Opinion · El repartidor de periódicos

Torra se hace un 155

Pues yo no sé por qué se quejan tanto de Quim Torra, para ser sincero. El president catalán se ha aplicado a sí mismo lo que nuestros viejos periódicos querían, un 155 personal e intransferible. Porque es evidente que Torra lleva el 155 puesto, se ha autoapartado de sus funciones, no ha hecho nada en todos estos días de llamas y conflicto y ha dejado hacer a los demás.

El editorial de hoy de El Mundo lo deja clarinete: «Pese a la encomiable entrega de los Mossos, la Guardia Civil y la Policía, se hace más evidente que la Generalitat no solo no se basta para restablecer el orden público sino que ofrece constantes evidencias de que no tiene ese objetivo por prioritario». Si todos los cuerpos policiales en coordinación no pueden acabar con la burla de los pirómanos, después de haber desembarcado a miles de agentes de refuerzo, ¿qué se pretende? ¿Que Torra salga a la calle armado con la espada de San Jorge a cortar cabezas? ¿Qué suba al capó de un coche a pedir paz y sosiego desde un altoparlante? Recuerdo a dos que hicieron esto último hace un par de años, casi exactos, y hoy pierden bronce en el trullo.

En El País, un día antes (hoy no editorializa el tema), andan tan desconcertados que se han creído que Torra es el protagonista de V de Venganza, un enmascarado delirante dedicado en exclusiva a alimentar «un narcisismo acerca de cómo le gusta imaginar su propio rostro, al entreverlo estos días bajo las capuchas de los agitadores».  Esta Catalunya distópica con miles de torras encapuchados reventando cajeros me parece de lo más poética, pero su valor periodístico o analítico se me escapa.

El periódico de Prisa está además convencido –o nos quiere convencer–de que «la sentencia no ha sido la chispa que ha incendiado Catalunya». Hablan del president «y su mentor» como inspiradores de este «malabarismo incendiario», cual Robin y Batman, y al imaginarse uno a Torra y a Carles Puigdemont en los sótanos del Palau, embutiéndose en sus trajes de súper/anti héroes, pues se desdramatiza un poco el conflicto y a cualquiera le entra la risa floja. La que hace sentir mariposas en el vacío del cerebro. No es la primera vez que uno asiste a la infantilización psicológica de los líderes del procés en periódicos y tertulias. Como si fueran una banda de tarados articulando revoluciones pueriles. Si fuera como nos pintan, y Torra y Puigdemont hubieran diseñado al dedillo todo esto, habría que añadir que un par de descerebrados están poniendo en jaque al golorioso imperio español, a su Estado de Derecho y a sus tropas, armados solo con un delirio descargado de futuro. ¿Quiénes son los infantiles?

Por su parte, La Razón ha destacado como un acierto borbónico que Felipe VI eludiera «con prudencia referirse a esta situación crítica de Catalunya» en la entrega de los premios Príncipe de Asturias. Qué hombre, este Felipe. Acierta cuando dice y es elocuente cuando calla. Dado el nivelazo, quizá hubiera debido dejar que la princesa Leonor fuera la encargada en la ceremonia de referir el conflicto catalán. Con decir que Torra se le parecía a un ninja sin capucha, ya hubiera superado el rasero intelectual mediático.

El ABC ya nos habla directamente de «terrorismo urbano». Y demanda más presencia policial en Catalunya, lo que no deja de ser llamativo: nadie parece pensar que, cada policía que se va a dar porrazos a Catalunya, es un policía que deja desasistida a otra parte de la población española. Demasiada profundidad para un momento que solo precisa acción. ¿Y si desembarcamos también al ejército y a la selección olímpica de kick-boxing? ¿Y a Teodoro García Egea escupiendo huesos de aceituna letales desde los tejados, cual francotirador? Salvo al diálogo, la cordura y la reflexión, los españoles y los catalanes estamos abiertos a cualquier salvajada creativa en nombre de la concordia. Queda dicho.