Opinion · El repartidor de periódicos

El Congreso de los Lubricados

la razonUna corriente de amor recorre la Carrera de San Jerónimo. La diputada popular Andrea Levy reconoce que le pone el podemita Miguel Vila, quien a su vez, en ese indispensable ágora de brevedades jadeantes llamado twitter, le responde que “la sonrisa siempre vence al odio” (aserto discutible para quienes siempre hemos leído a Juan Gelman y nunca a Paulo Coelho).

Pablo Iglesias le propone a Pedro Sánchez “el pacto del beso”, después de haber morreado con Xavier Domenech. Por suerte no se ayuntó labialmente también con alguno de Compromis, lo que a ojos de Antonio Machín (Pedro, no lo confundas con Machado, tu soriano) se traduciría, incluso sin mayoría simple, en matrimonio:

Sin firmar un documento

Ni mediar un previo aviso

Sin cruzar un juramento

Hemos hecho un compromiso

untitledPero la más casquivana de nuestras alcahuetas nos ha salido de la derecha más macho, torera, tiracabras y testosterónica, cual es el director del ABC, Bieito Rubido. Colóquese el lector el dildo allá donde menos le duela, pues el astrolabio de hoy de Rubido tiene más de meeting que de mitin, y a mí se me ha puesto el lápiz de transcribir que no me cabe entre los dedos: “Hoy más que nunca hay que pedirles a Mariano Rajoy, Pedro Sánchez y Albert Rivera que traten por todos los medios de formar un gobierno de gran coalición. Que se traguen el rencor, que siempre es nocivo. El roce hace el cariño”. Y en su editorial, advierte a Mariano Rajoy de que “debe iniciar desde ya un esfuerzo mucho más intenso y profundo”. Lo del «esfuerzo más intenso y profundo», mi pelirroja no me lo hubiera sabido pedir mejor. Guau. No sé si daré la talla.

Con este lenguaje, parafraseando al centenario Camilo José Cela, los españoles ya no sabemos si estamos más jodidos o si estamos más jodiendo. Antes de formar mayoría, deberíamos rebautizar el sitio ese de los leones como el Congreso de los Lubricados.

La crónica parlamentaria de estos días ya la describió hace tiempo y con indiferencia de visionario mi amigo Carlos Salem, siempre más coñoherido que letraherido, que ya es decir: “Cada vez que te corres, comprendo que la fórmula de Einstein, en realidad, era un poema”.

Pero no nos hagamos demasiadas ilusiones sicalípticas. En toda historia de amor y sexo, siempre hay un Otelo dispuesto a joder a los jodientes. Francisco Marhuenda, el director de La Razón, está celoso por tanto fornifolleo. Anoche, para disuadir a los amantes, diseñó una portada en la que no solo se reía del candidato socialista: “Sánchez hace historia”. Sino que, en la foto a cinco columnas, lo sacaba feo. Y arrugado. Y deforme. Y rojuno. Y con ojeras por encima de los párpados, que casi parecen photoshopinianas.

A ver, coño, Paco. Que ni siquiera La Razón va a conseguir, con sus manipulaciones, que Pedro Sánchez parezca feo ni a los damos ni a las damas. Es casi tan difícil como lograr que tus 72 páginas se parezcan a un periódico. Además, consuélate con el hecho de que la belleza es perecedera. Como ciertos carguitos muy bien remunerados y con mediáticas puertas giratorias, ex jefe de gabinete de Mariano Rajoy, y hoy director del ruinoso panfleto del grupo Planeta.

No menos fundamental que el ataque de cuernos de Marhuenda haciéndole un Dorian Gray a Pedro Sánchez en portada, es el delicado artículo que su corifeo César Lumbreras (el apellido le viene grande) dedica en la página 13 del mismo diario a las torrijas. Elegir la torrija como metáfora de amor o desamor me pareció, en principio, inapropiado para un caballero versificador o prosista. Y dediqué varias horas de mi existencia fútil a encontrar petrarquismo o sexualidad en la torrija, que por muy húmeda que esté a mí no me pone del todo. Por mucho que Lumbreras (apellido algo excesivo, ya se ha dicho) nos intente lirificar las incapacidades amatorias de Pablo Iglesias a través de ella: “Entre los gustos del líder de Podemos no figuran las torrijas, ese postre tan español, tan de Cuaresma y Semana Santa. Se lo confesaba a su compañera Irene Montero días atrás, en la cola de uno de los restaurantes del Congreso. Cuando esta última vio que en la bandeja de los postres ofrecían este dulce, se dirigió a Iglesias diciéndole que tenían que hacer torrijas, a lo que este último contestó, de forma un tanto desganada y lánguida, ‘es que a mí no me van mucho las torrijas”. Periodismo de investigación, en resumen.

En esto del folllar político, Arcadi Espada lleva meses consiguiendo que los lectores de palio más bajo de El Mundo no echen de menos al despedido cunilingüista Salvador Sostres. La presunta milana bonita y delibesiana de su ¡Quiá! –genérico de su columna en el diario de la bola cambiante–, a veces pía más como aguilucho de la bandera preconstitucional que como milana rabalesca. Si es que los aguiluchos pían. Mientras otros periodistas proponen desnudos sicalípticos, a Arcadi le parece que esta investidura viste de harapos a España. Así lo expresaba este jueves con triste aliño indumentario e intelectual, pues lo que Hugo Boss no da, la deontología no lo presta: “La crisis económica, el negocio mediático y el cíclico retorno de los populismos han convertido a más de la cuarta parte del congreso en un reducto de la palabra harapienta”.

Yo no vi tantos harapos en el congreso como observó Arcadi. Pero no me hubiera incomodado. Un 21% de desempleados españoles dan derecho a nuestros representantes populares a vestir los harapos que les dé la gana. Sus votantes llevan ocho años sin ingresos para comprarse ropa. Incluso, cordera Villalobos, tienen el derecho y el deber de contagiar a los otros diputados los piojos que padecen sus hijos. Ser un desharrapado no suele ser elección libre, Arcadi. Ser un escritor burgués de cerebro con vocación antifonaria, sí. Lo que también tiene su punto de morbo, para los que prefieren, en lugar del 69, hacerse un Ibex-35. Son muy distintas formas de follar. Una se renumera y otra se remunera. Es hora de irse a la cama. Ese lugar donde los cronopios detectamos tres puntos cardinales, algún ocasional punto G, y una sola fea y gran esquina.