Opinión · El repartidor de periódicos

Ximo Puig se echa novia

Me he enterado por El Mundo, en su portada, de que Ximo Puig, presidente valenciano, se ha echado novia: “Dejó de convivir hace meses con su mujer y viajó al País Vasco a divertirse con su nueva pareja”. Como politólogo aficionado, no sé qué dato arroja más luz a mi entendimiento. Que deje de convivir es importante, que viaje al País Vasco puede hasta ser delictivo según qué juez español, pero el hecho de que haya ido “a divertirse con su nueva pareja” yo creo que no es asunto menor, pues igual, de tanto divertirnos, se acaba rompiendo España. Lo primero que hice al amanecer fue colgar lacitos chorrigualdas en mi balcón. Los lacitos chorrigualdas, como todo el mundo sabe, simbolizan el deseo de todos los españoles, o de la mayoría, de que nuestros presidentes no anden divirtiéndose por ahí, y menos en el País Vasco.

Poner en mi balcón el lacito chorrigualda me ha traído problemas inmediatos, pero creo que es deber de un periodista comprometido no renunciar al lacito chorrigualda. Uno puede escribir mejor o peor, manipular más prosódica o versificantemente, pero nadie, ni siquiera Ana Pardo de Vera, con los millones que me paga, me hará jamás renunciar a mi lacito chorrigualda.

El lacito chorrigualda significa algo que ya decía Ambrose Bierce: “un egoísta es una persona que piensa más en sí misma que en mí”. Y eso, un informador decente, jamás debe pasarlo por alto. Ximo Puig está obligado a dimitir inmediatamente. El hecho de que se divierta en el País Vasco nos ofende a todos, pero ya asoma los bordes de la traición política que no se divierta en el país valenciano. ¿Tiene derecho un presidente autonómico a divertirse con una dama en una comunidad que no sea la suya? ¿Se divirtió también la dama, o estamos ante una nueva modalidad de comportamiento machista? ¿Viajó Ximo Puig hasta Euskadi en avión oficial o lo hizo, como corresponde, subido en clase turista sobre la luna low cost de Valencia?

Todas estas preguntas quedan sin respuesta y nos dejan en un albur epistemológico que no hace ningún bien a la imagen que los mercados tienen de España. Y ya se sabe lo veleidosos que pueden ser los mercados desde que Cristo los arrojó del templo.

Este periódico ha intentado sin éxito ponerse en contacto con Ximo Puig para conocer exactamente cómo, por qué, cuándo y dónde se divirtió. Igual es que aun estaba divirtiéndose y no tuvo tiempo a descolgar el móvil. ¿Se descuelgan los móviles (pregunta para millennials)?

Ahora que Ciudadanos denuncia que el Partido Popular está “comprando el marco mental de los nacionalistas”, la actitud del presidente valenciano avergüenza y amenaza el orden constitucional que con tantos sudores nos han erigido los banqueros y la Fundación Francisco Franco. Despreciar ese legado divirtiéndose en el País Vasco es traicionar nuestra historia y nuestra patria. ¿No podía Ximo Puig haberse ido a divertir con Albert Rivera en Barcelona?

Ante noticias como esta, uno comprende la importancia que tienen nuestros medios de comunicación como garantes de la educación del populacho, también denominado turbamulta mugrienta. Seguramente El Mundo perderá lectores e influencia por su osadía al revelarnos la Gran Verdad. Su sacrificio por la libertad de expresión supera los límites de la racionalidad humana.

Siento sonrojo, como periodista veterano, de no haber escrito jamás un titular así: “Ximo Puig sale con su ‘consellera’ Gabriela Bravo”. Pero, como penitencia, me queda el lacito chorrigualda colgado del balcón. Viva la prensa libre.