Pato confinado

El café: luces y sombras del rey de los estimulantes

Granos de café.
S. Hermann & F. Richter en Pixabay.

Europa es uno de los continentes donde más café se consume del mundo. Un vigorizante, tonificante y estimulante de absorción rápida que en el pasado fue tan temido como apreciado. Hoy ha sido en parte rescatado por las últimas investigaciones científicas: sus problemas en relación al corazón fueron matizados.

Sol y sombra para esta energía oscura del amanecer, potencia que pone en danza a las oficinas y los deportistas, regulador de siestas y sobremesas, con sus cifras de escándalo: 1,6 mil millones de tazas tomadas al día, según diversas fuentes.

El elixir negro tiene ese extraño rango de alimento, droga y ritual. Pero hay pueblos que toman más café que otros. Los finlandeses, por ejemplo, parecen haber nacido con una taza en la mano (consumen más de 10 kilos por persona anuales frente a los 4 de los españoles, que no destacamos por estar entre los más cafeteros).

Su consumo se remonta en Europa entorno al año 1600, gracias al comercio de mercaderes venecianos que lo trajeron del mundo musulmán. Y tiene razones de peso: estimula el estado de ánimo, aumenta la alerta y la agitación, disminuye la fatiga, mejora la capacidad cognitiva y la memoria, relaja el músculo liso, estimula el músculo cardíaco y la diuresis…

No obstante, siempre ha sobrevolado en él la duda de su toxicidad, sobre todo en relación con enfermedades cardíacas, arritmias y taquicardias, y todo, principalmente, por una de sus múltiples sustancias, y la más conocida: la cafeína.

Enmascarada en ese líquido oscuro y amargo, la cafeína forma parte del despertar de muchas personas. Es el gran estimulante, pues bloquea el receptor de la adenosina, un nucleósido que estimula el sueño, y eleva los niveles de dopamina, acelerando la actividad cerebral. Seguramente, si fuera prohibido, como ocurrió en el pasado, los primeros días habría una especie de cataclismo productivo. Los zares rusos lo consideraron en su tiempo un caldo demoníaco y actuaron en consecuencia, castigando con mutilaciones a los bebedores. Los cristianos consideraron además que podría llegar a sustituir el vino, la bebida sagrada.

Superadas las reticencias, la cafeína es hoy el estimulante más consumido del mundo. Una sustancia potente que puede producir la muerte si se consumen dosis excesivas (difícilmente alcanzables en nuestro consumo regular de café), además de subir la presión arterial, sobre todo en personas poco acostumbradas a ella, como niños y adolescentes.

Sobre el café ha corrido por ello muchísima tinta y, curiosamente, en muchas ocasiones habrá sido escrita bajo sus efectos. Tiene esa naturaleza dual que nos atrae: es un alimento, así lo describe la legislación europea, pero la cafeína que contiene es una droga psicoactiva que se encuentra en un territorio de sombras, con efectos tanto saludables como negativos que todavía se están investigando. Del café no ha quedado demostrado que sea adictivo, aunque existan personas que muestren dependencia, los cafeinómanos.

La cafeína es un compuesto que se encuentra de forma natural en diversos componentes vegetales, como los granos de cacao y café, las hojas de té, las bayas de guaraná y la nuez de cola. Se trata de un componente bastante estudiado, sobre todo en su relación con problemas cardíacos, el cáncer y el sistema nervioso. La literatura científica parece decantarse, a día de hoy, a que en líneas generales el café es más saludable que nocivo, siempre que estemos dentro de un consumo racional y atendiendo a las peculiaridades de cada persona y a su edad.

Numerosos estudios avalan que una ingesta racional podría presentar incluso ciertos beneficios (menor riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares en mujeres, por ejemplo), ya sea por la misma cafeína o por la enorme cantidad de sustancias que contiene una taza (ácido clorogénico, compuestos fenólicos, diterpenos, aminoácidos, lípidos, antioxidantes…).

No obstante, desde hace décadas también se señalan problemas, sus efectos a corto y largo plazo, aunque es cierto que han sido matizados en los últimos años, como los relacionados con personas que presentan patologías cardiovasculares, hipertensión, cáncer, osteoporosis, palpitaciones, problemas gastrointestinales y de ansiedad.

Si bien es difícil determinar en conjunto sus efectos, ya sea por la cantidad de sustancias presentes en una taza, los tipos y formas de prepararlo, o la variedad que se consume (arábica o robusta, que tiene más cafeína), el café está considerado en líneas generales una sustancia segura que no entrañaría efectos nocivos de per se como ocurre con el alcohol o el tabaco. No obstante, un dato a tener en cuenta es que no todas las personas reaccionan de igual forma ante la cafeína, por su propio metabolismo.

La recomendación actual de dosis es la de no superar tres o cuatro tazas diarias (no pasar de los 400 mg de cafeína); debería reducirse a una taza en personas que padecen enfermedades como la hipertensión y otras patologías, o en embarazadas (hay estudios que señalan que podría ser negativo para el feto incluso en dosis bajas).

Aunque actualmente se considere que su impacto en la salud es menor al que se había pensado, los médicos siguen recomendando restringir su consumo si se padece alguna contraindicación. La EFSA (Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria) considera que "el consumo excesivo de cafeína se ha relacionado con problemas cardiovasculares y, en las mujeres embarazadas, con retraso en el crecimiento del feto".

Algunos estudios, aunque observacionales y poco concluyentes, apuntan a que el café podría reducir el riesgo de padecer cáncer de hígado, prevenir enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson, proteger contra cálculos biliares, prevenir ciertos dolores de cabeza, tener efectos beneficiosos en la digestión y la microflora intestinal… No está mal para una sustancia que en los años 70 estaba en el punto de mira por sus presuntos efectos nocivos.

Como a otros alimentos en el pasado (véase la historia negra del huevo), le están otorgando hoy el rango de "súper". Y eso tras siglos de ser demonizado desde que abandonara las montañas etíopes para conquistar el mundo, en su sempiterna lucha contra el , el otro gran estimulante (también contiene cafeína), que marca los rituales de países superpoblados como China o India.

Los posibles beneficios del café solo se darían, sin embargo, dentro de un consumo moderado, ya que mientras las dosis pequeñas podrían tener efectos cardioprotectores, si uno se pasa de las mismas, aumentan las posibilidades de padecer enfermedades del corazón, según The American Journal of Clinical Nutrition. No obstante, también existe el efecto de la tolerancia, por lo que una taza de café no afectará igual a personas habituadas respecto a otras.

Según la EFSA, la cafeína aumenta la atención, la memoria y la capacidad de aprendizaje, pero puede producir a su vez irritabilidad e insomnio, y cambios del comportamiento, si se superan determinadas cantidades o si se es sensible a ella.

Algunos estudios sostienen que la mejor forma de tomarlo es pasada una hora desde que nos levantemos, pues entonces su efecto no se solapará con las sustancias endógenas que produce nuestro cuerpo para despertarnos, como los cortisoles. También se apunta a que es mejor no consumirlo con el estómago vacío (ya que dispara la producción de ácidos, pudiendo producir complicaciones a la larga). Hay que tener en cuenta que la cafeína llega a sus máximos en el cerebro pasada alrededor de una hora desde la ingesta.

Aunque esté constituido por un 98% de agua, el aporte energético del café es de 2 kcal por taza, con presencia de minerales como el sodio, calcio, hierro, fósforo y potasio. Se trata de una sustancia en general amparada por los nutricionistas, que destacan sus aportes nutricionales y cualidades antioxidantes (que combaten el deterioro celular), siempre que no se acompañe, y este es un punto importante, de bollería industrial o de alcohol (el carajillo), y que se controle el azúcar que se le añade.

Precisamente es en esa relación que mantiene con alimentos malsanos, como las galletas, donde hacen más hincapié los expertos, además de recomendar que se opte por las preparaciones más saludables de café y la modalidad filtrada (el no filtrado podría aumentar la mortalidad, según algunos estudios).

Para las personas sensibles a la cafeína está la opción descafeinada, que mediante un proceso de lavado de los granos de café en agua, solventes orgánicos o dióxido de carbono, logra eliminar el 97% de la cafeína, aunque no su totalidad.

Donde sí se ponen de acuerdo los expertos es en el caso de las llamadas bebidas energéticas, que llevan también cafeína, pero en cantidades puede que más altas (pudiendo incluso provocar sobredosis) e interactuando con otras sustancias, como la taurina. Estas son más nocivas para la salud, sobre todo si se mezclan con alcohol (al multiplicar los efectos estimulantes), sin aportar además muchos de los posibles beneficios del líquido centenario.

El café siempre forma parte de un conjunto: no es saludable o destruye de por sí. En ocasiones los estudios publicados son además contradictorios o están pendientes de mayores evidencias sobre sus beneficios. Debe integrarse, eso sí, dentro de una dieta saludable, atendiendo a criterios de moderación y rango de edad, según los expertos.