El repartidor de periódicos

El pacto

Está muy atribulada nuestra prensa de comunión diaria por el hecho de que Podemos haya vetado cualquier pacto presupuestario del PSOE con Ciudadanos. Se asombran nuestros castos pensadores nacionales de que Caperucita no le quiera enseñar las bragas al lobo, de que Piolín no quiera conciliar sus intereses con el lindo gatito, de que no se diluya el aceite en agua. Hay tan poca cultura política en este país que se observa como posible o saludable la entente entre Podemos y su némesis, Ciudadanos. Como si el aleve valor de la ideología no tuviera peso alguno. Como si no fueran radicales opuestos: Podemos nació de una pulsión callejera, el 15-M, y Ciudadanos germinó de una pulsión financiera: "Hay que crear una especie de Podemos de derechas, [porque] el Podemos que tenemos nos asusta un poco", anunciaba hace años el presidente del Banco Sabadell, Josep Oliu, al nuevo actor político de la derecha española. A ver, colegas pactistas: unos presupuestos son de izquierdas o de derechas. Repasad Barrio Sésamo. Ciudadanos y Podemos nunca podrán pasear por la misma acera, salvo flagrante traición ideológica.

Cierto es que, para ser de izquierdas hoy, no hace falta tener ideología. Es imposible tener ideología. Sería fatigosísimo. Imposible. Cuesta tanto defenderse de las atrocidades cotidianas que perpetra la derecha, que no te queda tiempo para conciliar familiarmente con tu cerebro y tener una ideología.

Yo, como periodista, a la ideología la echo cada vez menos de menos. También al estilo. Es tan fatigoso, tan hercúleo, tan stalloniano, tan hard-boiled, tan unicorniano, tan hiperbólico y jadeante esto de pasarse todo el día desmintiendo bulos, que no te queda tiempo para planchar las camisetas, tener una ideología o estilizar un estilo. El caciquismo de la neo-verdad te lo impide.

El cacique es como el mafioso. La única diferencia es que el cacique mata sin usar armas de fuego. El mafioso y el cacique llevan la misma boina, el mismo pensamiento, pero el cacique es un asesino mucho más sutil. El mafioso de antaño ocultaba la Luger bajo un periódico cuando iba a matarte en tu terracita de bar. El cacique de hoy, en vez de usar el periódico para esconder el arma, edita ese mismo periódico para que tú lo leas, te convenza de que te compres tú la Luger y te mates tú. Han evolucionado, pero al final tú siempre mueres. Y a ellos les sales más barato.

El cacique es más listo que el mafioso. Y más cruel. No mata a su enemigo, mata su pensamiento. El mafioso contrataba sicarios carísimos para que te tirotearan. El cacique ha descubierto que es mucho más rentable repartir limosna a cien miserables que se pongan a gritar cada vez que se te ocurre un hermoso epigrama. El cacique no te silencia a tiros. Es más ruidoso. Te silencia entre voces. Mata así tu pensamiento y tu orgullo, y te hace pensar que hubiera sido más rápido y mejor para ti que te hubiera asesinado un pistolero.

La Razón habla mucho estos días en sus editoriales de "las clases medias trabajadoras", esas a las que el gobierno social-comunista les va a subir los impuestos. Uno malicia que La Razón considera clase media trabajadora a Cayetana Álvarez de Toledo o a Kike Sarasola, benefactor de okupas de derechas. No, querido Marhuenda. La clase media trabajadora, en España, es aquella que cobra el salario mínimo. Podría incluso aventurar que una pareja con dos sueldos mileuristas hoy se puede considerar alta burguesía. Miremos los baremos de pobreza infantil.

Pero al obrero explotado, al esclavo, le encanta que lo definan como clase media trabajadora. Dentro de poco, al esclavo lo redefinirán como oligarquía silenciosa, o algo así. Y el esclavo, con tanto despliegue idiomático, cada vez se esclavizará más contento.

Los mismos que acabaron con la clase media, tras la epidemia de la estafa bancaria, se inventan ahora este rebuscado neologismo de clase media trabajadora. Es un concepto clasista, ya que excluye a la clase baja trabajadora. E, incluso, a la clase ínfima trabajadora, esos que aun con un sueldo viven en la pobreza. A algunos incluso los arrojan muertos en el párking de un hospital tras una jornada de 14 horas bajo el sol de la huerta. Por eso quizá, por mucho que algunos se empeñen, Podemos nunca podrá pactar con Ciudadanos. Ni viceversa.