Pato confinado

El robo del algarrobo: de comida de caballos a 'oro de secano'

Algarrobas.
Algarrobas, el codiciado fruto para ladrones y fondos de inversión. Foto: PublicDomainPictures/ Pixabay.

Si te fijas, la palabra algarrobo ya contiene en sus sílabas el concepto de hurto, pillaje, atraco... Solo tienes que partirla con una flecha léxica por la mitad: 'Algar-robo'.

Y es curioso que los ladrones busquen hoy las algarrobas o garrofas, los achocolatados, duros y estirados frutos; es raro que estas vainas se hayan convertido en el nuevo percebe; que los periódicos titulen como en las películas de ciencia ficción: ‘Depredadores de algarrobas’. O como con la cocaína de Escobar: "La Guardia Civil ha incautado más de 110 toneladas de algarrobas..."

Es, en definitiva, extraño que esta vaina pobre y mediterránea, aquella alfombra coriácea que cubría como el estiércol los suelos de la marítima infancia, sea hoy objeto de tanto deseo y un motivo para quebrantar la ley. Es alucinante que tengamos que verlo como un thriller mediterráneo...

Los robos de este fruto se han multiplicado en España en los últimos años, sobre todo en el Levante, la cuna de su cultivo. Los agricultores ven cómo una parte de este nuevo ‘oro’ desaparece. El resto de los humanos se preguntan hoy, a golpe de titular, por qué...

La algarroba es una vaina grande, curvada como una daga, o la quijada de un burro. Al parecer la roban cuando no está del todo madura y se vende fuera de los circuitos comerciales (a bajo coste y pagando a tocateja). En la Comunidad Valenciana ya hay vigilancia policial, como si se tratara de campos de marihuana medicinal.

En los últimos años, el fruto más humilde del Mediterráneo, con permiso de las lentejas, se ha convertido en un componente valioso para distintas industrias clave. Los precios -el mercado manda- se han disparado (superando los dos euros el kilo).

Desea la algarroba la industria farmacéutica, industrial y química. También la de los alimentos, el cosmético y hasta en el textil. Teníamos el superalimento en casa mientras íbamos a por la quinoa en los lejanos montes andinos. Hay mucho interés especialmente en su semilla, de la que surgen los principales derivados....

Es harina para humanos y animales, ingrediente de repostería, sucedáneo del cacao, espesante, gelificador, laxante, goma, pasta de dientes, papel o parte del insecticida... Y todo en un fruto al que no hace tanto tiempo se le dejaba muchas veces caer y pudrirse por su poco valor (plantado en suelos infértiles para otros cultivos). Comida de rumiantes, pienso de animales. Un árbol, sin embargo, con mucha historia...

Un símbolo antiguo

Los estudiosos lo califican como mnemotopo (y es un concepto bello, algo así como ‘memoria cultural’ o de lugar, una planta en la que confluyen las tradiciones, la historia, y el vínculo emocional de las generaciones).

Un símbolo que, en sus distintas especies hermanadas, se encuentra tanto en la cuenca mediterránea como en Latinoamérica (donde el árbol autóctono también se llama algarrobo; allí las culturas nativas lo consideraron como el árbol del conocimiento, medio divino y diabólico, algo parecido a lo que pasa hoy en España con los robos y las inversiones de capital).

El algarrobo mediterráneo (ceratonia siliqua) procede en su origen de nuestro mar más oriental, de las costas del Líbano e Israel y Palestina, territorios sagrados en la mitología, lugares desde los cuales se expandiría, aunque se desconoce exactamente cómo lo hizo (tiene la capacidad de adaptarse a muchos medios climáticos).

Seguramente se enraizó en cultivos grecorromanos. Apreciado por los egipcios, tal vez entrara en la Península con los árabes, como sostienen algunos investigadores (su nombre en español deriva de la lengua del Profeta).

Homero lo llamó ‘cuerno de buey’. Los persas ‘quijada de burro’. Y dio de comer a las famélicas tribus de Israel en sus éxodos. Fue emblema de las tradiciones hebreas y católicas.

Desde siempre ha sido un árbol agradecido para el cultivador, pues no necesita muchos cuidados. Sobrevive con poca agua (la acumula en sus raíces en la época de lluvias) y empieza luego a expulsar vainas como si fuera el émulo vegetal de la crianza del conejo. Su función principal ha sido la de alimentar el ganado y a algún que otro profeta perdido y hambriento en las zonas semidesérticas...

En España tenemos cultivadas más de 45.000 hectáreas y en dos años su demanda ha aumentado en un 50%, según publican medios como El País. Y qué raro que esta planta eterna del Mediterráneo sea hoy el nuevo perfume del mercado, el oro del secano, como lo llaman algunos, o el nuevo azafrán.

El alimento de los caballos está ahora en tu súper, farmacia, en gelatinas y salsas, galletas y sustitutos del cacao. Es rico en proteínas, fibra, antioxidantes, hidratos de carbono complejos y minerales (los nutricionistas también se suben al carro).

Es, por si le faltara alguna virtud, un árbol preparado para un cambio climático que va hacer inviable el cultivo de aguacates y otras frutas exóticas en este desierto creciente que parece que será España (el aguacate es un fruto que necesita muchísima agua, piscinas para producir kilos, y esta idea también se esconde en su nombre: agua-cate).

¡A por el oro marrón!

Quién le iba a decir al tranquilo árbol de la sabiduría, chocolate de pobres y parábola del primer cristianismo, que iba a encontrarse un día con el gran mercado, siempre hambriento, ansioso de tomar su vaina coriácea y oscura, con la que antes los niños trasteaban y soñaban el boomerang. Los fondos de inversión están apostando por el árbol, visto cómo ha multiplicado su precio, cuando antes estaba a pocos céntimos, y crecen los cultivos intensivos, y eso que es una planta de crecimiento más bien lento.

¿Y qué pensará el algarrobo? ¿Él que lleva milenios tan tranquilo en tierras austeras, manchando los jardines de los jubilados, ignorado casi como mala hierba, tan alejado de la belleza exótica de la magnolia o el hibiscus? ¿Y qué comerá el caballo?

Tal vez el algarrobo piense, y esto es mucho decir, que prefiere al niño que mordisqueaba su fruto en aquel verano que nunca regresará, cuando sus padres eran jóvenes y el futuro era poco más que un cuento en el que los árboles parecían estar cubiertos por onzas de chocolate.

Tal vez le guste más tener bajo sus ramas a quienes se protegían del sol del mediodía, haciendo quebrar sus vainas con su peso detenido, y no a los ladrones que corren bajo la luna nueva. Tal vez le interese muy poco que sus generosas algarrobas, testigos mudos de cambios climáticos y derrumbes de civilizaciones, se hayan convertido en el oro de un mundo extraño que no sabe hacia dónde se dirige.