El repartidor de periódicos

Cospedal: empieza el show

Para gran desazón de los españoles de bien, madrugan esta mañana los periódicos con la noticia de que la Fiscalía Anticorrupción solicita la imputación de María Dolores de Cospedal y de Jorge Fernández Díaz por haber montado una red ilegal de espionaje con el fin de robar información a Luis Bárcenas sobre la financiación ilegal del PP. Ninguno de los grandes periódicos ha considerado la noticia merecedora de abrir página. La Razón ni siquiera la lleva a su portada. Es comprensible. La corrupción en el PP ha sido tan generalizada que es normal que ya no sea casi ni noticia.

Tampoco los editoriales se han volcado en el asunto, a pesar de que durante muchos años Cospedal fue una de las personas con más poder en esta España y Fernández Díaz (hoy reciclado columnista de La Razón, por cierto) el baluarte más visible de nuestro querido Opus Dei en el organigrama nacional.

Veo en twitter que los rojos bolivarianos mataniños están muy indignados con la lasitud informativa con que se ha recibido esta nueva revelación sobre la corrupción pepera, tras haberse pasado meses viendo en los frontispicios de los periódicos los rumores sobre la falsa destrucción, por parte de Pablo Iglesias, de la tarjeta telefónica de Dina Bousselham. Pero es que no hay color. El periodismo es hoy menos hijo de la verdad que del espectáculo. Y la idea de imaginar a Iglesias gozando las fotos íntimas de su veinteañera colaboradora pone mucho al lector. ¿A qué lector? Eso ya depende del grado de enfermedad de según qué cerebrito. Y no es cosa de la que me tenga yo que ocupar en este espacio, pues el mundo está lleno de psiquiatras, sexólogos y psicólogos más preparados para afrontar estas patologías globales.

El caso es que el pozo infinito de corrupción al que el PP ha ido arrojando la dignidad política española ya aburre. No me extrañaría que, dentro de poco, nuestros periódicos clásicos abrieran una mañana sus portadas con la constatación irrefutable de que un alto cargo del PP está limpio, saneado, impoluto como una sábana extendida sobre el césped a orillas del río.

Al parecer, esta investigación de Anticorrupción está a punto de tocar al mismísimo Mariano Rajoy, ese señor que nos había prometido aburrimiento durante su mandato y no nos dio más que sustos hebdomadarios con aquellos "viernes negros" posteriores a los consejos de ministros. El indescifrable Eme Punto Rajoy de los papeles de Bárcenas.

Pero tampoco os hagáis demasiadas ilusiones, oh lectores plácidos y atónitos. Los designios de la justicia española son inescrutables. No hace mucho nos desayunamos con el archivo de la causa por la destrucción a martillazos de los discos duros de Bárcenas. Nuestros avispados magistrados dictaminaron que no había en ese caso destrucción de pruebas. Los mismo sucedió con el ático de Ignacio González. Manda huevos, que diría Federico Trillo.

Sucede todo esto en los días en los que Pablo Casado insiste, precisamente, en negarse a la renovación del Consejo General del Poder Judicial, un mandato constitucional que demuestra que, para según qué cosas, nuestra Carta Magna se hace merecedora de que el zangolotino presidente popular se la pase por el forro de los mismísimos.

Antaño se decía que en la América septentrional se perdían las revoluciones porque allí el obrero se ve a sí mismo como un aristócrata que está pasando un bache. Aquí el obrero se ve como un corrupto que todavía no ha alcanzado su destino. Así sucedió con muchos honrados socialistas que no dudaron en ensuciarse las manos de pasta, sangre y cal viva cuando accedieron a la poltrona. Pero nada, cuñaos. ¿Y lo de Venezuela, qué?