustaremos las calles y plazas, con el corazón, los ojos y las mascarillas. Será un festín digno de Balzac a un kilómetro de distancia del punto de partida, un revulsivo contra la psicogeografía carcelaria de nuestras hogares.

Ese paseo nos alimentará más que los panes y bizcochos que hemos aprendido a hacer en estos días de encierro. Sentiremos una emoción de la que hablaban mucho los abuelos y que hasta hace poco se creía también extinta: la nostalgia. Esa emoción rayada y con cola ondulada que se perdió en la selva digital. Enfrentados a la orgía de la novedad, es difícil declararse nostálgico. Pero quizás esta emoción tragipreciosa haya regresado a la vida…

Sentiremos nostalgia de playas y chiringuitos y de cruzar provincias, comunidades, países... Nostalgia de abrazar a nuestros seres queridos en países, comunidades, playas, provincias, chiringuitos... Los paseantes sin rumbo, sin embargo, ganaremos algo: volveremos a cautivarnos con la serendipia, es decir, la fuerza de la casualidad. Tras semanas de aislamiento, el mundo parecerá recién pintado.

Esto ocurrirá porque el cuerpo no ha comprendido la cárcel. Nuestras células iniciarán su particular ramadán al terminar en el atardecer el ayuno: dios es el aire y el sol su único profeta. De estos días de cuarentena los momentos memorables han sido estos: detenerse solo unos minutos, cargados con las bolsas de la compra, y dejar que el sol nos calentara directamente las mejillas, arrobarse en la incandescencia carnal de los párpados cerrados…

Mañana pasaremos el rato mirando a las hormigas del parque y nos preguntaremos qué tal lo estarán pasando en sus agujeros. Tras haber concluido el viaje a nuestra habitación en ochenta días, entenderemos que si bien la libertad era una librería, como dice Joan Margarit, también lo es caminar a la deriva y sin cita.

Mañana la psicogeografía será benévola y nos acompañarán en el trastorno colectivo. Durará poco este efecto panorámico, porque nuestros corazones desean volver al mundo que naufragó. Por alguna extraña razón, preferimos el Titanic en el que suena la música de Sálvame antes que la incertidumbre de un mundo nuevo.

Da igual, porque disfrutaremos, vagaremos a la deriva en este naufragio. Feliz paseo, y que sin rumbo encuentren que la nostalgia de aire fresco, genuino animal con ojos de tristeza y sonrisa felina, estaba justificada.