Opinion · El repartidor de periódicos

Escotes y banderas

Al margen de otros asuntos más triviales, la actualidad mediática española ha estado esta semana muy marcada por dos escándalos casi telúricos: un humorista se limpió la nariz con una bandera y un escote ministerial socialista pobló de lujuria las estancias vaticanas. ¿Qué más señales se necesitan para ir a confesar y esperar arrodillados el inminente fin del mundo?

Se desplazó la vicepresidenta Carmen Calvo a la Santa Sede para tratar con el cardenal Parolin el necrofílico problema de los restos de Francisco Franco, y no se le ocurrió otra cosa a la dama que vestir una blusa lencera por la que asomaba un cachito de su lúbrico esternón. Es que algunas ministras van provocando. De todos es sabido que los esternones no están bien vistos en el Vaticano. El esternón, si no se maneja con prudencia, es fuente de mucho pecado. Esta lleno el infierno de almas condenadas por culpa de un esternón.

El escote de Carmen Calvo ocupó buena parte de la mañana informativa en el programa de Carlos Herrera, Cope, radio de los obispos, donde fue bautizado como El Valle de las Caídas. Allí estaba el columnista de El Mundo, Santiago González, que destacó luego en el periódico de la bola la desfachatez de nuestra ministra “luciendo canalillo y encajes”.

En ABC también trató el despelote ministerial Alberto García Reyes, para quien defender el derecho de Calvo a vestir como quiera solo demuestra que “te ataca el feminismo”, esa fiera hambrienta que se alimenta de bebés y machirulos. En gran pirueta intelectiva, relaciona el prosista el escote de Calvo con las reuniones de María Dolores Cospedal y el pérfido Villarejo: “Si crees que la reunión es infame, ahí eres menos machista”.

Nuestra derecha lleva ya tiempo manipulando el concepto de feminismo hacia ámbitos frentistas, como si la defensa de la igualdad fuera una ofensa a las buenas costumbres proveniente del magma bolivariano. El debate sobre el escote de Calvo en el Vaticano no supera el rango australopiteco. Sobre todo si se mira el escote con atención. Pensaba uno, que no lo había visto por la tele, que iba la vicepresidenta en plan Pamela Anderson sin top. Y se encuentra uno con el atuendo monjil que a nadie puede sugerir ninguna falta de respeto. A nadie que no esté muy enfermo, quiero decir. Pero lo estamos.

El escándalo de la bandera también nos ha dejado tristes asuntos en los que meditar. La culpa la tuvo Dani Mateo, humorista de El Intermedio que tuvo a bien limpiarse la nariz con una bandera española. Volvamos a García Reyes, ABC, cuyas profudas meditaciones sobre la jocosa anécdota no tienen desperdicio: “En esas situaciones de control subliminal de las masas el humor deja de ser libre y se convierte en herramienta de dominación”. Enseguida imaginé a Dani Mateo dominando el mundo con una bandera con mocos, en lugar de aguilucho.

Nos ofendemos con banderas y escotes, con trapos e inocentes parcelas de piel. De nuestro pensamiento solo cabe esperar una cosa: ver hasta dónde pueden llegar los límites de la degradación. País.