El repartidor de periódicos

Al periodismo le amarga la verdad

Portada de 'Abc'.

Nos hemos acostumbrado tanto a la corrupción del Partido Popular que a los viejos periódicos de siempre les ha parecido que ya cansan al lector las sobredosis de choriceo, así que la reciente condena por los pagos en B de las reformas de Génova se ha quedado asegundada en portada. O sea, que la nueva sentencia por corrupción contra el partido que podría gobernar la inminente España ya no parece noticia, sino costumbre, y no merece el esplendor de las primeras planas.

Tres o cuatro tuiteros, no muchos más, se asombraban de este desapego de nuestros medios tradicionales por las noticias cloaqueras que genera cotidianamente el PP. No tienen ni puta idea de periodismo. Es el negocio, amigo: no la deontología.

La corrupción del PP ya no vende. Aburre. Y es mucho más excitante para el lector cualquier andrómeda sobre quién cuelga la ropa interior de Irene Montero o mira las tarjetas telefónicas de Dina Bousselham, que esta corrupción sistémica tan confortable en la que sesteamos los españoles. Una ola de frío en invierno es más noticiable que otra nueva ola de corrupción en el PP.

Nos hemos hecho insensibles a la corrupción. Como no nos queremos ver reflejados en nosotros mismos, preferimos las noticias inventadas a las verdaderas. Y no estoy cayendo en el oxímoron. Es el lector quien ha otorgado el grado de noticia verdadera a los delirios lisérgicos de muchos de nuestros fantásticos y fantaseantes cronistas. Por no hablar de los jueces. Otros grandes creadores de mundos mágicos, donde pequeñas ninfas de cuarenta kilos (Isa Serra) son capaces de derribar de una sola patada los 350 kilos que pesan tres policías antidisturbios, y ser condenada. Si nos atenemos a las sentencias, no es descabellado pensar que el asesor de Podemos en la sombra sea el mismísimo Bruce Lee. Muy buenas patadas tienes que dar para que nadie las vea y, aun así, te expulsen del Congreso de los Diputados (Alberto Rodríguez). El pacifismo karateca de nuestros movimientos sociales no deja de fascinar a este viejo boxeador.

Sinceramente, no conozco ningún otro país donde la corrupción sea asumida con la naturalidad de unas gotas de coñá en el café. Noticia secundaria en las portadas de nuestros periódicos. Anécdota volandera.

Portada de 'El Mundo'.

Los sabios que nos analizan desde sus laboratorios se extrañan de que en la era de la información, donde tantos tenemos acceso inmediato al conocimiento global con solo caer sobre un teclado (no usar la Underwood, paletos), prime tanto la pujanza de la desinformación. O sea, que cuanto más informados nos sentimos, más desinformados estamos. Y es evidente: las cuevas de Altamira son mucho más informativas que veinte minutos en twitter. Pero cómo se goza twitter cuando tienes el cerebro apagado. O, como hay que decir en estos tiempos de políglota ignorancia, en stand-by.

Desde que, en nuestro frustrado intento de retorno a la república, allá por 1978, admitimos al rey Juan Carlos como apandador de compañía, la corrupción en España no es noticiable, porque es una forma de vivir, de ser, de estar, de gobernar y de ser gobernado. Es como si abriéramos los periódicos anunciando que mañana va a amanecer. Nuestra corrupción ya es innoticiable por reiterada, como las salidas del sol. Dejemos de aburrir a la peña. Saquemos a portada otros asuntos más jugosos.

El problema es quevedesco, pues si es tan amarga la verdad y no quieres echarla de la boca, acabas convertido en un cántaro de bilis. Que es en lo que se está transformando (otra vez) este feliz y soleado paraíso llamado España.