Opinion · El repartidor de periódicos

El gatillazo

La razónHa sido esta la semana del gatillazo periodístico preelectoral. Alguien, quizá no se sabe quién, filtró a los medios que el Gobierno devolvería la extra a los funcionarios. Todos tragaron y no era cierto. Cositas que pasan. Los globos sonda se pusieron muy de moda durante los primeros meses del gobierno de José María Aznar. El jefe de la Oficina Presupuestaria de entonces, José Barea, era conocido como el profesor chiflado. Adicto a los platós televisivos, llegó a anunciar públicamente el cierre de hospitales públicos no rentables, tasas sobre agua y atención médica, o cobro de peaje en todas las autovías de España. Cada vez que Barea abría la boca, se desmayaba un ministro. Y en cuanto le daban al tal ministro las sales, se veía obligado a ponerse ante las cámaras y desmentir al profesor. Entre lo que nos dedicamos a la prensa, los abruptos y exabruptos de Barea eran considerados como una ladina estrategia de Aznar para ver hasta dónde estaba dispuesto el pueblo a tragar neoliberalismo. Al final, casi todo lo que anunció Barea acabó aplicándose tarde o temprano, de una manera o de otra, con uno u otro gobierno. El profesor no estaba chiflado. Sabía para quién y para qué estaba trabajando.

Volviendo al presente, el diario El Mundo era el único que ponía boca a la idea de devolver la extra, que según unos costaría 700 millones y según otros 4.000. «La idea parte del jefe de Gabinete de Rajoy», decía en subtítulo el diario de la bola, apuntando a Jorge Moragas, el que le lleva la mochila y la agenda a Mariano Rajoy. «Desde Moncloa se ha hecho llegar, todavía sin papeles, a los representantes de los trabajadores la posibilidad de devolución del 75% de la paga extra que les fue suprimida en 2012, la recuperación de los días para asuntos propios que se les arrebataron, una mayor flexibilidad en la oferta de empleo público e incluso, si hay margen presupuestario, un aumento salarial que podría acercarse al 1%», escribía con seguridad Marisa Cruz. En la kermés televisiva de esa misma mañana, el portavoz adjunto José Luis Ayllón y el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, desmentían dramáticamente el adelanto informativo.

Los periódicos, por tanto, se convertían en papel mojado antes del atardecer. Nadie desde los medios (todos los grandes recogieron el scoop de forma más o menos destacada) ha denunciado quién y por qué les ha dejado en ridículo. Y el aunto no debería de pasar desapercibido, cree este modesto cronista. Los globos sonda de Barea tenían nombre y apellidos. Este atentado contra la credibilidad de los medios no. Al final, lo que percibe el pueblo es que no puede fiarse de los periódicos. De sus periodistas. De los que tenemos el deber de contar lo que pasa. Fue un bombardeo organizado que nos dio una noticia que no era. Ya va siendo tiempo que de que no se mate al mensajero y de que el mensajero empiece a matar. Porque está en juego el prestigio de la profesión. No sé si nos estamos dando cuenta, compañeros.

Julián Cabrera, desde La Razón, mostraba su enfadito. «Filtrar desde un entorno la noticia de la recuperación de paga y poder adquisitivo funcionarial, desmentir desde otro entorno que de momento se esté planteando este supuesto y terminar vía Montoro por dejar la puerta abierta a lo que ya es un secreto a voces invita a concluir que aun no siendo necesaria una crisis de Gobierno, no vendría mal algún ajuste en la dirección de unificar discursos y estrategias entre quienes dependen de quienes se sientan en el Consejo de Ministros». Yo también, Julián, prefería a Barea.

La «hordas tuiteras» de Pablo Iglesias

Empecinado Pablo Iglesias en no aceptar los abrazos de Alberto Garzón para machihembrar al emergente Podemos y a la sumergida Izquierda Unida, siempre viene bien algo de baile por peteneras. Y para eso no ha prosa mejor que la de Isabel San Sebastián. Su artículo de este jueves en ABC (Banalizar el terror) corresponsabiliza a Pablo Iglesias de los chistes inanes de Guillermo Zapata para, por supuesto, seguir con el mantra de que Podemos es ETA. «A Pablo Iglesias le duelen los terroristas presos. El líder de Podemos nunca ha derramado una lágrima pública por los huérfanos privados de padres, las madres amputadas de sus hijos, las viudas, los heridos en cuerpo y alma, los desterrados de su hogar y demás víctimas de la banda asesina, pero se conmueve profundamente ante la «tragedia» de los etarras encarcelados lejos de la casa familiar. También le «emociona» (son sus palabras) ver cómo un policía nacional es apaleado por una turba de manifestantes. […] Las simpatías del señor Iglesias están cada vez más claras. Su doble vara de medir, también. Al aspirante a liderar la izquierda española, desplazando de ese puesto a su muleta, Pedro Sánchez, no le incomoda lo más mínimo la iniquidad en sí misma, ni siquiera cuando toma la forma cruel de una niña como Irene Villa, privada de piernas por una bomba lapa colocada en el coche de su madre y sometida después al escarnio de un personajillo llamado Guillermo Zapata, compañero de filas podemitas del señor Iglesias y concejal en el Ayuntamiento de Madrid, sino su propia percepción sesgada de la misma. Una visión sectaria, tuerta, ayuna de cualquier vestigio de empatía hacia quien se aleje lo más mínimo de su ideología extremista, que le lleva a distorsionar la realidad hasta extremos únicamente alcanzados por los filoetarras de Bildu/Amaiur/Batasuna […] Esta banalización del terror, despojado de su verdadero rostro y convertido en objeto de chanza, cuando no tergiversado en aras de transformar a los verdugos en víctimas y a estas en arpías resentidas sedientas de venganza, forma parte de ese asalto al poder que han puesto en marcha los cabecillas del populismo empeñados en convertir España en la gran cabeza de puente del chavismo en Europa, tras los pasos de Grecia. Sus hordas tuiteras, perfectamente organizadas y en formación de combate para la reproducción de consignas, llevan años descalificando cualquier crítica molesta por el procedimiento de etiquetar al criticado con el chascarrillo de «es ETA».

A lo de ETA y el chavismo ya nos tenía acostumbrada nuestra poco imaginativa derecha mediática. Pero a mí, personalmente, me ha emocionado lo de las «hordas tuiteras perfectamente organizadas». En la semana en que la Fiscalía (dependiente del Gobierno) ha ordenado a Santiago Pedraz investigar si unos chistes (malos y crueles) reproducidos en twitter pueden ser considerados delito, lo de las «hordas tuiteras» tiene su enjundia. Ni siquiera Irene Villa, objeto de uno de los más sucios chistes reproducidos por Zapata, se sintió ofendida. Que el asunto llegue a los juzgados hace pensar mucho en cómo estamos defendiendo la libertad de expresión. Y contra quién están defendiendo la libertad de expresión. Parece ser que en twitter también hay cunetas en las que enterrar cadáveres.

También se suelta mucho, en El Mundo, mi admiradísimo hasta la extenuación Federico Jiménez Losantos, tal que hoy, en su columna Humillar a las víctimas. En la que humilla a Irene Villa seguramente más que Zapata. Al loro: «Y si encima el juez es un izquierdista como Pedraz, cabía esperar lo que ha hecho: colocar a Irene Villa en la disyuntiva de hacerse simpática a los matones podemitas o ser injuriada por ellos y que luego absuelvan a Zapata. No la culpo por creer que Madrid es Estocolmo. En la dictadura podemita a la que nos dirigimos, lo terrible es que un juez se haga el sueco en vez de cumplir con su obligación de aplicar las leyes, sin más. Por cierto: es la primera vez que Pilar Manjón se ofrece a actuar como familiar de una víctima del terrorismo etarra. ¿Cree ahora que fue ETA la del 11M? ¿O está creando la Audiencia Nacional la figura de víctima oficial para machacar a la víctima real?». La única digna en todo este asunto está siendo, sin duda, Irene Villa. La libertad de expresión le debe a esta mujer un par de copas.