¿Tendrá futuro la UE?

¡Es Europa, estúpidos!

Un hombre con mascarilla pasa por delante del edificio de la Comisión Europea, en Bruselas. AFP/Aris Oikonomou
Un hombre con mascarilla pasa por delante del edificio de la Comisión Europea, en Bruselas. AFP/Aris Oikonomou

La frase de James Carville, asesor de Clinton durante las presidenciales de 1992 ("es la economía, estúpidos") hizo fortuna porque sintetizaba de manera muy poderosa el núcleo de los conflictos políticos en esos (lejanos) tiempos. El éxito o el fracaso de los gobiernos de turno se dirimía alrededor del bienestar económico y la capacidad para mejorar la vida cotidiana de la mayoría.

Hoy el debate sobre la Unión Europea pareciera centrado en los centenares de miles de millones puestos encima de la mesa para tratar de paliar el estrés económico de países como España o Italia duramente golpeados por la pandemia. Pero no es en ese campo en el que se dirime, siguiendo a Merkel, el momento más crítico en la historia de la Unión Europea desde su constitución. Es en el terreno de los valores, en el de la construcción de un imaginario de colaboración y solidaridad sobre el que edificar un sentimiento de pertenencia y vínculo.

La ceguera de Alemania y de los Países Bajos (entre otros) no es tanto por su tacañería o por su sumisión al ideario ordoliberal, sino por no haber entendido que esta crisis no es como la de 2008; en realidad no tiene parecido con ninguna anterior. Si la de 2008 estaba referenciada respecto a los modelos económicos y sus alternativas, ésta tiene que ver con algo más importante en términos de proyecto: ¿qué es exactamente la UE?

El acuerdo cerrado este pasado jueves moviliza medio billón de euros, lo que, sumado a las otras partidas ya puestas en marcha por el Banco Central Europeo, el Banco Europeo de Inversiones y la propia Comisión, alcanza una cifra descomunal que multiplica por 11 el presupuesto de la UE para un año. El modo en que el dinero se reparte no es el óptimo en absoluto y está lejos de las demandas expresadas por los países más castigados por la pandemia, pero podría decirse que es menos que nada.

Del monto total puesto a disposición de los estados, 100 millones son para complementar los seguros de desempleo; y 240 mil millones son préstamos del MEDE condicionados a que se usen directamente en la lucha contra el coronavirus (atención médica, tratamiento hospitalario y prevención). Terminada la pandemia, los recursos estarán disponibles en las condiciones habituales de los préstamos del MEDE: ajustes y estabilidad presupuestaria.

En este plano de la discusión, para sociedades castigadas y traumatizadas por una situación desconocida en su historia, la cuestión no resulta fácilmente aprehensible y ofrece demasiados agujeros por los que el sentido último de lo que está ocurriendo se puede perder. Y es que tenemos (todavía) la oportunidad de plantear una alternativa al actual modelo de la UE, desde la institucionalidad que conocemos.

Parece que esta crisis estuviera fortaleciendo el papel de los estados; que los estados-nación estuvieran volviendo a ocupar el lugar que "les corresponde, por derecho, en el devenir de la historia". Pero, si algo demuestra esta crisis, es precisamente la debilidad de los estados, y sus enormes dificultades (o, directamente, su imposibilidad) para gestionar éste y otros desafíos a los que nuestras sociedades deben hacer frente: el calentamiento global y sus efectos catastróficos para la vida en el planeta, la desigualdad lacerante que confronta los nortes y los sures en todas las cartografías posibles (local, regional, nacional, supranacional), o las crisis sanitarias por venir.

Teniendo en cuenta la correlación de fuerzas, el contexto actual trabaja a favor del proyecto de una UE más intergubernamental, promovido por la extrema derecha europea. La lectura de que la UE será más útil en la medida en que los estados-nación tengan un papel más relevante es la que representan Salvini, Marine Le Pen o los países de Visegrado; a los que cabría añadir a algunos despistados de la familia de la izquierda alternativa, que siguen confundiendo "soberanía popular" y "soberanía estatal", como si fueran la misma cosa.

Lo que ha ocurrido nos hace preguntarnos por el sentido de esta UE, pero tenemos que ir más allá de la duda razonable y del lamento improductivo. ¿Qué podemos hacer?

Hay una oportunidad para recuperar la sensación e imaginario de "pertenencia" a Europa en término de valores, que acontecimientos como las manifestaciones contra la guerra de Irak comenzaron a forjar. Las encuestas (véase el último eurobarómetro)[1] reflejan esa dualidad de vínculo identitario que los europeos y europeas sentimos, y, aunque es preciso reconocer que el vínculo no es igual de intenso según hablemos de Europa o del estado en el que nos hemos socializado, no habría que despreciarlo ni minusvalorarlo. Recordemos que el mayor movimiento social pro-europeo conocido en las últimas décadas se ha dado en el Reino Unido. Multiplicar las redes de colaboración transfronteriza a todos los niveles, político, académico, social etc… puede significar un importante estímulo. Nuestras/os diputadas/os en el Parlamento Europeo pueden ayudar enormemente en este propósito. Esta colaboración puede llenar el "vacío de valores" que la UE vive desde Maastricht, y que el ordoliberalismo ni ha podido ni podrá colmar.

En este punto, un primer paso fundamental sería salirnos de la caja "simbólica" en la que el lenguaje militarizado de estos días nos mantiene (la lucha contra la pandemia como una guerra). Este lenguaje refuerza también el imaginario nacional, y alimenta la confrontación con "los otros" estados, juzgados como "insolidarios", "arrogantes" o "inconscientes", según la política de confinamiento elegida. Sin embargo, sería importante un ejercicio de pedagogía que promoviera la empatía, comprensión y tolerancia hacia las diferentes culturas y situaciones nacionales, teniendo en cuenta los niveles diferentes de confianza social y política (entre la ciudadanía, y de ésta hacia la autoridad pública) que caracterizan a los diferentes Estados-miembro. De ese ejercicio de humilde curiosidad podríamos aprender muchas cosas, y al mismo tiempo aproximarnos a un imaginario colectivo europeo.

En segundo lugar, nos encontramos ante la dificultad de imaginar y poner en práctica una democracia supranacional. Gran parte de los conflictos habituales en la UE derivan de que sean los gobiernos quienes tengan que gestionar la dimensión supranacional desde su espacio estatal. Algunas sociedades consideran que ya están poniendo demasiado dinero en este proyecto (véase la actitud de los Países Bajos), y debemos tener en cuenta este condicionante. Sin embargo, con recursos propios y un presupuesto digno de tal nombre a nivel supranacional, la cuestión no se plantearía en los mismos términos.

Bien es verdad que los Estados tienen a su disposición la opción de las "cooperaciones reforzadas" que, aunque con limitaciones, les permite articulaciones operativas y funcionales orientadas a conseguir resultados. También, esta crisis ha generado cierta sensibilidad en el plano estatal (que pone de manifiesto, por ejemplo, la Carta de los 10 jefes de Estado y gobierno pidiendo los coronabonos). Deberíamos impulsar y aprovechar estos mecanismos en el propósito de reforma y cambio de la UE.

Por último, el Parlamento Europeo ha sido apartado de la gestión de la pandemia y sus consecuencias, lo que dice muy poco de la sensibilidad democrática de los Estados-miembro, y de la voluntad que estos tienen de resolver el problema de legitimidad de la UE, encima de la mesa desde (antes, incluso, de) la crisis de 2008. No perdamos de vista el papel positivo que la Comisión Europea ha jugado en esta crisis, impulsando medidas que iban mucho más allá de lo que los propios Estados estaban dispuestos a aceptar.

En definitiva, el "coronacionalismo" es un peligro para las expectativas de cambio sociopolítico en la UE y en nuestros propios países, y hay soluciones posibles, pero que pasan por propuestas de cambio urgentes, radicales y decididas, lejos de ensoñaciones nacionales y de sus espejismos.

NOTAS
[1] https://ec.europa.eu/commfrontoffice/publicopinion/index.cfm/Survey/getSurveyDetail/instruments/STANDARD/surveyKy/2255