Opinion · Recuperar el presente

Clave K, la «hija» gamberra de Margarita Rivière

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Anna Monjo y Joan Carbonell
Icaria

Hace ya un par de años que Margarita Rivière entregó a la editora de Icaria un manuscrito muy especial. Margarita buscaba opiniones y comentarios entre colegas y amigos sobre su primera novela, una ficción que se encontraba aletargada desde hacía quince años cuando otras editoriales rehusaron un texto que podía parecer incomodo. Hoy, tal como decía Margarita, visto todo lo que está pasando, “parece más bien un cuento de colegio de monjas”.

Clave K es un retrato descarnado del poder, un esperpento de cómo se construye una hegemonía duradera y cómo un líder carismático se erige en imagen viva de la nación. Esta novela, que guarda grandes similitudes con nuestra historia más reciente, es un relato universal de algo invisible pero omnipresente: el poder.

Más allá de esta sugerente novela existe también la reveladora historia que hay detrás del libro. El making-off, el “cómo se hizo” Clave K.

Todo empieza cuando Margarita, una de las periodistas mejor informadas de los años ochenta y noventa, recibe un encargo para escribir un ensayo sobre la actualidad política en Cataluña. Los ochenta eran años de euforia democrática y la mayor parte la sociedad disfrutaba de la salida del túnel de la dictadura. Quien no compartiese este optimismo colectivo y ahondase en la “desagradable” crítica quedaba al margen o, como dijo Alfonso Guerra, “aquel que se mueva no sale en la foto”.

Margarita se movía bien entre los medios de la época: sabía que sabía demasiado y que un simple ensayo no podía expresar ni la gestualidad y ni la universalidad de la constitución de un nuevo poder. Tampoco podía demostrar piezas claves del rompecabezas de la transición: demasiados off the record. La ficción sería un buen mecanismo para mostrar esos gestos, esas conversaciones, esas alianzas que forman parte del juego del poder. Un juego magistralmente retratado por la serie, primero británica, después americana, House of cards, como nos comentaba Margarita. Una novela en clave tendría el ingenio y el suspense que permitiría al lector ver que el rey iba desnudo.

La idea de transformar el encargo inicial en esta sugerente novela no cayó en gracia. ¿Quién quería ser un aguafiestas de la fiesta de la democracia? Es evidente que Clave K era un texto incómodo. Margarita aparcó la publicación de la novela pero nunca dejó de pensar en ella.

Después de diez años, y tras pasar por los ojos críticos y los lápices incisivos de los amigos, Margarita estaba preparada para presentar en sociedad a esta “hija” gamberra y satírica: Clave K.

Por si alguien se lo pregunta, Margarita siempre quiso publicar esta novela. No ha aprovechado este tiempo de descrédito de los “próceres de la democracia” para apuntarse al linchamiento. Si Margarita retomó la idea de publicar hace un año fue, posiblemente, porque empezó a sufrir la enfermedad que se la ha llevado. No quería dejar un libro así en el tintero y nosotros la ayudamos en esta divertida empresa.

Para nosotros trabajar con Margarita ha sido algo realmente especial y estimulante. Primero porque somos una editorial principalmente de ensayo, ya publicamos con Margarita el ensayo sobre comunicación El malentendido. Cómo nos educan los medios de comunicación  en 2003, y la novela es siempre una aventura para todo el equipo. Y segundo porque trabajar con Margarita Rivière ha sido un placer que nunca olvidaremos. Con su entusiasmo característico, hasta el último momento, nos decía que había que difundir esta novela. Seguiremos su consejo y os animamos a leerla.

Y recordad, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Cómo se diseña el líder

Fragmento de Clave K de Margarita Rivière

El día amaneció con pronóstico de lluvia. La ciudad aún dormía cuando Coska ya había hecho balance del contenido de los diarios, que recogían los últimos acontecimientos y preparaban la decisiva jornada que empezaba. Estaba convencido de que, si la población kaika reaccionaba con un emocionado homenaje a K, todo se arreglaría. Llevaba cinco días trabajando para conseguirlo, con tanta intensidad que solo había dado unas pocas cabezadas.

Aunque era un gran escéptico y no menos cínico, Coska creía, ante su propio asombro, en la fuerza indestructible de la movilización de la gente. Por eso había sido el artífice de aquella manifestación, tan arriesgada si todo acababa en un fracaso. Se dio cuenta de que esa osadía la había aprendido de K. Recordó que, hacía ya más de cuatro años, el primer día que ellos dos pusieron los pies en el palacio, K le había dicho: «El Gobierno ahora mismo somos tú y yo. Y eso no tiene por qué cambiar. No lo olvides cuando todos nos quieran utilizar». Hincó los dientes en un cruasán, tomó un sorbo del segundo café del día y disfrutó de su sabor amargo. Pensó: «Estamos empezando, este proceso no debe pararnos».

Aventuró lo que podría ocurrir si la manifestación fuera un estrepitoso desastre. Podrían acudir solamente las cinco mil personas de todas las regiones del país que, una vez cumplida su misión de apoyar a K con su presencia pública, recibirían un espléndido aguinaldo ya fuera monetario o en empleos en la futura administración pública. «Si solo aparecía aquella gente contratada —pensó—, mejor que hagamos las maletas». Apuró su café hasta el final y encendió un grueso puro, calculando que aún le daba tiempo a saborearlo antes de que empezara el previsible ajetreo de aquel día histórico. Se estremeció al pensar que esa vez sí estaban haciendo historia.

Los diarios del día analizaban detalladamente de la situación. El banco se había arruinado: debía una fortuna, y algunos ya se preguntaban cómo se pagaría. Una montaña de pequeños inversores, al darse cuenta de que sus ahorros dejaban de existir, habían comenzado a organizarse para pedir responsabilidades. Eso era un hecho, quizás el más grave: un frente, incontrolable aún, por desactivar. Ni siquiera el abogado Anglada sabía todavía cómo abordarlo; así se lo había dicho a Coska horas antes. Esa gente podía hacer acto de presencia y crear un espectáculo poco edificante que los medios de comunicación recogerían, sin duda.

El otro hecho inquietante, diagnosticó, era que el Gobierno central, aunque había reaccionado tarde, comenzaba a extender su influencia. Un editorial señalaba que «al estar procesada, la máxima institución del Gobierno kaiko —es decir, K— no dispone de libertad política suficiente para defender los intereses nacionales». Otro incluso se había puesto del lado del fiscal general afirmaba que «en los países democráticos, hasta que se conoce el resultado de un proceso, los responsables políticos, por conciencia democrática y por dignidad política, dejan en suspenso su cargo…», lo cual era un eufemismo para pedir su dimisión. Sus salchicheros no habían logrado averiguar aún cuánto le costaba al

Gobierno central, en dinero contante y sonante, ese apoyo periodístico de última hora. Coska tomó buena nota de los medios que una semana antes habían dicho una cosa y ahora señalaban otra. Una vez más se reafirmó en su opinión de que el dinero obra magníficos milagros.

Recapituló los cabos sueltos de aquel complicado día. Repasó imponderables. Comprobó que los que le habían jurado silencio y habían contenido declaraciones adversas, como los sindicatos y bastantes dirigentes de la izquierda, seguían piadosamente callados: todos esperaban su recompensa, pero eso ya llegaría en su momento. Observó que nadie recordaba ya, como cabía esperar, la desaparición de Queiket, al que tantos habían jaleado como futuro director de la televisión pública. Pensó que su amigo, por muchos enemigos que tuviera, no merecía ese olvido.

Por último, revisó el desarrollo de los acontecimientos previsto: en apenas cuatro horas se jugaban el futuro. Había trazado con cuidado un completo plan. No tenía por qué fallar, ya que lo había madurado a fondo con las personas implicadas, en especial con los responsables de la televisión, cuyo papel era decisivo. Releyó sus notas:

«1. K llega al parlamento, ante el cual lo vitorean centenares de ciudadanos (llevados por el partido y otros). La transmisión por televisión y radio recoge ampliamente el hecho. K sonríe, se muestra alegre, confiado, enérgico, determinado. Baja del coche y saluda a la gente. Su escolta se ha incrementado notablemente. En ese momento, los medios recuerdan su trayectoria de resistencia contra la dictadura.

»2. K es recibido por el presidente del Parlamento y la representación de todos los partidos políticos. Saluda a cada uno de ellos. Detalles de los abrazos o de la frialdad. Entra en el hemiciclo. La sala entera lo aplaude. Las cámaras se aproximan a los que no lo hacen (previsiblemente media docena de socialistas, aunque pueden ser más).

»3. Comienza la sesión en la que K ha de pronunciar su discurso de investidura. Mientras habla el presidente del Parlamento, se escucha un insistente clamor del exterior. Piden la presencia de K en el balcón. El clamor crece. El presidente del Parlamento interrumpe la sesión para salir y pedir silencio a la multitud, con el fin de que la sesión pueda desarrollarse con normalidad. Las cámaras enfocan el interior y el exterior. En el exterior se van congregando ya miles de personas (convocadas por la misma retransmisión del acto).

»4. El presidente del Parlamento interrumpe la sesión por segunda vez para consultar con los grupos políticos si ha de cancelarse la sesión. Las cámaras recogen el clamor de la calle (y el efecto llamada), también las puertas cerradas de la sala donde se reúnen los portavoces y a K en su escaño, repasando su discurso.

»5. Salida de la comisión. Rostros de los reunidos. Crescendo del clamor ante el Parlamento. El presidente anuncia que, dadas las excepcionales circunstancias, se ha acordado, sin consenso (probablemente solo se nieguen los socialistas), que K salga al balcón, salude a la gente y le solicite silencio para poder pronunciar su discurso.

»6. K sale al balcón acompañado del presidente del Parlamento. Delirio. Hace un primer discurso de agradecimiento (cinco minutos máximo), pide paciencia y un minuto de silencio por la democracia y el país. Los comentaristas informan que la plaza del palacio de Gobierno, donde está convocada la manifestación, ya rebosa de gente dos horas antes de la convocatoria. Imágenes de las dos multitudes (Parlamento y palacio).