Opinion · ¿Tendrá futuro la UE?

La inquina contra Jeremy Corbyn

El líder del Partido Laborista británico, Jeremy Corbyn, en un acto de campaña en York para las elecciones en Reino Unido del día 12 de diciembre. EFE/EPA/STRINGER
El líder del Partido Laborista británico, Jeremy Corbyn, en un acto de campaña en York para las elecciones en Reino Unido del día 12 de diciembre. EFE/EPA/STRINGER

Las elecciones del 12 de diciembre en el Reino Unido son mucho más que un asunto propio y específico de este país y no son una simple continuidad en la alternancia habitual en el sistema de partidos británico. De la importancia de este envite da muestra el giro copernicano que podemos constatar en la prensa mainstream, una vez el tema del Brexit dio paso al combate electoral por el próximo gobierno de ese país. Casi sin excepciones, Boris Johnson, el líder conservador, ha pasado a ser un hombre respetable frente a la figura de Corbyn, el líder del Partido Laborista, al que se dedican toda suerte de inamistosos adjetivos. El líder laborista sería desde un antiguo, un marxista, un radical, un enemigo de Israel, un dirigente aburrido y sin carisma, un peligro para la economía británica. Una buena parte de las descalificaciones han venido del llamado “fuego amigo”, diputados/as del grupo parlamentario y de la dirección política laborista que no han dudado en disparar contra el proyecto, una vez que el blairismo perdió la mayoría en el partido.

De todas las críticas, la más insidiosa y persistente está siendo la de la condición antisemita, tanto del laborismo como de Corbyn. Y eso que en 2016 un Comité parlamentario hostil no pudo encontrar “ninguna evidencia empírica fiable que apoye la idea de que existe dentro del Partido Laborista una prevalencia de actitudes antisemitas mayor que en cualquier otro partido político” (House of Commons, Antisemitism in the UK, 16/12/2016). Pero la verdad suele quedar enterrada si una mentira repetida sirve mejor al propósito de descalificar banalmente al adversario.

Lo curioso de la situación es que, en este preciso instante, el Partido Laborista dirigido por Corbyn ha realizado algunas proezas notables que han rescatado al partido del pantano de fracasos en que lo había sumido la “Tercera Vía” de Tony Blair. El liderazgo de Corbyn produjo un incremento espectacular de la afiliación y una movilización electoral sin precedentes en la reciente historia del Reino Unido, convirtiendo al Labour Party en uno de los partidos más importantes en número de afiliados de todos los existentes en Occidente. Hablamos de un partido que consiguió remontar una trayectoria declinante electoral y llegar al 40% de los votos en las elecciones de 2017, uno de los mejores resultados de su reciente historia y un salto gigantesco en relación con comicios anteriores. Y eso, a pesar de que los conservadores consiguieron un resultado igualmente notable con Teresa May, lo que revelaba que la mejora en los resultados del Labour era fruto del esfuerzo propio y no de las desgracias ajenas.

En las elecciones de 2017, Corbyn consiguió 12,9 millones de votos, esto es, 3,5 millones de votos más que en 2015 (bajo el liderazgo de Ed Miliband): 4,2 millones de votos más que en 2010 (bajo el liderazgo de Gordon Brown). Pero son, también, dos y tres millones de votos más que Tony Blair en las elecciones de 2001 y 2005. En fin, para evaluar la progresión electoral realizada por el Partido Laborista en las pasadas elecciones hay que remontarse a 1945 a la elección de Clement Attlee.

Si comparamos la realidad del Labour Party con la de algunos de los que han sido los grandes partidos socialdemócratas europeos (alemanes, franceses, nórdicos incluidos), el contraste se hace tan evidente a favor del partido de Corbyn, que sorprende aún más el fervor descalificador y catastrofista con que su liderazgo ha sido considerado desde el minuto uno hasta hoy en día. Probablemente, porque una de las cosas que se juega en estas elecciones tiene que ver con el futuro de la socialdemocracia, con las estrategias en curso para intentar hacer posible una fuerza política reformista con voluntad de construir mayorías, pero alejada (razonablemente al menos) de la lógica neoliberal.

Corbyn fue una respuesta nueva desde la vieja cultura obrera y reivindicativa al desafío de la tercera vía. Con su New Labour, el partido de Tony Blair vivió una auténtica revolución interna que modificó sus principios fundadores, sus modos de organización electoral, las relaciones con las organizaciones sindicales, y todo ello, desde un proyecto político orientado a hacer compatible la socialdemocracia con el nuevo contexto neoliberal. El mismo o similar camino de la socialdemocracia en toda Europa, y que ha llevado a ésta a un callejón sin salida y a una desesperada búsqueda de alternativas que eviten la marginalización, cuando no la desaparición, de los partidos socialistas en algunos países.

Naturalmente, no hay nada decidido de cara a las próximas elecciones. Pero algunos datos aconsejarían ser más prudentes respecto a la serie de catastróficas desdichas anunciadas por las casandras del establishment. En las elecciones generales de 2017 en el Reino Unido, la diferencia de votos en las encuestas osciló alrededor de 18 puntos a favor del partido conservador durante toda la campaña electoral. Para las actuales elecciones, según los últimos sondeos, esa diferencia se sitúa entre 8 y 9 puntos, y la tendencia es hacia un acortamiento de esa diferencia en las últimas semanas. Considerando el sistema electoral británico y la asignación por la vía mayoritaria de diputados, no es fácil hacer predicciones; pero, si bien las tendencias son indicativas, todo parece anticipar que el resultado electoral será muy apretado y de final incierto.

En contra de Corbyn y del Partido Laborista, juegan la centralidad del Brexit durante la campaña, el hartazgo de la sociedad británica respecto al Brexit, y la certeza de que, con Boris Johnson, ese asunto quedará definitivamente zanjado antes del 31 de enero de 2020. También la relativa moderación que, en materia de impuestos y de servicios sociales, está proponiendo el Partido Conservador, consciente de que su elitismo es una baza negativa que debía intentar conjurar. En el tema del Brexit, el Partido Laborista ha tenido que gestionar un electorado dividido, particularmente en circunscripciones obreras y populares. Y en la gestión debe incluirse que una parte de sus parlamentarios ha apostado por una estrategia de “o Brexit duro o No Brexit”, colocando a los laboristas en una posición muy antipática y poco favorable a las explicaciones fáciles y sencillas. Frente a la contundencia de Johnson, el discurso de Labour aparece confuso y lleno de matices. Este dato pesará en las elecciones, sin duda.

El Partido Laborista ha lanzado una campaña basada en un Manifiesto que supone una auténtica enmienda reformista al capitalismo neoliberal. Un Manifiesto orientado a dar la batalla electoral en el terreno del bienestar social para la mayoría, con nuevas medidas en lo que hace a la propiedad pública, política de impuestos, servicios sociales, inversiones públicas. Un programa claramente ambicioso, pero de un radicalismo de nuevo tipo y, sin duda, una vía de encuentro para la reconstrucción de las izquierdas reformistas en Europa.

Pero el establishment ya no nos deja ser ni reformistas; eso sí, si hay que negociar con la extrema derecha, entonces, lo que haga falta. Conviene en estos días leer o releer el maravilloso libro “El orden del día” de Éric Vuillard, y su relato sobre el encuentro que un día 20 de febrero de 1933 tuvieron en el Palacio del Reichstag 24 de los más grandes empresarios alemanes con Goering y Hitler, encuentro en el que se estableció el ominoso acuerdo que llevaría al mundo a la ciénaga del nazismo.