Sobre el tapete

Los hechiceros en el pentágono catalán

Cuando despertó, la cuestión catalana todavía estaba allí

Nos adentramos, cautelosamente y con los conjuros defensivos apropiados, en el territorio de los hechiceros, los que controlan el tercer lado del pentágono catalán. Como el diccionario de la RAE se queda corto cuando define al hechicero ("que por su hermosura, gracias o buenas prendas atrae y cautiva la voluntad y cariño de las gentes"), hay que ir a la Wikipedia para columbrar algo más al descubrir que atribuye al hechicero "la capacidad de modificar la realidad o la percepción colectiva de ésta de maneras que no responden a una lógica causal".Ya es otra cosa.

"La palabra nos hace", decía Sánchez Ferlosio en una entrevista reciente. Con palabras, ritos y tradiciones, los hechiceros trabajan. Siempre serán mejores que los garrotazos, desde luego; pero no bastan. Con la dialéctica de los puños y las pistolas y sus variantes condenadas a quedarse en el siglo XX, la 'palabra' (alfa y omega de la democracia europea del siglo XXI) es condición necesaria, pero no suficiente. Si la 'palabra' no es capaz de construir la relación "diálogo, negociación y acuerdo", se queda en palabrería, recurso de hechiceros y trampa para incautos. Porque, además, el acuerdo exige un diagnóstico acertado y compartido en lo fundamental y unas reglas aceptadas. De otro modo, el diálogo es baldío y solo puede parir soluciones precarias y parches condenados a la provisionalidad más frustrante. Esta es la opción de los hechiceros. No servirá.

La historia de la cuestión catalana demuestra un encadenamiento de falsas soluciones, siempre administradas con más o menos dosis de palo y tente tieso. Y a tirar unos cuantos  años más. Como cuestión española que es, ahora mismo está condicionando la formación del gobierno central y la eventual reforma constitucional. Y cierto es que, parafraseando a Augusto Monterroso, "cuando despertó, la cuestión catalana todavía estaba allí"... Tal vez ha llegado la hora de hacer las cosas de otra manera y dejar la magia para el mundo del espectáculo y los hechizos para los juegos de rol.

Dos interpretaciones opuestas de España

La España uninacional frente a la España plurinacional. La primera interpretación se nutre de dos pilares básicos. Por una parte, la unidad indisoluble de la nación española tal como se recoge en la Constitución del 78. Por otra, la igualdad de todos los españoles, principio también constitucionalizado, pero que queda afectado por el hasta dónde alcanza España y el quién son los españoles a la hora de la verdad. En estos tiempos en los que algunos denuncian el relativismo moral que nos invade y, a propósito de este 'mantra' de la igualdad de todos los españoles que tanto argumento da contra los soberanismos periféricos, cabría preguntarse en qué son iguales la familia Botín, por poner un ejemplo elemental, con los centenares de miles de familias en las que ninguno de sus miembros tiene trabajo. O dónde está la igualdad entre las 20 personas más ricas de España y el 30% de la población española más pobre. Pero esta desigualdad debe ser un asunto menor... porque los guardianes de las esencias patrias aman mucho los intangibles, mientras les importa un pepino que unos sí tengan derecho a calefacción y otros no lo tengan ni a una estufa. Puestos a hacer, habría que hablar de la igualdad de todas las personas; sin fronteras. Pero es que la igualdad bien entendida empieza por uno mismo... ¿O no es así?

A fin de cuentas, de lo que se trata de verdad es que España sea la única Nación y que el español sea el único pueblo soberano, el cual, mayoritariamente de matriz castellana, asegurará con mucha democracia el buen orden en las díscolas periferias de matriz no castellana. Su correlato es el "seréis españoles, por las buenas o por las malas", eslogan silencioso y compartido con entusiasmo desde la ultraderecha hasta distinguidos próceres del PSOE, aún cuando las primeras medicinas que proponen dar al paciente puedan ser distintas.

Son ilustrativas y sugerentes las palabras de Rafael Simancas, dirigente del PSOE madrileño, en su intervención en La Sexta el sábado 26 de diciembre cuando explicaba que su partido no pactaría con nadie que defienda el derecho a decidir porque romperían España: tras Catalunya vendrían "Galicia, Euskadi, Navarra...". Se hace evidente que Simancas, como seguramente otros muchos en el PSOE, está convencido de que los ciudadanos de dichas comunidades, de poder decidir libre y democráticamente, votarían por su independencia. Después de unos, irían desfilando los otros. Parecería que hay más gente esperando para salir que con ganas de quedarse. Seguramente, las declaraciones de un alma gemela del anterior, Magdalena Álvarez (una política posiblemente muy bien criada de acuerdo con los criterios de Alfonso Guerra, exministra de Fomento con Rodríguez Zapatero y, entre otras cosas, imputada por el escándalo de los ERE), preguntándose retóricamente qué cosas importantes se podían decir en catalán, ayudaron lo suyo para aumentar el deseo de coger las de Villadiego.

Dirige los dardos en idéntica dirección, y sirva como botón de muestra de una sensibilidad política muy extendida, otro socialista, Antoni Zabalza, catalán de Linyola y que fue Secretario de Estado de Hacienda. Así razona en El País del 18 de enero de este año: "Y si esta cuestión acabara prendiendo, no habría uno, sino varios referéndums de independencia y un proceso de inestabilidad de tal calibre que solo podría acabar con la desaparición de España...". No deja de argumentar su posición y deja dos frases-fuerza sobre la democracia para la posteridad: "La regla de la mayoría es un instrumento imperfecto para sintetizar la voluntad de la colectividad. Los populistas, conocedores de que en democracia no hay otra regla factible, utilizan esta debilidad a su favor para hacer ganador al proyecto social que propugnan". Por si el despliegue de razones a lo largo del artículo todavía no ha sido suficiente, añade: "Es necesario sacarse complejos de encima y reconocer explícitamente los límites de la democracia". Fenomenal. Con estas valoraciones se justifica cualquier barbaridad monumental. Lo ha dicho Zabalza y lo deben pensar una buena parte de los mandamases del PSOE; ya ven, aunque lo parezca, estas  palabras no son de Primo de Rivera, ni siquiera de Aznar... No sabe Zabalza (o no le importa) que Escocia tuvo su referéndum no hace demasiado ni que según los últimos cálculos de Micha Germán y Fernando Méndez (citados por Albert Branchadell en El País del 21 de enero de este año) son ya 600 los referéndums de soberanía celebrados en el mundo desde el primero registrado en 1791. Y el mundo sigue girando.

En consecuencia, estos demócratas sostienen que hay que aherrojar a los 'periféricos' (incluso, y en buena lógica, por su propio bien), imponiéndoles el preventivo yugo y haciendo suyos los argumentos y actitudes de la ultraderecha. España, antes roja que rota. ¿Qué importan aquí la democracia y los derechos universales? La democracia solo vale si es para gestionar la unidad de España. Debe mantenerse a España unida a cualquier precio y lo demás huelga. ¿Incluso al de ser una cárcel de pueblos 'desafectos'? Más de uno pensará que  España se merece algo mejor. Por el momento, tan sólo Podemos está proponiendo, pedagógicamente, una lectura alternativa a la concepción imperial de la patria española. Sin que se sepa hasta dónde están dispuestos a llegar. Estén atentos, continuará, porque esto no acaba aquí.

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