Opinion · El repartidor de periódicos

Acordaos de López de Lacalle

En la mañana del 7 de mayo de 2000, el columnista del El Mundo José Luis López de Lacalle volvía a su piso de Andoaín con la prensa fresca bajo el brazo cuando Ignacio Guridi Lasa se situó discretamente a su espalda y lo asesinó de cuatro tiros en la cabeza y el tórax. Desde un año antes, el periodista y veterano militante antifranquista había visto su pueblo empapelado por ETA con pasquines señalándolo como objetivo. Poco más de dos meses antes, habían arrojado cócteles molotov contra su domicilio. Resulta difícil describir qué sentimientos afloran en la redacción de un periódico cuando sucede algo así. Cuando acaban de asesinar tan inopinadamente a un compañero.

Pienso mucho en Lacalle estos días en los que leo El Mundo y encuentro insistentes alusiones a terrorismo, terroristas y filoterroristas de la España de hoy. Víctimas de ETA llevan ya tiempo advirtiendo de que la banalización del término terrorista humilla la memoria de los muertos. En cierto modo, El Mundo es también víctima del terrorismo a través de Lacalle y otros ex compañeros que tuvieron que vivir el sinvivir de los escoltas y las amenazas, y la paranoia de estar viendo siempre coches raros detrás, gente rara en la mesa de al lado. Llamarle terrorismo a las algaradas para vender cizañas y crispaciones parece, al menos, poco elegante.

Si se tratara de un exabrupto de Federico Jiménez Losantos o de Arcadi Espada, uno se quedaría más tranquilo, pues el producto periodístico que venden ambos, desde las páginas de El Mundo, es una distopía autoparódica exportable a las páginas de humor. Pero cuando el editorial nos habla del conflicto catalán bajo el título Frente judicial único contra el terrorismo, se pregunta uno qué pensaría de la hipérbole el viejo López de Lacalle.

Nos viene a decir el editorial que el descubrimiento de varios CDR con material para fabricar explosivos es la punta de iceberg de un complot terrorista de Estado impulsado desde la Generalitat de Catalunya y la de Waterloo, y apoyado por los servicios de inteligencia catalanes. Que venga Jason Bourne y lo vea.

«Los CDR no son un grupo aislado, sino que forman parte de una misma estrategia insurreccional», clama el editorialista como si escribiera entre bastillas ardiendo y hordas de yihadistas estelados. «Sería adecuado que el Estado actuase como eficazmente hizo contra ETA», concluye rogando cárceles lejanas,  ilegalizaciones de partidos, cierre de periódicos.

Otro editorial de la bola durante esta semana exige a «Pedro Sánchez no permanecer impasible ante el atropello que supone que sea el propio Govern quien ponga el foco en los Mossos en lugar de combatir a las facciones filoterroristas del independentismo».

Hasta La Razón observa la procelosa realidad con más sosiego. En lo semántico, El Mundo se ha consolidado como el periódico más aderechado de España, que ya era difícil.

El conflicto catalán se está convirtiendo en una lucha de épicas excesivas. La épica secesionista de Waterloo, la épica estoica de los presos políticos, la épica flamígera de los que creen que con antorchas va a asaltar los palacios de invierno… Y, al otro lado, los épicos de la hipérbole carpetovetónica, los épicos del militarismo por la unidad de España, los épicos de la lucha contra ETA que quieren aplicar las mismas coerciones épicas a un movimiento pacífico con sus algaradas y sus cosas, y que no se enteran de que, si somos sinceros con nosotros mismos, ETA también se murió en la cama. De puro desgaste social y de sinsentido.

Y en esto yo me acuerdo de José Luis López de Lacalle, de aquello que sí fue terrorismo y que solo una manipulación malévola y cizañera puede comparar. A ver si, de una vez, dejan descansar en paz a los muertos y, también, a algunas palabras.