Opinion · El repartidor de periódicos

No es terrorismo, es la gente

La semana de nuestros viejos periódicos de kiosko ha estado especialmente papirofléxica. Había muchas cosas que adornar y otras muchas que deformar, como siempre, pero al vivir tiempos tan procelosos hay que echarle más fantasía deontológica y más jeta. De puertas adentro, lo de siempre. Pedro Sánchez sigue vendiendo España a los independentistas y a los judeomasones, y si ningún don Pelayo lo remedia vamos a acabar todos ardiendo en el Averno.

Al fondo a la izquierda, han causado gran regocijo las acusaciones sin pruebas contra Podemos, haber cobrado en negro y tal, acusaciones que está vertiendo un señor despedido por acoso sexual y laboral a una subordinada, como relata exhaustivamente la carta de  su despido en una veintena de páginas.

El Mundo entrevistó a uno de los dos acusadores,  a la sazón presunto acosador José Manuel Calvente, que anda por radios y televisiones contradiciéndose, matizándose y tartamudeando muy bien. Ya se ha dicho que no aporta pruebas. Pero contra Podemos no hacen falta pruebas, coño, que no os enteráis. Mira cómo se ríe Eduardo Inda.

De puertas afuera, está lo de Francia. Cómo se le puede poner así la basca a un presidente tan mono como Emmanuel Macron, niño bonito de nuestras oligarquías mediáticas y económicas. Macron cae muy bien en las alfombras porque no es un político, es un banquero, y en España gustamos de ser tan peculiares que siempre confiaremos más en un banquero que en un político, o que en un obrero, una mujer, un niño sin papeles. A veces nos ponemos tan tiernos con nuestros banqueros que hasta los rescatamos gratis.

Pero volviendo a Macron. En sesudos y atribulados editoriales viene El País a decirnos que estos franceses que reparten fuego y humo por las calles de París son unos desorientados. «Son difíciles de comprender las movilizaciones preventivas ante un texto [reforma de las pensiones] cuyo contenido se desconoce», editorializaba el periódico de Prisa el día 7.

Extraño fenómeno el de un periódico que no se lee a sí mismo, pues, el día anterior, su corresponsal en París, Marc Bassets, había resumido en seis claves la propuesta de reforma de pensiones impulsada por Macron. Los franceses si saben por qué queman París, señores editorialistas. Macron, con sus triles de banquero, intenta bajarles las pensiones. Y el periódico de Prisa apoya su proyecto de bajada de pensiones, y le propone «desactivar esta crisis sin renunciar a la reforma». Qué lindamente neoliberalito es este diario.

ABC anda tan asustado con nuestro vecino del norte que, en sus pesadillas, confunde Francia con Catalunya. El tratamiento informativo es idéntico: El vandalismo y la violencia irrumpen en la huelga por la reforma de las pensiones en Francia, titulaba Juan Pedro Quiñonero desde la corresponsalía en llamas y ya rodeado por sanguinarios piratas bereberes, de tercera generación, venidos desde la banlieu.

Y después están los Black Block. Todos los periódicos hablan del Black Block, el bloque negro. Analistas de todo el mundo explican por las pantallas la naturaleza quimérica y marveliana de estos agitadores encapuchados. A mí me causan mucha risa, los expertos.

Los Black Block son una leyenda urbana. Son solo unos manifestantes que se visten de negro y se ponen capucha porque el pueblo también tiene derecho a intimidar. Y el negro, además, viste con todo y en todas las circunstancias, que me lo ha dicho mi personal designer.

Hace un mes, los mismos editorialistas de El País nos explicaban muy bien por qué las calles francesas llevan tanto tiempo encendidas y alborotadoras: «La desventaja [de Macron] es que, en Francia, es la calle la que cumple la función de contrapoder y puede ser incontrolable, de lo que hay abundantes ejemplos». Qué insana envidia.

Los Black Block son el pueblo, los estudiantes, los cualquiera, nos viene a decir. Ponerle etiquetas sajonas y misteriosas a la ciudadanía para criminalizar sus movilizaciones y sus huelgas ya no puede engañar a nadie. No son agitadores, son la ciudadanía que se rebela. En Francia, en Catalunya, en Chile, en Bolivia, en todo el mundo, si uno se fija. Y no hace falta que os diga contra quien. Contra qué.

¿La violencia? Sí. Cuando un Estado se pasa, el pueblo también se pasa. Siempre lo ha hecho. Está en su derecho histórico. Es la vieja tradición de la legítima defensa. Después, a veces se gana y a veces se pierde. En resumen: es la Historia, amigo.