Opinion · Sobre el tapete

La vida de Brian y el cuento de la lechera

Tres momentos memorables de La vida de Brian, la brillante comedia de los Monty Python, que vienen al caso.

Un miembro del Frente Popular de Judea exclama: «A los únicos que odiamos más aún que al pueblo romano es a los cabrones del Frente del Pueblo Judaico. ¡Disidentes!»

Cuando Brian intenta cumplir la misión que le han encomendado de secuestrar a la hija del gobernador romano, se encuentra con un grupo rival que tiene el mismo objetivo. Brian intenta convencerles de que deben trabajar juntos, pero las dos partes pelean y todo acaba en un absurdo fracaso.

Brian es condenado a morir crucificado por Poncio Pilatos. Después de varios intentos fallidos para liberarle, llega un comando suicida, se supone que para salvarlo. Pero, pudiendo hacerlo, sus miembros se suicidan con sus propias espadas.

Y ahora, los «romanos«, encantados.

Un caso único

No creo que en la historia contemporánea mundial haya habido una fuerza política de naturaleza asamblearia con tanto éxito y poder condicionante como el de la CUP durante estos últimos meses; exceptuando quizá los soviets de 1917 y salvando muchas distancias. Concretamente, puede presumir de haber logrado tener en sus manos la agenda social más avanzada e izquierdista dispuesta para ser aplicada por un gobierno (de Mas con CDC y ERC) en la Europa del siglo XXI dominada por la austeridad impuesta desde Bruselas y Berlín. Categoría de excepcional merece la Declaración de Desconexión obtenida por la presión de la CUP en el Parlamento catalán después de las elecciones del 27-S con un redactado insólito para la UE. Y es extraordinario haber impedido con sus 10 diputados la investidura del candidato de la formación independentista mayoritaria, que cuenta con 62 escaños, aliándose implícita y materialmente con quienes se oponen radicalmente al proceso constituyente de la república catalana.

Y, puestos a escribir un episodio de máxima singularidad, la CUP parece dispuesta a una nueva convocatoria electoral en la que no tiene asegurado nada, renunciando a la única ruptura constituyente, independentista y republicana imaginable durante varios siglos y a un programa de gobierno con objetivos sociales y económicos radicalmente ambiciosos destinados a los más desfavorecidos y con necesidades urgentes, a fin de cuentas su deseado target político. Cuando sobre el papel diríase que habían conseguido objetivos más que suficientes, renuncian porque no han obtenido la cabeza de Mas. ¿Acaso no está en su ADN  que lo importante son los programas y la acción política y no las personas?

Los más fervientes enemigos del «procés» coinciden con los cuperos del No a Mas, para exaltar su coherencia con los discursos de la campaña electoral. Solo una pega. En su programa electoral no hay nada del veto a Mas. En él hay dardos contra CDC y ERC (por la cuestión social), pero también contra Catalunya Sí que es Pot (por la cuestión nacional); pero en ningún lugar se menciona el veto a Artur Mas para llegar a acuerdos de gobierno. Antes al contrario, todo el programa electoral insiste de forma explícita e inequívoca en que cualquier transformación de fondo de la estructura social, política y económica pasa por la creación unilateral de la republica catalana, «sin depender de otros procesos constituyentes que pudieran emprenderse eventualmente en el Estado español».

¿Ha prevalecido el ultraizquierdismo dentro de la CUP o ha sido un castigo a Mas merecido por la corrupción, los recortes aplicados por su gobierno y por no apartarse ahora en un momento trascendental para el país? ¿O, como ya dicen algunos observadores, han sido los topos del CNI los que se han encargado de utilizar el odio (de clase) a Mas como palanca para obtener democráticamente la pieza más codiciada del tablero independentista catalán y debilitar al independentismo?

De todos modos, parece que querían la cabeza de Mas a cualquier precio y saltar la banca. No se han conformado con menos. Y en la última curva la CUP se ha partido por la mitad. Esto es lo que hay. Un caso único.

El cuento de la lechera.

La CUP ha impuesto el veto a Artur Mas y ha renunciado al acuerdo propuesto por Junts pel Sí para abordar la siguiente fase después del 27-S, la que debería ser constituyente y que permitiría desplegar una acción de gobierno muy social y rupturista. Salvo sorpresa muy sorprendente y de última hora, Catalunya volverá a las urnas, con resultados inciertos. Todavía no se conocen suficientes encuestas fiables para construir pronósticos actualizados. Habrá que ver cómo digiere el electorado lo ocurrido durante los tres últimos meses y las lecturas que prevalecen. Pero nada impide alguna reflexión sobre los posibles resultados.

El carácter asambleario de la CUP implica, al menos, dos niveles sucesivos de creación de síntesis política. Al presentarse en unas elecciones con un programa y un discurso políticos todos los que participan están proponiendo una síntesis política de primer nivel. Ahí se quedan, salvo la CUP, los restantes partidos; pero todos, incluida la CUP, cuando piden el voto  dejan fijadas las líneas generales que deberían marcar su acción política para gobernar, quedar  en la oposición o para llegar a acuerdos de algún género.

En las democracias consolidadas pocos se rasgan las vestiduras si, para alcanzar acuerdos con otras fuerzas políticas que hagan posible la acción de gobierno, se cede en algo y en parecida medida a las concesiones que tienen que hacer los otros, los adversarios. Cuanto más proporcional, representativo y plural es un sistema electoral, más necesario es acudir a la negociación y al acuerdo, porque es difícil imponer una sola síntesis política para que se transforme en una única voluntad política de gobierno. Conviene tener en cuenta que en Catalunya el sistema es bastante proporcional y plural. En estas condiciones, hay «coherencias» que llevadas al límite no pueden ser valoradas como un bien absoluto.

A la hora de la verdad, el asambleísmo de la CUP ha obligado a utilizar otro nivel de creación de síntesis política en sus negociaciones con Junts pel Sí para investir al nuevo president de la Generalitat y definir un programa de gobierno. El primer nivel de síntesis de la CUP (el programa electoral respaldado por sus votantes) no ha sido suficiente y han tenido que acudir a las bases para crear una nueva síntesis política y resolver el problema planteado, convertido y reducido sobre todo a un respaldo o un veto al candidato del mayoritario Junts pel Sí. Cabe la duda de si sus electores coinciden o no con la decisión tomada finalmente por la CUP, y si hay división, qué proporción corresponde a unos y otros. Dicho de otro modo, el segundo nivel de síntesis (el de los militantes) puede haber entrado en flagrante contradicción con el primero (el de los electores que les han aupado al Parlamento). En cualquier caso, el resultado debe haber sido muy desconcertante para muchos de ellos al recordar el abrazo de David Fernández con Artur Mas a propósito del 9-N de 2014.

Dicen algunos, que entienden de los entresijos de la CUP, que los que han vetado la investidura de Artur Mas defienden una estrategia para las próximas elecciones consistente en desplazar el actual centro de gravedad del independentismo desde el centro derecha representado por Convergència Democràtica de Catalunya auxiliado por ERC, a una alianza de izquierdas protagonizada por En Comú Podem (la marca regional de Podemos), Esquerra Republicana y la propia CUP. Una alianza en la que todos se comprometerían con la causa nacional catalana y la ruptura unilateral con el Estado gracias a una amplia base social con valores y objetivos anticapitalistas. Parece el cuento de la lechera. Y por varias razones.

En primer lugar, Podemos no entrará en ningún proyecto gubernamental que tenga como objetivo la independencia de Catalunya y menos mediante una iniciativa unilateral (porque arruinaría su proyecto estatal), y ERC no lo hará en un gobierno que no tenga precisamente este objetivo  (porque liquidaría al partido, que por otro lado no predica el anticapitalismo). En segundo lugar, la triple alianza que proponen los de la CUP «anticapitalista» no tiene prácticamente ninguna probabilidad de obtener mayoría absoluta en unas nuevas elecciones, entre otras cosas porque la CUP «independentista» no va a compartir esta estrategia ni la misma plataforma electoral. Por su parte, los «anticapitalistas» corren el riesgo de ser devorados en buena parte por Podemos y regresar a la marginalidad política. Tiempo al tiempo, porque es una cuestión de aritmética electoral.

El otro escenario que quizá esperan los anticapitalistas de la CUP supondría acumular más poder electoral y político participando de una hegemonía independentista renovada en marzo, pero ahora bajo la dirección de ERC lograda a costa de una CDC (o su nueva marca) en retroceso. Otro cuento de la lechera. Si la CUP no se rompe perderá votos por el flanco independentista, que no perdonará el descarrilamiento en la última curva. El bloque independentista solo puede perder cuatro de los 72 escaños que ahora tiene en el Parlament;  unos 100.000 votos si se mantiene la misma tasa de participación de septiembre. Dividida la CUP en dos sectores, pueden quedarse ambos fuera de juego, salvo que busquen cobijo en alguna candidatura unitaria y afín. Pero, en el hipotético caso de que se repita una mayoría absoluta independentista gracias a la CUP y cualquiera que sea el peso relativo del partido de Artur Mas, quienes ocupan el espacio del  centro derecha han aprendido la lección y no firmaran ningún cheque que mejore lo que la CUP ha menospreciado.