¿Tendrá futuro la UE?

Lo que no es la OTAN pero también es importante

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von Der Leyen, y el Rey Felipe VI, después de su encuentro, en el Palacio de la Zarzuela, a 29 de junio de 2022, en Madrid (España)..- EUROPA PRESS

La Cumbre de la OTAN en Madrid ocupa una buena parte de nuestras preocupaciones y reflexiones, es normal. Inesperadamente, la masacre en la frontera de Melilla nos ha recordado las otras cosas que viven en nuestro mundo y que son el día a día de la vida y muerte de millones de personas. La, por decir algo amable, pésima gestión comunicacional del Presidente del Gobierno ha añadido estupefacción al dolor por las vidas humanas perdidas en condiciones tan horribles y nos ha escupido a la cara la dimensión política de los fenómenos sociales.

Otras cosas de menos impacto emocional y racional desaparecen, a veces, de nuestro radar y conviene hacerlas visibles para integrarlas en una perspectiva que complejice las situaciones y, ayude a hacerlas más comprensibles.

El pasado 23 de junio finalizó el Consejo Europeo que acordó la condición de países candidatos a Ucrania y Moldavia. La declaración final del Consejo ya advierte del largo camino que queda por delante para completar la incorporación y está sujeta al cumplimiento de las condiciones de Copenhague que se refieren a la calidad democrática de los países candidatos. Por otra parte, la propia declaración señala un elemento que, no por obvio, ayuda a contextualizar la decisión actual en un momento futuro: la necesidad de tomar en consideración la capacidad de la UE para integrar nuevos miembros.

Cuando el estruendo de la guerra haya cesado y se negocie un nuevo status geoestratégico de la UE con Rusia, los compromisos de adhesión se situarán en un nuevo escenario, hoy difícilmente previsible. Pero, probablemente, parte de las urgencias relacionadas con la invasión desaparezcan y el proceso de ampliación de la UE se someta a criterios político-económicos más estándar. Considerando las últimas ampliaciones vividas por la Unión (2004, 2007 y 2013) el período medio de acceso es de 10/12 años. No obstante, lo que la invasión Rusa de Ucrania ha hecho, contra pronóstico, ha sido redimensionar la condición geoestratégica de la ampliación de la UE y la capacidad de este proceso para fortalecer la condición de actor internacional de la Unión, entre otros elementos.

En relación con esta necesidad de proyección de la UE, conviene considerar tres cuestiones diferentes. En primer lugar, la propuesta que el Consejo lanza de crear una "Comunidad Política Europea", una propuesta planteada inicialmente por Macron el pasado 9 de mayo (que recupera la idea de una Confederación Europea de Miterrand) y que invierte el orden de preferencias en el proceso de adhesión de los países candidatos. A partir de este momento, los países europeos que lo deseen podrán formar parte de una estructura de consulta y debate que les permitirá participar informalmente en las cumbres oficiales de la UE (cuatro al año); formar parte de los partidos políticos europeos y, de este modo, acceder a los trabajos y actividades del Parlamento Europeo. Se podrán buscar otras fórmulas de geometría variable que favorezcan la participación en la dinámica institucional de la UE. Y el objetivo es claro y es doble: "densificar" la trama de influencia de la UE en su espacio geopolítico natural y permitir una vía de anclaje a los países candidatos, o no candidatos, que les permita, de algún modo, participar en las decisiones de la UE.

En segundo lugar, la respuesta de la UE a la invasión de Ucrania por parte de Rusia ha sido sorprendentemente rápida, decidida y, sobre todo, unida. Lo más sorprendente, en realidad, es que los procesos vividos y sufridos por la Unión en los últimos años lejos de haber debilitado la perspectiva de la integración la han fortalecido a niveles insospechados. El Brexit fue un primer ejemplo de esta inesperada resiliencia. Pero sin duda lo más notable ha ocurrido en la gestión de la pandemia. El cambio en las reglas económicas de los Tratados, incluido por supuesto el endeudamiento de la UE para hacer frente al programa Next Generation es, simplemente, espectacular. Naturalmente, se podrá argumentar, y con razón, que es insuficiente y excesivamente condicionado. Todo eso es cierto, pero no lo es menos que incorpora una nueva perspectiva que ha pasado a ser "la nueva normalidad" en este escenario de turbulencias y cambios.

El otro aspecto, no menos considerable, es el de la afirmación de la UE como actor estratégico global. Un actor al que acompañe el hard power además del poder indirecto, flexible y seductor de su proyecto económico y político. Un riesgo inicial, considerado por algunos analistas como una evidencia, podría haber sido la "otanización" de la UE. Una salida desesperada para asegurarse la protección del primo de zumosol de siempre a la que conducirían, inexorablemente, la debilidad militar de la UE y su fragilidad política. Pero estos análisis no consideraban suficientemente otros aspectos no desdeñables: las experiencias de la guerra de Irak y de la Presidencia de Trump y la consolidación de una "perspectiva europea" en relación con los intereses geoestratégicos globales.

Las decisiones que la UE ha tomado en este período lo han hecho al ritmo de las necesidades y capacidad de consenso de la propia UE, poniendo precisamente en primer plano, la búsqueda del acuerdo al interior de la UE y promoviendo una respuesta unitaria y global que no era evidente al comienzo del conflicto. La política de sanciones, más allá del debate sobre su alcance, pertinencia y legitimidad en algunos casos, es un ejemplo de esta capacidad imprevista de acuerdo.

A esto acompaña el estado de la opinión pública en relación con la respuesta de la UE. Según el último eurobarómetro (EB 97.3) el 81% de los europeos están a favor de una política de defensa y de seguridad común. Y un 60% considera que la defensa de la democracia y la libertad es más importante que el mantenimiento de los precios. El 65% de los encuestados considera que la pertenencia de su país a la UE es una buena cosa. La aceptación de la UE está en niveles de 2007, es decir antes de la crisis del euro. Ninguno de estos datos es un argumento incontestable, claro está, pero en los próximos años nos veremos confrontados a la necesidad de debatir acerca de cómo defender una perspectiva europea en el ámbito global. Y eso implicará discusiones acerca de los límites en la capacidad de un ejército europeo, de sus modalidades operativas y armamento, de su proyección internacional y etc. Pero en las actuales circunstancias -las que seguirán siendo vigentes en los próximos años- la defensa de una autonomía estratégica de Europa, pasa por integrar sus consecuencias en términos político-militares.

Por último, el Consejo de la UE debía tomar en consideración el Informe final resultado del año de deliberación de la Conferencia sobre el Futuro de Europa. En este punto, el Consejo se desentiende en 3 escuetos párrafos y no adquiere ningún compromiso más allá de pedir a las otras instituciones que examinen con "prontitud la forma de dar un seguimiento eficaz a dicho Informe, cada uno dentro de su ámbito de competencia y de conformidad con los tratados". Este lenguaje de madera quiere decir que el límite que el propio Consejo puso a los trabajos de la Conferencia, excluir las propuestas que impliquen modificación de los tratados, dejará fuera una buena cantidad de iniciativas e ideas de trabajo. Sin embargo, el ejercicio de escucha -con todas sus limitaciones- ha sido una sugerente experiencia que ha puesto de manifiesto el gap, cada día más insostenible, entre la demanda ciudadana de un proceso de integración más democrático, social e inclusivo y una práctica institucional,  incomprensible, irresponsable políticamente y con importantes déficits de legitimidad.

Tal y como Maquiavelo, Montesquieu o Rousseau defendieron, este es un momento en el que la Libertad de la República es condición para la Libertad en la República. No es posible seguir separando la dinámica exterior y la interior en todos los órdenes significativos para la vida de una comunidad política. Es, por eso, un momento óptimo para articular programas, políticas y organización de modo que se pueda crear una referencia de lo que la UE debe ser y que supere el agotado modelo elitista que se abrió con el Tratado de Roma y que arrincone la construcción neoliberal tras el tratado de Maastricht. En cualquiera de las hipótesis, la dimensión exterior implicará propuestas sobre cuestiones harto incómodas para nuestra tradición pacífica y democrática en la que la cuestión clave será responder a la pregunta de si apostamos o no por la autonomía estratégica de la UE.