¿Tendrá futuro la UE?

De brexit y democracia

El speaker de la Cámara Baja, John Bercow,  ha decidido no someter a votación, por segunda vez, el texto del acuerdo de Boris Johnson con la UE sobre la salida del Reino Unido del club comunitario. Alega razones de principio y circunstancias para oponerse a los planes del primer ministro, que ve así frustrada, una vez más, su propuesta de materializar el Brexit antes del 31 de octubre.

Entretanto, Johnson se ha visto impelido a aplicar la llamada Ley Benn, aprobada mayoritariamente por el Parlamento, y que le obligaba a solicitar una (nueva) prórroga a la UE si este pasado sábado el Parlamento no llegaba a un acuerdo, como así sucedió. El primer mandatario envía una carta sin firma cumpliendo el compromiso obligado no en su nombre, sino en el del Parlamento; en una segunda carta el representante británico ante la UE explica el sentido de la petición y en una tercera, esta sí, firmada, Boris Johnson se emplea en explicar a los gobiernos de la UE que se trataría de un error la concesión de la prórroga solicitada. Con mucho tino y razón, los laboristas han denunciado que este modo de proceder no deja de poner al descubierto la condición "infantil y consentida" del Primer Ministro.

Para que el enredo institucional y constitucional no termine, los Primeros Ministros de Escocia y Gales han solicitado a Johnson la prórroga anunciada.  Y los tribunales escoceses deberán pronunciarse sobre si el procedimiento seguido respeta la letra y el espíritu de la Ley del Parlamento. La mezcla de sainete y tragedia en la que se desenvuelve la política británica desde hace tres años es ya, sin dudarlo, una crisis constitucional. Una crisis que afecta a la dinámica institucional, en primer lugar, pero que ha producido una brecha social y política que cuestiona la naturaleza de la comunidad política británica tal y como esta ha existido hasta el momento.

Y si es verdad, como dice John Le Carré, que "el Brexit es la mayor idiotez perpetrada por el Reino Unido" se trata de una sandez que merecerá ser estudiada como asignatura obligatoria en todas las facultades de Ciencia Política de Europa. Y, en mi opinión, con ese nombre: "Brexit: la mayor idiotez perpetrada por el Reino Unido".

El Brexit reúne y sintetiza el cruce de caminos en los que se ha convertido la política contemporánea: la expresión de la voluntad popular; verdad y propaganda en la política actual; el papel de las instituciones; legitimidad y consentimiento respecto a las decisiones políticas; la quiebra de las viejas lealtades partidarias; la crisis de la representación a unos niveles que no imaginábamos; la articulación entre lo nacional, lo supranacional y lo global. En suma, de democracia estamos hablando, pero de la democracia en este contexto de sitio al que el neoliberalismo salvaje ha sometido a los modelos social y liberales de democracia.

El Brexit fue, desde el inicio, un proyecto de las elites económicas británicas, el deseo de convertir el Reino Unido en un espacio económico y laboral completamente desregulado, con un centro financiero hipertrofiado, y todo ello a las puertas de Europa. Una propuesta que rendía tributo a la economía de casino global. En el transcurso de la campaña por el Brexit se sumó el objetivo adicional de causar un daño irreparable al proyecto de integración europeo.

La posición, inicialmente ambigua del laborismo en relación con el Brexit debe entenderse en el contexto histórico del Reino Unido. Los laboristas fueron, tradicionalmente el partido euroescéptico y, con buenas razones, los trabajadores británicos desconfiaron de los débiles estándares de protección comunitarios en relación con la fortaleza (hasta la llegada de Tatcher) del sistema social y laboral británico. Algo similar a la posición de la izquierda en los países nórdicos en la actualidad. Consumada, con victoria inapelable, la guerra de los conservadores británicos contra los sindicatos y el sistema de welfare en el Reino Unido, los restos del naufragio, particularmente los sindicatos, son hoy claramente favorables al mantenimiento del Reino Unido en la UE, como única garantía de protección de un suelo de derechos sociales y laborales siquiera sea mínimo; en eso estamos. Los laboristas, por su parte, defienden hoy la celebración de un segundo referendo y la convocatoria de elecciones como marco para una nueva situación política que arrebate a los conservadores la gestión del Brexit.

Sólo esto ya sería suficiente para un cuatrimestre de asignatura sobre el Brexit, pero hay más. La campaña de los conservadores euroescépticos y aliados de extrema derecha hacía dos cosas al tiempo: responsabilizaba a la UE por los males de la situación en el Reino Unido y prometía una arcadia feliz en el caso de que el referendo fuera favorable a la posición de los brexiteers.

La primera de las afirmaciones resultaba cuando menos curiosa, considerando que el Reino Unido está fuera de la disciplina del euro, del Pacto de Estabilidad y de las constricciones de la zona económica y monetaria. Más aún sabiendo que este país se ha excluido de las principales decisiones de la gobernanza económica de la UE desde 2008. Y sabiendo, como sabemos, que la debacle social británica tiene un origen propio y reconocible: dos décadas de Tatcherismo y de blairismo que han devastado la convivencia social y creado un foso de desigualdad y desconfianza.

El lema de "recuperar el control" (Take back control), se convertía en la piedra angular de la segunda idea fuerza promovida por los conservadores y sus aliados de extrema derecha en este proceso. Los tintes racistas y xenófobos de una parte importante de la campaña del Leave alertó a la izquierda británica de que tras la presunción explícita de que salirse de la UE era recuperar la democracia y la soberanía, se encontraba un proyecto nativista y tan neoliberal en lo económico como excluyente en lo social y político. Saber después el papel que empresas como Cambridge Analytica jugaron en la campaña de los brexiteers, con sus dosis de intoxicación, manipulación y uso fraudulento de datos personales confirmó el turbio engranaje que se acomodaba tras la propuesta de salida de la UE.

En este punto, una parte de la izquierda europea, inclinada a considerar que el repliegue nacional es la respuesta a todos nuestros problemas, sigue defendiendo que solo en el ámbito estatal-nacional es posible pensar la democracia. Sorprende la pereza intelectual para imaginar la dimensión supranacional de la democracia, pero sorprende igualmente la dificultad para sacar conclusiones de procesos como el Brexit y su significado para una estrategia alternativa desde la izquierda.

Por si la propia campaña del Brexit no hubiera sido suficiente, la gestión de la salida misma ha puesto de manifiesto hasta que punto un proyecto como el del Brexit necesita pasar por encima de los procedimientos democráticos y despreciar los cambios sociales que se vienen produciendo tres años después del Referendo de junio de 2016 en el Reino Unido.

Para el segundo cuatrimestre de la asignatura dejaremos la parte en la que conviene estudiar, y comprender mejor, la resiliencia institucional que ha permitido que el Parlamento Británico ocupe un papel central en la gestión del conflicto y en limitar la arrogancia autoritaria de los conservadores. Merecerá la pena estudiar también como ha sido posible que el Reino Unido se haya convertido en el país donde hoy se desarrolla el movimiento social pro-UE más importante de la historia misma de la integración. Y, eventualmente, si el tiempo y el programa lo permiten, estudiaremos algunas ideas para empoderar a la ciudadanía y aumentar significativamente la calidad de nuestros sistemas democráticos, articulando lo local, lo estatal y lo supranacional. En esta dirección, incluir alguna propuesta para hacer de la UE algo que, cuando menos, se parezca a un modelo de decisión democrática, cosa que, ahora mismo, ni es ni se le parece.

El Brexit no ha acabado su singladura y nada es descartable, ni siquiera la creación de una coalición política que haga posible un segundo referendo que pudiera ofrecer otros resultados. Sin duda este seguirá siendo un tema central en la política británica y un poderoso condicionante de la vida de las instituciones de la UE. Pero nos ofrece una oportunidad incomparable para repensar la democracia en un contexto donde seguir pensando la política desde el prisma estatal-nacional únicamente es, cada vez más, una utopía reaccionaria.