El repartidor de periódicos

Una de espías

Portada de 'El Mundo'.

La literatura y al cine han mitificado con tanto talento el mundo del espionaje y los servicios secretos, que uno, leyendo los periódicos, se siente como el niño que se acaba de enterar de que los reyes magos son corruptos y vienen de Abu Dabi.

Qué espías tan poco glamurosos tenemos en España. Lee uno en los diarios las transcripciones de sus conversaciones, y, al lado de tamaña sucesión de anacolutos y onomatopeyas, Bertín Osborne te parece el Fénix de los Ingenios.

No siempre fue así. Hace décadas, en la época dorada del felipismo, teníamos a Francisco Paesa, por ejemplo, que sí era un espía como dios manda. En aquella España rancia y machista (aun más que ahora), nuestro más eximio espía se travestía cotidianamente de mujer para resultar menos detectable. Hay fotos y estaba monísimo. Después se murió en Tailandia y, años más tarde de haberlo llorado mucho y cantarle muchas misas gregorianas, reapareció en París. Hoy nadie sabe si está vivo o está muerto, salvo él, aunque guardaba tan bien los secretos que quizá ni él lo sepa. Con gente así sí que se puede crear un mito, un Smiley, un Mycroft Holmes.

Pasados los años, la irrupción de José Villarejo con sus elepés robados nos arrebató buena parte de aquel charme. Qué torpeza léxica demuestran nuestros espías y nuestros espiados de ahora. Escuchamos a gente muy principal que apenas articula, que se comunica a base de balbuceos, y no es estrategia criptológica, sino simple incultura.

Con el caso Pegasus llegamos al paroxismo, pues nos enteramos de que nuestros espías no saben si espían o no espían, y ni siquiera olfatean si son espiados. Antes de modificar la Constitución o renovar el Consejo General del Poder Judicial, urge rebautizar al Centro Nacional de Inteligencia.

En el plano político y mediático, nuestra derecha se ha volcado hooliganeramente a defender al CNI, a alabar su patriotismo por espiar a vascos y catalanes, su heroísmo de palillo en la boca, su entrega a España... Lo clásico entre nuestros clásicos de la pulserita rojigualda.

En La Razón (editorial titulado Una comisión que debilita al Estado) dejan bien claro dónde se debe posicionar el español de bien y misa de doce: "El CNI ha informado y no hay una razón de peso para cuestionar su intachable desempeño, como la propia oposición, PP y Vox, ha mantenido tras la comparecencia de Paz Esteban". (Como la cosa va de espías, buscad en la cita de La Razón lo que falta. Elemental, querido Watson: Ciudadanos ya no existe: ya ni forma parte de la oposición, después de haber florecido tan feraz. Poor butterfly).

El Mundo prefiere desviar la atención sobre la Comisión de Secretos: "Solo un Gobierno irresponsable metería al zorro en el gallinero, como ocurrió ayer con la entrada de independentistas y antisistema, obsesionados con socavar nuestro Estado de derecho en la comisión de secretos oficiales del Congreso". No sé a qué viene tanto revuelo. Yo no me preocuparía. Por muchos "bilduetarras" y "procesistas" que metas dentro, es difícil que el CNI pueda funcionar peor.