Opinion · El repartidor de periódicos

El Rato que vivimos peligrosamente

la razonLa aznaridad, ese mito carpetovetónico de prosperidad, honradez y buena gestión que acuna el recuerdo de aquellos 1996-2004, se le deshace a nuestra derecha mediática entre los dedos de la mano alzada. El doble affaire Rodrigo Rato de esta semana ha obligado a los exégetas de la gaviota a desempolvar el diccionario de antónimos y poner feo donde antes ponían guapo, malo donde antes escribían bueno, y chorizo donde antes adjetivaban gran gestor. Aunque La Razón sigue pareciendo un poblado galo irreductible en su vasallaje pepero.

Escribe Pilar Ferrer este viernes en El ocaso de un hombre ejemplar un denso perfil del hoy ángel caído con un ojo en el papel y otro en la mirada vigilante de Francisco Marhuenda, depositario del caliz mariano Y nos va quedando claro que han existido dos ratos Rato. El primer Rato, el gran gestor, estaba en el PP. Pero el segundo Rato, el presunto cantimpalo, iba de por libre: «Alejado de sus antiguos amigos del PP, optó por la vía financiera y recaló en la presidencia de Caja Madrid», relata la evasiva cronista. Llegamos así a la conclusión de que en las presidencias de las cajas se recalaba, y que «alejado de sus antiguos amigos del PP» uno puede alcanzar las más grandes responsabilidades (y sueldos) en la elite económica. Yo creo recordar que el nombramiento de Rato provocó uno de los más cruentos enfrentamientos entre Esperanza Aguirre, que quería a Ignacio González, y Mariano Rajoy, al que le valía cualquiera menos ese. Pero deben ser fantasías mías. Un alzheimer inverso que me hace recordar cosas que nunca sucedieron. Una leyenda sin «antiguos amigos del PP» de por medio.

abcLos jueces son los malos

El director de ABC, por su parte, no cita a Rato en su pieza Quién juzga al juez. El ocioso lector ha leído bien. Bieito Rubido no cita a Rato el día en que hasta Mariló Montero se ha interesado por quién era aquel señor. Y nos deja un poco intranquilos Rubido con su esotérica reflexión. «En la España actual comienza a ser cierto aquel aforismo según el cual donde más delitos se cometen es en los juzgados». ¿Se refiere el periodista al juzgado número 35 de Madrid que firmó la orden de detención de Rato? «Los ciudadanos asisten atónitos al espectáculo justiciero que algunos magistrados han puesto en marcha a la sombra de la crisis económica», prosigue. «Escuchan nuestras conversaciones, leen nuestros mensajes, hasta pretenden vivir nuestras vidas. Algo habrá que hacer ante tanto exceso». Se me ocurre que el Gobierno podría condenar o absolver por decreto ley, amigo Bieito. Pues es cierto que «los ciudadanos asisten atónitos» a este filme penitenciario coral de los Bárcenas, Rato, Matas, Correa, Granados… Unos angelitos. Abramos la veda del juez.

Después, en el editorial, al papel de los Luca de Tena se les desliza una errata. Donde se lee que «las sospechas se centran en un patrimonio familiar» procedente de «una herencia recibida tras la muerte de su hermano», debe decir «una herencia recibida» del Gobierno de Zapatero, pues es un mantra mucho más socorrido e inteligible para el lector hooligan de ABC [que no son todos, of course]. En la sección Enfoque de la página 7, bajo el título Un mal rato, se subsana el error: «El lema provisional de esta campaña popular podría ser a mí que me registren. En el PSOE […] bastante tienen con amparar a Chaves y compañía» [no sé por qué estuve a punto de escribir Chávez].

Pero nuestra derecha mediática tiene otras voces discordantes. Casi cariñoso con Rato se muestra Federico Jiménez Losantos en su artículo de los viernes en El Mundo. «La operación mediática fiscal contra Rato tiene la marca de Luis de Guindos […] y el aval público de Soraya«, primera andanada. «Asquea la vileza con que una casta dirigente tan corrupta como el caído halaga los bajos instintos de la teleplebe» –o sea: el pueblo estafado–, «haciéndole caer en la venganza a cambio de la justicia». No es conveniente que cerca del inflamable Federico encienda su puro Mariano Rajoy.

Acusan a Felipe VI de golpista y podemero

Esta es la semana en que hemos visto desfilar a Rato y también a Pablo Iglesias, aunque en desfiles distintos. Bruselas, Juego de tronos, Felipe VI, ya sabéis. Unanimemente, la prensa diestra se ha calzado el guante boxístico para golpear con más o menos gracia u odio a su saco de arena preferido.

En ABC, David Gistau [El Rey del Juego] escribe con coleta para meterse en lo más íntimo del pensamiento del líder de Podemos, y nos desviste el «ansia casi suplicante de Iglesias de pertenecer a la casta, de hacerse fotografiar junto a la casta […], de establecer un primer contacto, preparatorio para toda una vida de despachos rutinarios, quién sabe si alguna vez en Marivent y en guayabera».

Debe ser verdad lo que escribe Gistau porque, solo una página después, el entrañable José María Carrascal coincide plenamente con su psicoanálisis futorológico y guayabero. Aunque Carrascal le añade a Pablo Iglesias un simpático matiz golpista: «Incluso cabe preguntarse si [los de Podemos] no serán monárquicos camuflados. Estoy seguro, por haber conocido en mi ya larga vida a este tipo de revolucionarios de salón, cuyo sueño es que el monarca los llame un día a palacio y les encargue formar gobierno. Sin todas esas pejiguerías de elecciones, parlamento y demás trámites».

No sé si habrá sentado muy bien en Palacio, amigo Carrascal, este augur que nos hace ver a Felipe VI entregándole el Gobierno al indignante indignado «sin pejiguerías». O sea, sin elecciones. O sea más, que nos pinta a Felipe VI dando un golpe de Estado contra la voluntad democrática del pueblo, con Pablo Iglesias de cómplice. Lo que le faltaba al pobre Felipe, que no hace mucho se vio obligado a dar otro golpe de Estado jubilando a su saltarín padre. Si además, entre golpe de Estado real y golpe de Estado ficticio ponemos al monarca a ver Juego de tronos, Felipe VI puede acabar haciendo cualquier barbaridad. Vigila al niño, Sofía.

Graciosos somos a veces los periodistas con esto del protocolo. Todos pudimos escuchar que el indignado político llamó de tú al indignable rey en la recepción, a la vista del planeta orbe. Al corresponsal en Bruselas de El Mundo esas confianzas no le parecieron nada bien y tradujo al usted la gracieta del descamisado en su crónica. «Me salto el protocolo para hacerle un regalo que creo que le gustará […] para que tenga algunas claves sobre la crisis política española». Esto de traducir al usted el tuteo tan significativo y altamente político de Iglesias ar rey, podría bautizarse como periodismo-camarlengo. Y se escribe haciendo muchas inclinaciones de cabeza y otros gestos vasallescos de más difícil descripción.