El repartidor de periódicos

El día en que no mataron a Maruja Torres

"Recuerdo otro encierro, mucho más leve, apenas una semana, durante la Navidad de 1989. Fue en Panamá, tras la invasión USA que mató a muchos panameños y a Juantxu Rodríguez, fotógrafo que me acompañaba. Me refugié en la embajada, con el añorado Tomás Lozano como anfitrión, porque los estadounidenses querían fulminar a quienes habíamos presenciado su fuego amigo y lo denunciábamos".

El párrafo es de Maruja Torres y viene fresquito dentro del periódico de esta mañana envolviendo el cruasán del desayuno. Lo que pasa es que ya no hay desayuno, no hay cruasán, no se reparten periódicos y ni siquiera existe exactamente esta mañana, o se parece mucho a ayer por la tarde. Sí existe, sin embargo, Maruja Torres. Aunque no la pueda ni tocar ni besar ni oír, yo creo que sí existe Maruja Torres.

Aquella navidad de 1989 El País no tituló en portada que EEUU había intentado asesinar a su reportera. Nunca se titula que EEUU asesina o intenta asesinar a periodistas. Otra cosa es si se habla de gobiernos afganos, cubanos, venezolanos, iranís, chinos, turcos o quien sea. A los asesinatos de EEUU hemos aprendido a llamarlos daños colaterales. Si muere un niño por disparo de un subfusil empuñado por un marine, no se trata de un asesinato. Es simplemente la defensa del orden mundial. Vale la pena la muerte del niño. Y sube la bolsa. Julian Assange lleva años encarcelado por contarlo, y nadie por hacerlo.

Maruja Torres, que es una escritora y periodista muy poco inocente, no ha recordado aquella historia de hace treinta años hoy por casualidad. Creo yo. Ni se ha esnifado la harina de la panadería que aromatiza su patio. Habla mucho Maruja Torres de su panadería, en estos días en que escribe un billete (doux) en El País. Todos los días habla de la panadería. Vicio de reportera. Los verdaderos reporteros siempre buscan primero (vale, después de los bares) las panaderías, porque un reportaje no tiene valor si no hablas con la gente que solo busca pan.

Llamar al de EEUU régimen asesino ha estado muy mal visto en la prensa desde que perdimos Cuba. Ahora, con la gestión de Donald Trump ante el coronavirus, volvemos a quedarnos un tanto evanescentes. O sea, qué loco. Pues no. No es Trump. Es la historia de EEUU la que está actuando. Su tradición. Su prepotencia. Sea Trump o sea Obama, EEUU hoy solo tiene un problema, y es que al coronavirus no se le puede bombardear.

El día en que no mataron a Maruja Torres murió Juantxu Rodríguez. Invasión de Panamá. Todo el planeta se plegó entonces a una operación militar arbitraria que solo buscaba mantener los beneficios económicos de un canal cuya concesión caducaba. Bush padre disfrazó la invasión como si fuera una guerra de liberación del pueblo panameño sufriente bajo la dictadura de Manuel Antonio Noriega, que hasta tres días antes había sido esbirro de la CIA y narcotraficante. Se conoce que Noriega, antes de ser invadible, solo se dedicaba al menudeo, ya sabes, un gramito por aquí y un porrito por allá.

Ahora EEUU está cometiendo un crimen de lesa humanidad contra su población y contra el resto del mundo y tampoco nadie titula nada. Ni siquiera se nos pasa por la cabeza invadir EEUU para preservar la sanidad planetaria. Ellos lo hubieran hecho. Que le pregunten a José María Aznar si hay o no evidencias de que EEUU esconde hoy armas de destrucción masiva. Se llaman Donald Trump.

El párrafo de hoy de Maruja Torres me hace sospechar que el mejor periodismo no es el que desvela las últimas noticias, sino el que va entendiendo las más viejas historias. Dejemos los titulares para los superfluos. Yo prefiero esnifar párrafos. Viejos párrafos. Marujeos.