El repartidor de periódicos

El milloncete secreto de Adolfo Suárez

Portada de 'Abc'.

Poco recorrido está teniendo la primicia de ABC sobre el pago de un millón de euros de Juan Carlos I a Adolfo Suárez para premiarle por su dimisión como presidente del Gobierno en 1981. No sé a qué viene este empeño de la Historia por desmentir los mitos de nuestra sacrosanta transición. Los padres de la democracia española, que dan nombre a nuestras plazas y aeropuertos, se las gastaban así. Repartiéndose maletines millonarios de dinero de dudosa procedencia.

Desde un punto de vista literario, incluso historiográfico, si me pongo petulante, me encantaría saber cómo se fraguaban estas operaciones.

--Hola, Adolf. Soy Juancar otra vez.

--Ya te he dicho, majestad, que no dimito. Mi vocación de servicio a España es insobornable.

--¿Y si te doy docientos milloncejos de pesetas...?

--Bueno, si es por el bien de España, ¿dónde hay que firmar?

--Esto no se firma, tontorrón. Mucho tenéis que aprender los políticos de los borbones.

--En eso llevas razón, generalísimo.

Y en este plan.

Sabe el diablo qué silencios se comprarían con ese millón de euros de la época. Pero pasa el tiempo y aquellos silencios se van volviendo dicharacheros, cual era inevitable. Ya decía el dicho que no se puede mentir a todos todo el tiempo. Y la Historia es animal hibernante, tiene sobrada paciencia antes de animarse a rugir, pero termina rugiendo.

Hay mucho debate en estos días sobre cómo reescribir la Historia, tan deturpada, en España, por falsas leyendas gloriosas. Pero aquí tenemos a Juancar, demostrándonos que bajo la leyenda gloriosa de la Transición solo había un hombre que presuntamente repartía millones, y patriotas dispuestos a recibir suculentas migajas por sus vasallos servicios.

Se dice mucho que la corrupción en España es sistémica porque empieza por su inmarcesible jefatura del Estado. Un rey presuntamente corrupto para inspiración de toda una España corrupta es, yo creo, lo que nos hace a los españoles tan monárquicos, a pesar de la larga historia de supuestas corrupciones borbónicas. Somos como esos tontos de los viejos vodeviles que disfrutaban siendo engañados. Perlimplines más enamorados de una fantasía que de una piel. Y ahora se nos resquebraja vampíricamente la piel de Adolfo Suárez, que recibía maletines de su rey por secretos servicios prestados a la corona impuesta por Franco.

Después de sabido esto, la única herencia que nos queda de Adolfo Suárez es Adolfo Suárez Illana, cuyo mayor mérito político e intelectual es lo bien que tuerce el gesto cada vez que un independentista sube al estrado del Congreso de los Diputados. El hecho de que esos diputados respondan al deseo de la soberanía popular no le desmerece la elegancia del gesto. Por cierto: ¿dónde está el milloncete que escondió papá?

Ya digo que el asunto casi no ha tenido recorrido en los periódicos. La gran corrupción no es noticia en España. Es un estado de ánimo. Una manera de ser monárquico y patriota. Nuestro rey soborna a un presidente del Gobierno para que dimita y a nadie parece importarle. Pobres historiadores españoles, siempre en el filo de decidir si son sherezades o casandras, fabuladores o agoreros.

Se nos va con el millón de Adolfo Suárez el último icono de nuestra ejemplaridad transicional. Dentro del mismo maletín lo hemos perdido. Ahora solo falta que nos descubran que don Leopoldo Calvo Sotelo no era un gran pianista para jodernos todo el cuento. Ese largo chiste de nuestra ejemplar transición democrática, que ya no da ninguna risa. E, insisto, Suárez Illana: ¿dónde fue a parar el milloncete de papá?