Opinion · El repartidor de periódicos

Callad, víctimas de ETA

 

Nuestros periódicos de papel llevan años, lustros, décadas hablando de la necesidad constante de desgraviar a las víctimas de ETA, de no ofenderlas, de mimar su sensibilidad hasta extremos a veces casi patológicos. En su nombre han pedido cadenas perpetuas, dimisiones presidenciales, cárceles para tuiteros, torturas, vejaciones, absurdos desagravios públicos, derogación de los principios democráticos y muchas otras arbitrariedades que han marcado nuestra vida y la libertad de nuestra palabra durante demasiado tiempo.

Ahora, sin embargo, parece que nuestros medios tradicionales han sufrido una metamorfosis kafkiana. Se ha notado esta semana, en que las víctimas han hablado y sus palabras no han llegado a las portadas ni a los titulares ni a los susurrados textos columnistas.

La Razón llegó al paroxismo de la sinrazón de jueves a sábado. Este nueve de agosto, informaban del traslado a la cárcel de Basauri de los ex etarras Olga Sanz Martín y Javier Moreno con el siguiente titular: Las víctimas, vigilantes ante el acercamiento de los presos de ETA. Ese mismo jueves, las dos asociaciones de víctimas mayoritarias coincidían en señalar que el traslado “cumple con los requisitos marcados por la ley”. Y Consuelo Ordóñez (Covite), hermana de Gregorio, político del PP asesinado en 1995, fue incluso más allá: “En este caso no coincidimos con el PP para nada, así que no se apropien de nosotros”.

Ni una palabra sobre la posición real de las víctimas en la edición del viernes del periódico de Planeta. Ni en la del sábado. La defensa de la palabra de víctima ha pasado al limbo en el periódico de Paco Marhuenda. Si no das leña al mono (que nosotros elegimos), vete a llorar a tu casa.

En ABC tampoco titulan sobre las duras palabras de Ordóñez contra los tititriteros populares que desean seguir moviendo sus hilos. Lleva el asunto a la umbría  página 20, con el PP como protagonista del texto: Los populares aseguran que ellos jamás acercarán a presos etarras. Las víctimas se acomodan en un subtítulo y en dos pequeñas notas de párrafos interiores.

En El Mundo, el jueves se dedicaba el editorial principal al asunto: El acercamiento de presos debe consensuarse. Y atizaba desde el primer párrafo: “El Gobierno socialista, en deuda con el PNV y la izquierda abertzale, ha optado por romper el histórico consenso” en el tema de la dispersión. Y sí da voz a un camisa vieja como Carlos Iturgáiz, que, escriben, “se apresuró  a aclarar  que ninguno de los dos etarras se había puesto en contacto con él para intentar pedirle perdón por intentar matarle”. Y así titulan la pieza informativa de su página 5. Las asociaciones de víctimas, sin embargo, también se dispersan en dos párrafos fuera del texto principal.

Este desprecio a las palabras de las víctimas en favor de lo que puedan improvisar el máster del Universo Pablo Casado y su espejo enemigo Albert Rivera es la triste constatación de que ETA nos sigue ganando la batalla (ya lo hizo cuando pervirtió nuestra democracia inspirando la dudosa ley de partidos).

Cuando gobernaba José Luis Rodríguez Zapatero en alto el fuego, algunos deslenguados osaron insinuar que el PP y sus adláteres mediáticos anhelaban que ETA volviese a matar para recuperar el rédito económico y político que les proporcionaba la pasión anti terrorista. Aquella bárbara insinuación recibió repulsas unánimes, incluso entre los que la admitían sotto voce.

Ahora, esta censura a las palabras de las víctimas lo que sí viene a confirmar es que a ciertos políticos y a ciertos medios –hay que decirlo sin tapujos– les interesa mantener viva la llama de ETA, el enfrentamiento nacional, el hooliganismo perfumado de sangre ajena.

El caso del popular Iturgáiz llega al esperpento: quiere que el Gobierno español dé a los etarras el número particular de las víctimas para que les pidan perdón personalizado. Es demencial, por no decir sucio y mezquino, tal argumento. Lo dejo aquí, pues detesto escribir con asco.