El repartidor de periódicos

La fábula de Ciudadanos

Se dice desde siempre que los españoles producimos más política que la que podemos digerir. En esta semana de tan solo siete días, domingos incluidos, hemos asistido a la muerte y resurrección de Pablo Casado y a la resurrección y muerte de Inés Arrimadas, por ese orden, y en Madrid a la versión charcutera de la noche de los cuchillos largos, con el adelanto electoral firmado con la sangre derramada por las cabezas rodantes de Ignacio Aguado y sus ciudapijos capitalinos. En el lado menos democrático de nuestro tablero político, nos enteramos de que Juan Carlos I quería venir a una regata en Sanxenxo y su hijo no le ha dejado, y el viejo rey anda llorándole a nuestros honrados empresarios sus cuitas de adolescente castigado sin excursión: "Una vez más, me dicen que no es el momento oportuno", nos cuenta Carlos Segovia en El Mundo. En Catalunya, los izquierdismos de ERC y la CUP ascienden a los cielos de la presidencia del Parlament a Laura Borràs, del neoconvergente, neoderechista, neopesetero y siempre misacantano Junts per Cat. Y ya no os hablo de lo que ha pasado en los juzgados con Villarejo y Bárcenas. Ni de los desamores internos del gobierno de coalición. Sería bulímico. Lo que decía al principio. Los españoles producimos más política de la que podemos deglutir. Por eso vomitamos política, no la hacemos.

Por eso nos pasan cosas raras. Fijaos en Ciudadanos. En la caída de Ciudadanos. En dónde cae el cadáver de Ciudadanos. Es una fascinante novela negra. Resulta que los votantes de Ciudadanos, que nació como partido centrista, se están yendo mayoritariamente a Vox. Lo dicen las encuestas y los más conspicuos analistas, a los que conviene no hacer caso. Pero si hacemos caso, resulta que Ciudadanos era una careta de disimulo tras la que se escondía la parte más pudorosa y poderosa de nuestra ultraderecha sociológica, la ultraderecha dentro del armario. El fascismo que no se atreve a decir su nombre, parafraseando a Oscar Wilde. En España hay mucho fascismo que no se atreve a decir su nombre, y a veces no se dan cuenta ni ellos de que están dentro del armario. Hasta que salen. Como está pasando ahora en este trasvase masivo de votantes de Ciudadanos a las urnas de Vox. Muchos viejos votantes de Ciudadanos no sabían lo fachas que eran.

¿Por qué desaparece Ciudadanos? Pues sí que es pregunta de difícil respuesta. Lo tenía todo. Posmodernidad ideológica, o sea, ausencia de conciencia de ideología, lo que lo convertía en un antro muy chic donde podía bailar todo el mundo. Tenía dinero: bastaba ver los mítines, los anuncios, la sede, la risa de Albert Rivera, que también sonaba a dinero.

Uno, como es novelista y propende a simplificar, lo contaría como una fábula. Albert Rivera y Ciudadanos fueron arrojados al Edén en el año 2006 después de Cristo. Vagaron por paradisíacos prados, donde los dioses de la banca los agasajaban con ostras con perla y cerezas de la inmortalidad, los súcubos de los medios los protegían de su inicuidad, y las constelaciones empresariales bailaron un vals con ellos en el barnizado parqué de la sede de la Bolsa. Nada podía haber salido mal. Pero todo salió mal por culpa del cornezuelo de centeno.

Al edénico Albert Rivera los dioses de la banca, la comunicación y el empresariado lo iban regando todo el tiempo con frutos, joyas, riquezas, moluscos, mansiones de alquiler barato, agasajadores feláticos y respeto entre los corbatas viejas: la vieja oligarquía incesante. Tan hastiador era ese fecundo rebrotar de toda la naturaleza y la riqueza a su alredededor, que Albert Rivera terminó hastiado, y empezó a preferir el cornezuelo de centeno al entrecot y el agüita de amapola al reserva tinto. Le pasó como a Teresa de Ávila o Santa Teresa de Jesús, como prefiráis, que de tanto consumir naturaleza excitante se le fue un poco la olla. Pero hay dos formas de que se te vaya la olla: una es mala y otra es buena.

A Teresa de Ávila, como tenía gran cultura, de la lisergidad le salió poesía, una de las más bellas que ha dado esta lengua malhablada. A Albert Rivera, como no tenía cultura, del subidón le salió engreimiento. Y se creyó más dios que sus dioses creadores. Ahora trabaja de abogado para el PP. No le va mal en lo económico, me dicen sus suegras.

La semana que viene, como buen español, tragaré mucha más política de la que puedo digerir. Y tendré otras ideas sobre este asunto, pues éstas estarán gastadas. Pero no otra ideología. Soy muy bruto. Eso no se cambia.