El repartidor de periódicos

Pablo Iglesias asalta el Capitolio

Ya sé que está feo decirlo, pero lo veía venir. Me tomaréis por un petulante, por un pitoniso, por ese cuñao que, ante cualquier desgracia que te suceda, te posa la mano en el hombro, condescendiente, y, con cara compungida y voz meliflua y misacantana, te sermonea:

--¿Ves? Ya te lo había dicho yo.

Escribo estas frases forzando la prosa para que el papel vuelva a ser un papel en blanco, que decía Umbral, pues sé que sería mejor quedarme callado, seguir escondido bajo el manto de nieve que rodea mi bucólica cabaña, pero me puede la vanidad intelectual, la necesidad de demostrar a cada instante mi impostada superioridad neuronal, mi holmesiana habilidad deductiva, mi papista infalibilidad.

Pero lo vi cristalino desde el minuto cero, a las 13.00, hora española, del 6 de enero, cuando twitter empezó a gotear las primeras fotos y frases inquietantes sobre la marcha fascio-trumpista sobre el Capitolio.

--A ver cómo se las apañan estos para echarle la culpa a Pablo Iglesias --me dije.

Y se las han apañado. Y, de propina, a la autoría intelectual de El Coletas sobre los luctuosos sucesos del miércoles han añadido dos de regalo: las de siempre: Venezuela y Catalunya. Si es que no hay nada mejor que una idea fija para alentar los afectos y desafectos de los que nunca han tenido una idea. De los que sustituyen pensamiento por creencia, ya sea en un jehová castigador, en una autoridad militar, en un sátrapa plenipotenciario (coronado o no), o en ese nuevo dios verdadero al que llamamos El Mercado, amigos.

El Mundo lo expresaba así en su editorial del viernes: "Joe Biden calificó de sedición los hechos del Capitolio, y en España esa palabra no puede sorprendernos. Al menos desde la sentencia del Supremo que condenó a los golpistas el 1 de octubre de 2017. Tampoco es aceptable que los escraches sean defendidos como jarabe de los de abajo hasta tanto sus defensores alcanzan su lugar en la casta. O que pretendan que olvidemos sus llamadas a rodear parlamentos al perder las elecciones", añaden en evidente alusión al Movimiento 15-M, a la PAH, a los Rodea el Congreso, a lo que fue el germen de Podemos.

El columnista Daniel Berzosa, en ABC, fue menos sutil incluso: "Trump es, teológica y desgraciadamente, como Iglesias, Junqueras y Puigdemont. Basta recordar acciones idénticas en España, como las de Rodea el Congreso de Iglesias [Iglesias no era nadie, entonces] o el golpe de Estado de Junqueras-Puigdemont. Aquí, no llegaron a asaltar el palacio de la Carrera de San Jerónimo por la actuación de las fuerzas del orden público", añade mendazmente el columnista. Este cronista asistió como reportero rana Gustavo a todas aquellas manifestaciones que, desde la convocatoria, se definieron como marcadamente pacifistas. Si hubo violencia por parte de algunos manifestantes, fue aislada y, en ocasiones, muy sospechosa: como se demostró cuando aquel manifestante desaforado, que sí incitaba a la violencia, fue reducido por los antidisturbios a porrazos, hasta que pronunció las palabras mágicas en una escena que todos pudimos ver y escuchar por la televisión: "Parad, parad, que soy compañero".

En La Razón, el inefable y aun solo presunto delincuente ex ministro Jorge Fernández Díaz, el del ángel de la guarda que le aparca el carro oficial, pontifica sobre el mismo delirio con estas palabras: "Así ha sido siempre en la historia, desde la toma del Palacio de Invierno por los bolcheviques en 1917 y el incendio del Reichstag por los nazis en 1933, hasta la actualidad. Así, los asaltos o sus tentativas a los parlamentos de Nicaragua, Venezuela etc., hasta los autonómicos de Cataluña y Andalucía, y al Congreso de los Diputados, son una constante para intentar conquistar o desestabilizar el poder constituido. De momento, con el 15-M Podemos ya está en el Gobierno de la mano de Sánchez".

Es de destacar el hecho de que ninguno de estos analistas ha tenido a bien recordar que en España sí hubo un asalto real al Congreso, liderado por el preceptor de Juan Carlos I, el general Alfonso Armada, y con Antonio Tejero como mariscal de campo. El olvido del 23-F, en este contexto, dice mucho de las afinidades ideológicas de nuestros viejos periódicos conservadores. Les asusta menos un sargento con pistolón apuntando a un diputado que un pacifista con una flor y un libro. Y son hasta capaces de criminalizar más a este último.

También habrá que recordar que el matonismo trumpista era hasta hace nada discretamente celebrado por nuestros viejos diarios de mano alzada. Es un sentir que, hoy mismo, refleja muy explícitamente la frase con la que arranca la columna de Santiago González en El Mundo: "Uno no cree que Trump lo haya hecho todo mal; solo lo más importante". Claro, dejarse influir por el 15-M y por Pablo Iglesias. Si es que ya digo, cuñao, que lo veía venir.