¿Tendrá futuro la UE?

Trump, Biden y más allá

El presidente de EEUU, Donald Trump, y el candidato demócrata, Joe Biden, durante su primer debate electoral en Cleveland (Ohio, EEUU). REUTERS/Brian Snyder
El presidente de EEUU, Donald Trump, y el candidato demócrata, Joe Biden, durante su primer debate electoral en Cleveland (Ohio, EEUU). REUTERS/Brian Snyder

En prácticamente una semana tendrán lugar las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Durante años, este enunciado no nos hubiera alterado en exceso, tal era el nivel de enfermiza proximidad de los candidatos demócratas y republicanos en liza. De hecho una parte de la Ciencia Política se afanó en intentar justificar los bajos índices de participación en esas elecciones (por debajo del 50%) como una evidencia de la aquiescencia y satisfacción del electorado estadounidense con su sistema político.

La victoria de Reagan cambió el terreno de juego y comenzó a hacerse evidente que algo profundo se estaba produciendo en los sistemas políticos democráticos que afectaba, no solo, al consenso en las principales políticas públicas sino al modelo social y político mismo.

Vistos los debates entre Trump y Biden en esta campaña y habiendo hecho un cierto seguimiento de la misma, no podemos, por menos, que tener la certeza de que el neoliberalismo abrió una grieta de impugnación del modelo democrático que supone una amenaza real sobre el conjunto de nuestras libertades, entre otras consecuencias. La idea de que "el estado es el problema" escondía, aun cuando no se enunciase, la afirmación de que la democracia misma era un problema.

Después de la victoria de Trump en 2016, una buena parte de los comentaristas confiaron en que protocolos y oropeles de la presidencia del país más importante de la tierra, sumado a un sistema institucional con importante equilibrios internos, ayudaría a atemperar la condición inflamable del, entonces, nuevo inquilino de la Casa Blanca. Pero Trump ha demostrado que su liderazgo expresa una modificación profunda del debate en el espacio público y la emergencia de demandas y reivindicaciones que han venido para quedarse.

Hay varias muy notables: la profundización de la división entre "ellos" (la elite, los profesionales de la política etc) y "nosotros" (el pueblo); la negación versus desprecio de cualquier mediación que se interponga a la voluntad de un liderazgo que representaría la genuina voluntad popular; la construcción de un consenso social alrededor de los viejos valores patriarcales donde el control sobre el cuerpo de la mujer cobra un papel determinante; una nueva vida a la geopolítica y la impugnación de la multilateralidad en nombre de genuinos intereses nacionales; y un proyecto económico al servicio de las clases dominantes pero que ha recuperado la voracidad expansiva del capitalismo para ofrecer empleo y, con ello, el señuelo de una vida "como la de antes" (make America great again, aunque sea por un rato).

El cambio climático y sus amenazas fueron un primer elemento divisorio en esta nueva reconfiguración política. No solo se negaban las evidencias respecto al impacto de los ecosistemas humanos en la vida en la tierra y su sostenibilidad, también se negaban los procesos y mecanismos que permitían construir consensos alrededor de enunciados científicos. No era necesario, sin embargo, aportar ninguna "prueba" en contrario, bastaba negarlo todo  aludir a una conspiración global para desacreditar la idea del cambio climático.

Y del dicho al hecho: en el espacio de cuatro años de presidencia Trump más de un centenar de disposiciones de control medioambiental han sido eliminadas o minimizadas. Medidas que han afectado a la reducción de las emisiones de CO2 de las centrales eléctricas; el retroceso sobre las normas de emisión de los vehículos; la minimización de las disposiciones sobre escapes de metano en refinerías y extracciones de gas; sobre los HFC refrigerantes y climatizadores y un increíble largo etcétera. El Centro de Investigación Rhodium ha calculado que estos retrocesos significarán el envío a la atmósfera de aquí a 2035 de 1,8 gigatones de CO2, es decir un tercio de la emisiones de EE.UU en 2019. Para 2035, si no hay cambios, las emisiones de EE.UU. serán un 3% mas elevadas de lo que lo hubieran sido sin la política de Trump. Con razón el antiguo Director de la Agencia de Protección del Medioambiente de Estados Unidos bajo la presidencia de Bush declaró en la revista Nature que "jamás había asistido a una guerra de estas dimensiones orquestada contra el medioambiente y la ciencia".

La crisis del coronavirus ha obrado como un carrefour de opciones donde, no era descartable la de un reagrupamiento de fuerzas alrededor de un desafío de enormes dimensiones. Lejos de eso, la presidencia de Trump ha profundizado en todas las señas de identidad de su gestión en estos últimos cuatro años: la minimización o negación del problema; el no reconocimiento del valor de la opinión de los científicos; el desafío a las exigencias del estado que él mismo representa; el cuestionamiento criminalizador de la gestión de los gobernadores contrarios a sus recomendaciones etc.

El penúltimo episodio de esta alucinante deriva de Trump es las descalificacione recientemente vertidas sobre una de las pocas personas que se han convertido, por su discreción y currículo, en referencia en la lucha contra la pandemia, Anthony Fauci,  Director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas, al que Trump llamó llamó incompetente e idiota esta pasada semana. No obstante las brutales cifras en Estados Unidos (casi 9 millones de infectados y 225 mil muertos) y su caótica gestión, no es evidente que sea el tema que mayor desgaste está produciendo en las expectativas electorales de Trump

Por último, la gestión de la violencia racista por parte de la policía en Estados Unidos se ha convertido en otro elemento de división y confrontación decisivo. El Presidente Trump ha defendido abiertamente a los supremacistas blancos y ha acusado a los demócratas de ser los responsables de la inseguridad y la violencia en los estados en los que ha habido protestas y movilizaciones contra la violencia policial. Su compromiso militante con la causa del "orden" llegó al punto de negar cualquier palabra de condolencia a la familia de Jakob Blake en Kenosha (Wisconsin) en la visita que Trump cursó a ese estado después los incidentes que se produjeron por los siete disparos recibidos por este hombre negro delante de sus tres hijos.

Un elemento decisivo en la estrategia de perpetuar el actual statu quo es el control del poder judicial, especialmente en sus instancias decisivas. Esa es la situación de facto que Trump ha creado durante su mandato. Si se confirma la elección por parte del senado de la nueva jueza de la Corte Suprema, Amy Coney Barrett, el desequilibrio entre ultraconservadores y progresistas será determinante para cosas como la misma elección presidencial, donde el presidente Trump se ha dedicado a desacreditar e impugnar la validez del voto por correo. De hecho, pese a las preguntas que se le han formulado en esa dirección, no se ha comprometido abiertamente a aceptar el resultado de las urnas en el caso de salir derrotado lo que parece difícil de creer hablando de Estados Unidos. Esta estrategia de control del poder judicial es algo común a todas las derechas y nos advierte de presentes y futuros riesgos de bloqueo frente a cualquier política pública de signo progresista que pueda impulsarse.

Y, sin embargo, a pesar de lo que pudiera parecernos, la victoria de Trump es posible. Obviamente, no hay una sola razón que ayude a explicarlo, pero es importante atender a esa capacidad que está teniendo la extrema derecha de representar el descontento y la furia contra una situación en la que se dan la mano el deterioro de las expectativas de vida para una amplia mayoría al mismo tiempo que una pérdida de capacidad para hacer inteligible la vida. Esa desorientación cognitiva y emocional y en un contexto de enormes turbulencias económicas, sociales y ecológicas es un campo abonado para esta política que ofrece un "espacio de sentido" respecto a como interpretar lo que ocurre y el papel que podemos ocupar, al tiempo que propone apretar el acelerador de un modelo  económico devastador y sin futuro. Pero no veo ninguna razón para que no podamos imaginarnos una distopia autoritaria y violenta alrededor de personajes como Trump u Orban.

En este contexto Biden está lejos de ser un socialista, tal y como Trump lo presenta repetidamente. Ni siquiera ese enunciado tiene mucho sentido en Estados Unidos por más que liberal pueda asociarse remotamente a algún tipo de socialismo "de baja intensidad". Siendo así no estamos ante una confrontación entre dos modelos de sistema, pero sí estamos ante la confrontación entre dos alternativas. Nunca fui partidario de la idea de que daba igual qué personaje de la clase dominante nos gobernara. A los y las de abajo eso nunca nos ha resultado indiferente porque no todos representan lo mismo ni hacen las mismas cosas. Y este es uno de esos casos. Biden es un personaje de la vieja política estadounidense pero su victoria, en la medida en que el propio Trump la ha presentado en términos definitorios, ayudaría a poner un límite a la connivencia y apoyo de Estados Unidos al crecimiento de este tipo de experiencias, particularmente en Europa. Y podría abrir la posibilidad de recuperar espacios de multilateralidad imprescindibles como en el caso de la lucha contra el cambio climático, contra esta y las próximas pandemias o por impulsar los objetivos del Milenio en la lucha contra la pobreza.

No hay mucho que podamos hacer desde aquí, más allá de confiar en que la sensatez abra la puerta a una nueva situación en Estados Unidos, pero sí podemos compartir que estamos en una situación inédita que requiere una aproximación matizada, astuta e inclusiva frente a los desafíos de esta nueva alianza entre neoliberales y neoconservadores. No todos son iguales y, si, hay algunos más iguales que otros.

De paso, el humo nos advierte también de cuales deberían ser nuestras urgencias para los próximos años en un nosotros/as que debe pensarse amplio y plural: el feminimo y la defensa de una sociedad abierta, tolerante y plural; el medioambiente como una promesa de presente y futuro para la mayoría del planeta; la democracia como un modelo político con capacidad para integrar diferentes demandas y modelos sociales; el cordón sanitario y la confrontación institucional frente a los intentos de criminalizar la diferencia y negar la barbarie, el fascismo o el genocidio; un nuevo modelo de equilibrio de poderes donde la reforma del sistema judicial se coloque en el centro de la agenda política.

No depende de nosotros, pero lo que ocurra el próximo 3 de noviembre en Estados Unidos marcará un antes y un después en nuestras luchas en los próximos decenios.