Opinion · El repartidor de periódicos

Ada Colau o el Frente Popular (o bicha)

El mundo se derrumba, llega el Frente Popular y nosotros nos enamoramos. La prensa de papel y de derechas, o sea, toda la prensa de papel, no para con esa cantinela de que llega el Frente Popular. El Frente Popular es la bicha. El gran error nacional. El que nos privó de la modernidad entre esos poco más de cuatro años que transcurrieron entre 1931 y la gloriosa cruzada. Escribía este martes en la dos de El Mundo el demócrata de toda la vida Luis María Anson: » Para conservar algunas parcelas de poder, el PP precisará de la alianza con Ciudadanos, partido vituperado por Rajoy, y el PSOE deberá formar un Frente Popular ampliado con Podemos si no quiere hundirse en el desastre».

También Federico Jiménez Losantos, en el mismo periódico, nos alerta guerracivileramente de las procelas en las que nos metimos los españoles por esa manía que tenemos ahora de votar: » Ayer se hizo realidad la fantasía de Rajoy que aquí comentamos ya hace años: que no quedara nada del PP para que él pueda presentarse en las Generales como último valladar ante un Frente Popular -Podemos, PSOE, IU y los separatistas, incluida la ETA- cuyo programa es acabar con el régimen constitucional del 78 y abrir la fosa del 36, la desintegración del Estado y la ruina de España».

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Entre las decenas o millardos de alusiones que he leído esta semana al Frente Popular, esta de FJL de «abrir la fosa del 36» es la que más me ha llegado al alma. Aunque nadie nos recuerda, pues la historia española es muy procaz pero bastante desmemoriada, que en esa fosa del 36 que ni Federico ni nadie (de la derecha) quiere abrir descansa el millón de muertos de Gironella y del franquismo. Cuando se habla del Frente Popular como del demonio, se le olvida a esta gente aludir después a Francisco Franco y su barbarie. La historia se repite. Los españoles estudiamos tan poco nuestra historia que lo del Frente Popular nos suena a disparate. Pues, señores, quizá sea momento de recordar, también, que el Frente Popular otorgó el voto a las mujeres. Pues de mujeres se habla también, mucho, estos días en la prensa pensadora.

Pero la mujer es, casi, tan perversa como el Frente Popular, según colijo de lo leído, por ejemplo, tras la victoria de Ada Colau en Barcelona. El ya casi insuperable Arcadi Espada se desataba en El Mundo este martes con un artículo digno de colgarse enmarcado en las paredes de cualquier prostíbulo. Por el respeto que destila hacia lo femenino. Se titula O el ardor (pobre Navokov) y suena así: «[Ada Colau es] una mujer sin partido, sin programa, con un lenguaje rudimentario y una visión del mundo soez […]. Jamás pensamos [que Barcelona] cayese en manos de una demagogia cuyo único precedente es el gilismo».

Manda huevos, que diría Federico Trillo. Se conoce que Arcadi Espada posee ocultos poderes para la exégesis del discurso de otros políticos que, como Mariano Rajoy, ahondan en el lenguaje no rudimentario con frases del estilo «no entiendo mi letra», «ETA es una gran nación…, perdón… España es una gran nación», «la realidad me ha impedido cumplir mi programa electoral», «hay que apoyar al las mujeres emprendedoras. Hay que apoyarlas, porque emprenden», «la reforma laboral puede suponer abaratar el despido o no» y en este plan.

Una pausa para que Arcadi medite la trascendencia de estos asertos…

Ya está. Ya los ha meditado.

He aquí la profundidad de un discurso. Y no aquel que pronunció Ada Colau en el Congreso de los Diputados en febrero de 2013. La comparecencia parlamentaria española más escuchada en toda la historia de la democracia, si hacemos caso a los datos de reproducciones en you tube. Lenguaje rudimentario, visión del mundo soez: «Que paguen los estafadores, no los estafados. Pedimos la paralización de los desahucios de vivienda habitual y de deudores de buena fe, así como la dación en pago retroactiva. Si ustedes se creen la democracia y que el Congreso es un órgano de representación de esa democracia, deberían escuchar las demandas ciudadanas. Los desahucios son la mayor violencia contra el derecho a la vivienda; el Estado pone todo el aparato policial y judicial al servicio de los desahucios. Apelamos a los diputados, con nombre y apellidos, y quienes desprecien la voluntad ciudadana, serán señalados, sin violencia, pero serán señalados allá donde vayan». Jolín, jopé y jová. Cuánto populismo soez.

Tampoco el columnista Jesús Lillo, una de las voces emergentes de nuestra muy letrada, escasamente soez y nada rudimentaria derecha, se queda corto en su billete de ABC sobre la futura alcaldesa de Barcelona. A mí me da la impresión de que en su columna Junta de vecinos se ríe de los desahuciados. Y es que es para reírse. ¿Quién, con sentido común, no suelta una carcajada cuando se cruza con un desahuciado?: «Ada Colau representa para quienes la votaron en Barcelona un futuro de manga ancha e impagos, liberado de fuerzas antidisturbios y abierto a un runrún rumbero que quita el sentido, el no va más del desquite y el descorche. La mujer que hace dos años debutó en el Congreso llamando criminal a la patronal de la banca va a tener que ponerse de acuerdo, lo que son las cosas, con algún sector de las mafias a las que, a gritos, quería expulsar de la Ciudad Condal. Después de una campaña en la que el irracionalismo ha desplazado a los programas y los insultos a las promesas, Colau y compañía tienen que sentarse a negociar un futuro que ya no puede ser puramente emocional, como el de Carmena, como el de Rivera o como el del propio Sánchez. El PP ya había mostrado sus cartas, y también Ada Colau había enseñado la patita por debajo de la puerta de una casa okupa, pero a mitad de camino quedan partidos a los que, hasta las generales, apenas les queda tiempo para aclararse. O se apuntan a la fiesta de la rumba catalana o piden que bajen el volumen. Hoy mismo pueden convocar una junta de vecinos». Qué risa, o sea. Estos desahuciados es que dan para mucho chiste.

Memorable página 10 de El País el miércoles. En su editorial principal, titulado Rajoy, cuestionado, nos habla de «los méritos que puedan corresponderle» al actual gobierno en nuestra, indudable y maravillosa, «recuperación económica». A base de repetir esto de la recuperación económica, que solo ven los banqueros rescatados con nuestros dineros, desde las terrazas del Ritz, vamos a acabar creyéndolo. Pero unos centímetros más abajo, en su segundo editorial, El freno a la desigualdad, El País nos pone en nuestro sitio a los mariano-escépticos: «Las personas en riesgo de exclusión social han pasado del 26% al 29,2% entre 2010 y 2013 […]. En España, los ingresos del 10% de la población más desfavorecida han caído un 13% anual y los del 10% más pudiente se han reducido un 15% anual». Pues vaya recuperación económica que nos vende El País en una sola página.

Son muy procelosos, mediáticamente, estos días poselectorales. Tanto que las líneas más bellas que he leído esta semana no las escribe un periodista, ya que estamos todos algo turbios y desubicados. Las escribe una señora particular en una carta al director. No puedo evitar reproducirlas completas, pues sería indigno tararearlas. La auténtica transparencia, se titula el texto. Y nos llega del lejano norte: «Como ciudadana noruega, me sorprende el revuelo por la publicación de la declaración de la renta de una política en activo. ¿Y si lo que falla es la regla? Para muestra, el caso de Noruega, donde cualquiera puede acceder a las declaraciones de cualquier otro ciudadano noruego y esto no vulnera la intimidad de las personas en temas económicos, subordinada al bien común y a la necesaria transparencia que debe particularmente regir la vida política. Tampoco tambalea su sistema fiscal —de los más avanzados y sostenibles— ni su democracia —a todas luces ejemplar—, sino todo lo contrario; es una de sus piedras angulares.

La publicidad de las declaraciones de Hacienda es un instrumento clave para sanear la degradada vida política española que permitiría exponer, y en su caso investigar, si ciertos salarios, aunque sean de empresas privadas, son o no un pago encubierto por servicios distintos de los contratados cuando estos están claramente sobrerretribuidos y pueden ser comisiones encubiertas». Dar las gracias a Elin Solem (una particular) me parece, incluso, poco.