Opinión · El repartidor de periódicos

Periodismo machirulo

Está de moda en España el periodista machirulo, y no hay semana en la que twitter no convierta a uno de estos especímenes en trending topic. Esta semana le ha vuelto a tocar a Arcadi Espada, un prometeo desencadenado al que el idioma español hace años que se le quedó chico. “A [Gabriel] Rufián hay que contestarle en sede parlamentaria diciéndole: «La polla, mariconazo, ¿cómo prefieres comérmela: de un golpe o por tiempos?», mientras uno va sonriéndose delicadamente en su cara”.

La redacción de El Mundo ha reaccionado con una carta de repulsa a estas delicadas prosas. Firmada por una cincuentena de redactores y dirigida a su director, Francisco Rosell, reza tal que así: “Sentimos vergüenza ajena por esas palabras y lamentamos que hayan sido difundidas en nuestra cabecera”.

En este escrito no solo refieren los desmanes infraliterarios del columnista, sino otras lindezas que vienen proliferando como setas en las publicaciones de mi vieja y querida casa: “Hemos leído como una revista del grupo (Actualidad Económica) se postulaba en su portada, literalmente, ‘en favor de las putas y en contra de la mojigatería en general’ mientras hablaba, también en portada, de un ‘Gobierno que da asco’ en referencia al nuevo Ejecutivo socialista. Días después, un columnista de El Mundo (Fernando Sánchez Dragó) hacía una encendida defensa desde nuestras páginas del golpe de Estado de 1936, que consideraba ‘necesario’ para compararlo, además, con la llegada al poder de Pedro Sánchez”.

Supongo que esta carta de repulsa no estará firmada por el columnista Luis Miguel Fuentes, quien con pretendida densidad umbraliana se destapa contra Pablo Iglesias en su artículo de esta misma mañana: “Hablando se nos desnuda hasta dejar solo la risa de su culito”. Sublime, cervantino, tántrico.

De los periodistas machirulos sabemos poco los entomólogos literarios, pues son intelectos que no rigen por los mismos preceptos del común de los mortales, sino del más vulgar de los mortales. Aunque a veces ellos mismos nos ayudan en la investigación. Fue el caso, no ha mucho, con el más machirulo de los machirulos, nuestro académico Arturo Pérez Reverte, que un día nos relató cómo es la cotidianeidad de la especie una vez que dejan de acariciar los teclados.

Los periodistas machirulos, nos desveló Reverte en un aclamado artículo, se reúnen periódicamente en el restaurante madrileño Casa Lucio, y, entre solomillo y tintorro, se dedican a molestar a actrices con “tetas grandes” [fin de la cita]. El propio Reverte nos da idea de la altura lírica de estas machirulas aventuras selváticas: “«El marido no tiene media hostia», insiste Edu Galán. «Menudo gilipollas», dice Luki. «Deberíamos romperle el morro», digo yo. «En Sinaloa le daríamos plomo», remata Élmer. Pedimos las copas, y Edu encarga un Fra Angélico. «Bebida de puticlub», comento”. Para no estar en la Academia.

En más lejana ocasión, otro académico y columnista de El País, Félix de Azúa, regaló los oídos al entrevistador en la revista Tiempo con esta reflexión profunda: “Ada Colau debería estar sirviendo en un puesto de pescado”.

Uno no sabe qué complejas variaciones en las cadenas de ADN conducen al machirulismo periodístico, poético o literario, teniendo en cuenta, además, la admirable cultura de muchos de sus más eximios representantes. ¿Se visten y desvisten la cultura cuando entran en las redacciones de los periodicos? Lo digo porque, generalmente, ni en los libros de Azúa o de Reverte o de la mayor parte de machirulos encontramos jamás estas odas a la vulgaridad. Supongo que la respuesta es fácil, aunque da un poco de pena revelarla en crudo: desprecian el periodismo. El periódico es su defecadero literario. Pena de Olimpo. Qué guarro tiene que estar.