¿Tendrá futuro la UE?

Las armas las carga el diablo y las disparan los idiotas

Tanques ucranianos pasan instrucción.- Sergey Kozlov/EFE

Aunque parezca mentira este viejo aforismo era un clásico del antiguo servicio militar en nuestro país. Con el tiempo he llegado a pensar que los viejos mandos militares del tardofranquismo, henchidos de orgullo patrio y guerrero, no eran muy conscientes de las consecuencias antibelicistas de un axioma tan perturbador.

Que las armas las disparan los idiotas es un hecho de sobra conocido y ampliando el campo de aplicación de la frase diríamos algo similar de la inmensa mayoría de las guerras. En su libro, Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914, Christopher Clark nos ofrece una extraordinaria narración de cómo la acumulación de malentendidos, ignorancia, falta de información, cuestiones personales sin aparente relación con el conflicto, los gestos involuntarios, etc., terminaron por producir una conflagración global que terminó con 20 millones de muertos y un continente devastado económica, social y moralmente hablando. No es que no hubiera intereses "objetivos" y demás, pero si hubiera sido por estos intereses, lo más racional y eficiente hubiera sido una negociación y no una guerra total. Como repetidamente repite Jabba the Hutt en Star Wars, "la sangre es mala para los negocios".

La moraleja de este primer elemento es que las guerras son, en su mayor parte, evitables pero que la lógica de determinados acontecimientos puede llegar a consecuencias no necesariamente buscadas en inicio. Así es que conviene ser muy cauto con las dinámicas que se abren en las confrontaciones internacionales no vaya a ser que, inadvertidamente, acabemos todas empantanadas en un conflicto no deseado.

En segundo lugar, ya no hay "conflictos ideológicamente limpios", es decir, disputas donde, dependiendo de nuestro posicionamiento político podamos preestablecer quienes podrían ser los buenos y los malos. La bipolaridad tenía la enorme ventaja de la simplicidad, la multipolaridad y el fin de la política de bloques ha convertido el mundo en un galimatías. No es que lo echemos de menos pero hemos de reconocer que hacía el mundo más fácil de interpretar.

Considerando todo esto, sorprende el aturdidor ruido de botas y sables que se está produciendo en relación con las supuestas pretensiones rusas de invadir Ucrania.

La voz de alarma sobre un "cambio" en la situación la han dado, casi al alimón, Estados Unidos y el Reino Unido. Advirtiendo, ambos, de una escalada bélica promovida por Rusia que estaría preparando una "Guerra relámpago" contra Ucrania y/o la instauración de un gobierno títere bajo las órdenes de Moscú. Este último elemento fue aportado por el Foreign Office el pasado 24 de enero sin ninguna prueba que lo demostrara. Al mejor estilo de las famosas armas químicas en Irak. Quizá no estaría demás recordar los apuros judiciales y políticos por los que pasa Boris Johnson, en este momento, como primer ministro británico. Y todo porque se han hecho públicos los fiestones que se pegaban él y su gabinete durante la pandemia mientras exigían a la población confinamiento y precaución.

Sea como fuere, con los datos públicamente conocidos, no es fácil determinar el porqué de tanto alboroto. No ha habido una modificación sustancial de la correlación de fuerzas militares en la zona en los últimos meses. Las maniobras militares que realizó Rusia con Bielorrusia y la concentración de tropas en la zona datan noviembre, pero en la frontera con Ucrania las tropas rusas se mantienen lejos de la frontera y no hay movimientos que indiquen una concentración militar suficiente orientada a una invasión militar. Ucrania no es Crimea, y las posibilidades de forzar y mantener un gobierno leal a Rusia en Ucrania por la fuerzas de las armas es cercano a 0 y Occidente lo sabe.

Encima de la mesa están los acuerdos Minsk II de 2015 impulsados por el cuarteto de Normandia: Alemania, Francia, Ucrania y Rusia.  Los incumplimientos del Acuerdo afectan a las dos partes y ponen de manifiesto que no se ha creado el clima de confianza imprescindible para una solución sostenible a la situación. Entre los incumplimientos, según la OSCE:  el cambio constitucional en Ucrania que reconozca la autonomía de los territorios de Donbask y Luhanks; la suspensión de las elecciones locales en estos territorios por parte del gobierno de Ucrania o la presencia de armas pesadas y grupos paramilitares prorusos en la zona.

Por último, no parece muy razonable pensar que Rusia se conformará con un respetuoso silencio ante la posibilidad de que Ucrania ingrese en la OTAN. No tomar en cuenta los intereses de la otra parte y someter los litigios a estrategias de tensión incremental, con armas de por medio, es lo que conduce, inevitablemente, a que los idiotas se adueñen de los gatillos.

Entre los muchos intereses y desafíos encima del tablero está el papel de la UE en esta situación. Y no deberíamos dejar de considerar el hecho de que la escalada se produce en el momento en que Francia toma la Presidencia de la Unión. Macron es un activo partidario de la negociación con Rusia, no lo olvidemos. También que la perspectiva internacional de resolución del conflicto tenía una dimensión eminentemente europea y excluía tanto a Estados Unidos como, ahora, a otro país fuera de la UE, el Reino Unido.

Pero esta es una situación muy poco favorable para la UE, incapaz de jugar en el terreno de la amenaza militar. Suponiendo que la UE tuviera una posición compartida sobre el asunto. Hasta ahora, el principal activo de la situación ha sido mantenerse relativamente unida alrededor de los Cinco Principios Rectores de la política de la UE hacia Rusia que combina un régimen de sanciones selectiva con una perspectiva de acuerdo y colaboración. El régimen de sanciones no afecta , en términos económicos, a las dos partes de la misma manera. Según datos de la Comisión Europea, para la UE el impacto de las sanciones es del 0,5% de su PIB, mientras para Rusia este dato llega a ser del 1,5% de su PIB. A pesar de sus nulos efectos políticos, la UE se encuentra ahora atrapada en una situación de difícil salida: con países fervientemente partidarios de las sanciones (Polonia y los países Bálticos) y otros partidarios de su fin o de su relajamiento (Hungría, Eslovaquia, República Checa (hasta las últimas elecciones)). Por otra parte, una retirada unilateral de las sanciones puede ser interpretada, en la jerga del poder internacional, como una "debilidad" que un actor sin músculo militar, como la UE, no "puede permitirse". Por último, el régimen de sanciones ha tenido efectos claramente contraproducentes para la UE. Por ejemplo, la sustitución por parte de Rusia de importaciones, inicialmente, provenientes de la UE por otros países, como ejemplo: Marruecos, Turquía o Israel.

El conflicto en Ucrania no es ninguna broma. Hasta ahora se han producido más de 13 mil muertes; hay más de 30 mil personas heridas; 1,4 millones de personas desplazadas y al menos 3,4 millones necesitan ayuda humanitaria. La destrucción económica, de infraestructuras y el daño moral y social es enorme.

Si la clave es, entonces, preservar la paz y crear un clima de confianza para revertir la situación, esto no se puede hacer sin tener en consideración los legítimos intereses de las varias partes y esto incluye a los gobiernos de Rusia y Ucrania, pero también a la UE como conjunto, que necesita hacerse mayor y determinar cuales son sus reales intereses en relación con Rusia. A todas luces, por razones económicas, de seguridad energética, de proximidad histórica y cultural, los intereses de la UE están colocados en una relación pacífica y productiva con Rusia. La idea, defendida por algunas elites políticas y académicas, según la cual el régimen de sanciones debe producir un cambio en el régimen político ruso, no solo está fuera del derecho internacional, sino que en el caso europeo se convierte en un auténtico y desproporcionado disparate.

Cómo lo accesorio, o aparentemente accesorio, tiene también su relevancia en esta materia, la celebración de los juegos olímpicos de invierno en China del 4 al 20 de febrero otorgan un periodo de tiempo en el que, previsiblemente, no ocurrirá nada. Al menos, no ocurrirá nada impulsado desde el lado ruso. Veremos desde otros lados.

Tenemos que descubrir cómo quitarle de una vez las armas a los idiotas y esto incluye a la pléyade de comentaristas que braman por una escalada bélica sin advertir, irresponsablemente, de las consecuencias completamente imprevisibles de un conflicto en Ucrania.