Opinion · El repartidor de periódicos

Jornada de reflexión o genuflexión

Hay países en los que, en víspera de elecciones, se prohíbe la venta de alcohol. Nuestra segunda república legisló que, en este día tal que hoy, no se celebraran tampoco corridas de toros ni partidos de fútbol el día antes de votar. En EEUU no existe la jornada de reflexión, porque los tribunales decidieron que no se puede coartar la libertad de expresión ni un solo día (por las noches, sí: que se lo digan a Julian Assange y a Edward Snowden).

La primera vez que en nuestro país se vulneró esta costumbre, instaurada en 1977, fue tras el atentado del 11-M. Víspera de las elecciones de aquel 14 de marzo de 2004, El Mundo de Pedro J. publicó una entrevista con el candidato del PP, Mariano Rajoy, que afirmaba en titular: «Tengo la convicción de que fue ETA». Los que trabajábamos allí en aquellos días nos indignamos muchísimo y con mucho vociferio, pero tampoco os creáis que apuntalamos una guillotina para decapitar los tirantes del director. Lo que nos jodía era dar pábulo a la mentira flagrante de Rajoy. No la defensa de pureza en la jornada de reflexión, que nos parecía una chorrada. Nadie ha visto a un español reflexionar desde los tiempos del cobarde y neroniano Séneca. ¿Para qué darnos tiempo? Y supongo que los españoles que están hoy repartiendo pizzas, trasplantando corazones, pidiendo limosna, desahuciando familias o rescatando niños ahogados en el mar de Alborán tampoco tienen mucho rato para apoyar la barbilla en el puño mientras sueñan qué papeleta escoger. Rodin era un mentecato. Puro postureo. No veo yo a los votantes españoles pensando así en sus balcones tras las banderitas rojigualdas, los lacitos amarillos, la ropa interior tendida y los tiestos con gardenias.

En los periódicos, desconfiad de todos los pensadores que os pongan pose de pensador de Rodin. En El Mundo, lo hace hoy mi queridísima Lucía Méndez, gran periodista y amiga a quien me jode criticar, pero medita rodinianamente lo siguiente en su columna Democracia sin miedo: «Las noticias de última hora hablan de pánico a los resultados de Vox. Del miedo a la ultraderecha. La democracia española civilizará también a este partido. La lima institucional recortará los dientes afilados de sus dirigentes. Tenga los diputados que tenga. Con Rajoy éramos ‘derechita cobarde’, pero Casado es derecha valiente».

Leer esto de Lucía, jefa de opinión de El Mundo, sí me causa pánico. Blanqueando a Vox. Los domesticaremos, dice. ¿Con qué? ¿Con el 155? ¿Con políticos presos los domesticaremos? ¿Con los dos años de preventiva a Sandro Rosell, ahora absuelto? ¿Con Felipe VI, heredero de Franco, recitando discursitos barbados? ¿Por qué no los domesticamos antes de que salieran a la noche? Ya dije que lo de reflexionar nos va grande a los españoles. Nos va más lo de genuflexionar. Ante el fascismo. No tengáis miedo a votar a Vox, os dice la jefa de opinión de El Mundo, mi admirada, mi amiga. Los domesticaremos. Estoy reflexionando tanto en ello que ya me reptan las neuronas por las orejas. Ponle un lacito arcoíris a Santiago Abascal en la solapa, oh Lucía. Verás qué hostia te llevas del domesticable.

Vox ha censurado la presencia de varios medios de comunicación españoles en sus actos de campaña. Sin embargo, de eso no habláis, domesticadores. Os domesticáis vosotros y no tomáis la única postura decente ante este ataque a vuestros compañeros: no acudir a los actos de Vox que no admiten la pluralidad.

En El País, Teodoro León Gross nos habla de «la xenofobia reaccionaria del nacionalismo catalán, la otra cara de los temores», pero al referirse a Vox ni cita la xenofobia ni los temores. Son unos chicos con pistola que andaban por aquí. En el mismo periódico, Rubén Amón nos denuncia sin pudores «el esfuerzo de Pedro Sánchez por cebar al monstruo de la ultraderecha» de Vox, partido del que no pronuncia ni otra mala palabra. Vox es culpa de Sánchez, por tanto. Curioso, también, que nadie recuerde que Vox es una escisión del PP, cuando si se habla de Íñigo Errejón y Pablo Iglesias es inevitable referenciar la cristalería rota de Podemos.

En ABC Ignacio Camacho ya no se corta y nos habla «del barrio de Salamanca, el biotopo del conservadurismo español, la zona nacional por antonomasia» en su descripción de los mítines finales de PP y Vox. Se habla de zona nacional con una naturalidad neofascista que dan ganas de cantar el Cara al sol, si no fuera porque la luna es muchísimo más bella. Como tampoco el torcuatiano diario tuvo la decencia de no asistir a un acto donde se proscribe a los periodistas de otros medios, se dedicó a resaltar que «Abascal también aprovechó el discurso para expresar su respeto a los periodistas». Santi es un chico tan encantador con los periodistas de la zona nacional

La Razón nos confirma en su editorial que tenemos un sistema democrático fabuloso pese «a las inevitables injusticias y desigualdades», cuando la democracia consiste en que injusticias y desigualdades no sean inevitables. Y en jornada de reflexión, o genuflexión, nos advierte el periódico de Planeta, de Antena3, de La Sexta, lo siguiente: «Creemos que el Partido Popular y su líder, Pablo Casado, pueden aportar desde el Gobierno estabilidad política y económica a la vida pública española. Pero, en cualquier caso, toca a los españoles decidir». Estoy a punto de darles las gracias por el derecho a voto.