El repartidor de periódicos

De Villarejo al Borbón

"La Monarquía es la institución sobre la que pivota todo el sistema político-institucional que nos dimos los españoles con la aprobación de la Constitución en 1978", nos dice El Mundo en el arranque de su editorial de hoy. De esto se puede colegir que todo nuestro sistema político-institucional pivota sobre una institución corrupta, pero eso no debe de importarnos. Sería "irresponsable" que nos importara, nos repite el lacayismo mediático en esta semana tan borbónicamente satisfyer que nos ha tocado vivir. Lo que importa son los catalanes, coño: "Las formaciones independentistas tienen a la Corona en la diana desde hace tiempo, por cuanto simboliza la unidad y permanencia de la nación", leemos, como si hubiera sido Oriol Junqueras el que hubiera regalado los 65 millones turbios y opacos a una ex princesa rubia, comisionista y teutona. Habla el periódico de la bola de "delicadas noticias" y de "acusaciones muy sensibles", con ese lenguaje genuflexo que creen poder contagiar al resto de los españoles, especialmente a los raperos, y a toda la prosa monarquista se le queda aliento de Hola!, con todo el daño que eso puede hacer a nuestra tradición literaria. Los borbones no son unos ladrones, nos repiten goebbelsianamente a pesar de la evidencias. Y la mentira, como la Corona, se convierte así en el símbolo de la unidad y la concordia patrias. Es para estar satisfechos como españoles de pro.

Se escandalizaban los tuiteros estos días por la falta de presencia del escándalo Corinna en las portadas de nuestros grandes medios. Los papiros kioskeros prefirieron destripar las disensiones entre los socios de gobierno sobre qué tono de morado van a elegir para engalanar el 8-M. Nos invitan a infantilizarnos y volver a creer en los reyes, aun a sabiendas de que esos reyes no son magos, salvo de las finanzas panameñas y suizas. Nos convencen de que es delirante investigar a un borbón en sede parlamentaria. La verdad os hará libres; la mentira, monárquicos. Y La Razón nos informa de que "La Reina Sofía venera la imagen de Jesús de Medinaceli sin tocarla", mientras ABC heroifica e higieniza a la prole del comisionista coronado: "Los Reyes intensifican el lavado de manos pero mantienen actos y viajes a pesar del coronavirus".

Este lunes, Felipe VI recibirá en el Palacio del Pardo a los niños ganadores del concurso '¿Qué es un rey para ti?'. Se conoce que a los niños sí se les permite participar en un referéndum. Si se consintiera a los adultos responder a esa pregunta, a lo mejor nos hubiéramos ahorrado las vergüenzas judiciales que han tenido que ir a destapar unos togados suizos. Los millones inexplicables de Juan Carlos I son hoy, en Europa, la marca España. Un aviso a los inversores extranjeros de que, si quieren hacer negocios en nuestro país, tendrán que pagar alcabala en black al poderoso monarca bananero. ¿Cuánto daño hacen a la imagen de nuestro país las aventuras de nuestro rey comisionista? De eso no habla nadie. Colocas delante del escándalo una rojigualda enorme y todo solucionado. Es la gran herencia del régimen de 78: una bandera gigante y una corona con licencia para robar.

Se pregunta Julio Llamazares en El País por qué "mientras que en Europa la normalidad anima a conocer la historia con sus claroscuros, en España seguimos tratando de ocultarla, incluso negando su conocimiento a los más jóvenes con el argumento de que es dolorosa". Y sí es doloroso admitir que vivimos bajo una jefatura de Estado designada a dedo por un dictador. Esa es la verdad germinal de nuestra democracia. De la cópula de una gallina con un pavo real nunca nacerá un cisne, por mucha vaselina adjetival que nos unten en los periódicos y en los libros de Historia.

Una última reflexión: no sé hasta qué punto será objeto de orgullo patriótico el hecho de que la persona que más historia de España nos ha enseñado en los últimos años se llame José Manuel Villarejo. No es la primera vez que pido desde aquí que trasladen un sillón de la Academia a la prisión de Estremera. Más tarde ya veremos si podemos meter allí también un trono.