Opinion · Sobre el tapete

El Madrid de las primaveras ibéricas

Madrid es, desde hace casi 500 años, la sede del Leviatán hispánico. Pero Madrid es mucho más, es una gran ciudad, acogedora, fascinante en muchos aspectos, con gentes amables, alegres y con amigos muy queridos y entrañables, asuntos de los que puedo dar fe por mis muchos años de residencia en ella. De contrastes acusados, Madrid puede ser la valiente, luminosa y fraternal ciudad del “no pasaran”, pero también la mezquina, asfixiante, intransigente y oscura capital del franquismo y de sus herederos.

El sábado pasado, 16 de marzo, advirtiendo de la inminente llegada de la primavera, una manifestación “ibérica” con docenas de miles de personas atravesó el centro de la urbe, desde Atocha hasta la plaza de la Cibeles (lugar de celebración de los títulos futbolísticos del Real Madrid), pasando por la de Neptuno (el de los atléticos). Era un mar de banderas ibéricas, de Catalunya, Andalucía, Galicia, Euskadi, Castilla, de la II República Española… por la democracia y el derecho a decidir y contra el juicio a los líderes sociales y políticos del soberanismo catalán que el Leviatán está celebrando en el Tribunal Supremo. Y, por supuesto, no faltaron los madrileños preocupados por las libertades y los derechos democráticos. Tiempo atrás hubo también en Madrid otra primavera de los pueblos ibéricos.

Sucedió el 9 de mayo de 1976. Hace 43 años, el Recital de los Pueblos Ibéricos congregó a unas 60.000 personas de muy variadas tendencias democráticas y diversas procedencias territoriales en el campus de Cantoblanco de la Universidad Autónoma madrileña. El despliegue de las fuerzas y cuerpos de seguridad fue impresionante e inquietante. La guardia civil controlaba los accesos desplegada con caballos y jeeps, mientras centenares de grises de las brigadas especiales eran perfectamente visibles en las crestas de la hondanada donde se desarrollaba el acto y que se cerraba por detrás con los edificios de la Universidad. Para mantener alta la tensión no era imprescindible el helicóptero que sobrevolaba aquel recinto, que amenazaba ser una ratonera.

Hacía medio año que Franco había muerto, pero el franquismo seguía matando. Los reunidos aquel día de primavera madrileña empezaron guardando un minuto de silencio por los sucesos de Vitoria acaecidos un par de meses antes. La Matanza del 3 de marzo, como también son conocidos aquellos acontecimientos, fueron protagonizados por efectivos de la Compañía de Reserva de Miranda de Ebro y de la guarnición de Vitoria de la policía española (que entonces vestía de gris) al desalojar con gases lacrimógenos una iglesia donde se habían reunido 4.000 trabajadores en huelga y disparar con fuego real a quienes salían del recinto. Muy satisfechos, dejaron cinco muertos y ciento cincuenta heridos (¡ay, siempre la ley y el orden público!). Los audios policiales y la brutalidad deshumanizada que transmiten siguen siendo  estremecedores.

La iniciativa de una asociación de estudiantes contó con una amplia participación de cantantes hermanados en la reivindicación de las libertades y de las identidades de los pueblos ibéricos. Pese a que la (sorprendente) autorización había llegado 24 horas antes y que no se podía publicitar fuera de la Autónoma, los asistentes pudieron disfrutar de voces y canciones que las autoridades gubernativas (¡ay, siempre la ley!) censuraban sin desfallecer, como era el caso de  la madrileña Elisa Serna que no hacía mucho que había salido de la cárcel a la que entró por subversiva (¡ay, siempre la ley!).

Hubo cantantes del norte, del sur, del este, de Portugal y del centro: entre otros, Luis Pastor, Labordeta, Manuel Gerena, Raimon, Pablo Guerrero, Mikel Laboa, Fausto y Victoriano  (portugueses que cantaron “Grândola, vila morena”, la canción emblemática de la Revolución de los Claveles, que tanto emocionó  a todos los asistentes)… Las crónicas destacan que en aquel “Woodstock antifranquista” las banderas y pendones de los pueblos ibéricos (Euskadi, Galicia, Catalunya, Andalucía, Castilla comunera, sin faltar las del Frente Polisario…) ondearon desafiando a las autoridades competentes. Diego Galán en las páginas de la revista Triunfo  resumió lo vivido aquel día en relación a la cuestión territorial: “Un festival que había demostrado su voto colectivo en torno al tema de las nacionalidades y la represión sufrida por éstas”.

Cartel del Recital de los Pueblos Ibéricos.
Cartel del Recital de los Pueblos Ibéricos.

Entre los asistentes, las llamadas a la unidad fueron una constante durante toda la jornada evidenciando los objetivos compartidos contra el franquismo y sus fechorías. Se lanzaron globos con el mensaje “Pan, cultura y libertad”. Un mensaje tan subversivo que pocas semanas después (14 de agosto), intentando escribir en un muro de Almería un mensaje similar que quedó inacabado, “Pan, trabajo y libertad”, moría asesinado (presuntamente, claro) Javier Verdejo, un estudiante andaluz de 19 años, militante de la Joven Guardia Roja, vinculada al Partido del Trabajo, antes PCE(i). Los compañeros de Javier que le acompañaban tuvieron mejor suerte y pudieron huir de los guardias civiles. La versión oficial explicaba que el “desgraciado accidente” se produjo cuando un agente le dio el alto, tropezó y su arma se le disparó… (Un accidente más en la larga lista que jalona el cuento de hadas de la Transición). Por cierto, el próximo 13 de agosto se le rendirá un homenaje en la plaza de Miguel Naveros de Almería donde actuará el Niño de las Cuevas, Ana Mar y Lumaga.

Hubo otro minuto de silencio lleno de extremada tensión cuando hacia el final de la jornada se supo de los acontecimientos de Montejurra recién ocurridos y anunciados por la megafonía. La concentración de carlistas del pretendiente Carlos Hugo, con su lema “Socialismo, Federalismo y Autogestión”, fue atacada por elementos de la extrema derecha, española e internacional, bendecidos por altos mandos militares. Esta vez el “accidente” fue la absoluta pasividad de la Guardia Civil. Aniano Jiménez Santos fue asesinado ante los ojos de la Benemérita por un militar jubilado, y en otra emboscada subiendo a la cumbre moría Ricardo García Pellejero, recibido a tiros, al menos por los de una ametralladora. Hubo decenas de heridos. Los sucesos con detalle, la trama con los implicados y las motivaciones dinásticas y políticas de esta acción fueron contados por Público en un trabajo publicado el 8 de mayo de 2016.

Los del Leviatán franquista eran tiempos en que los manifestantes “volaban” y caían abatidos como pichones por los disparos al aire de la policía y la guardia civil, cuando no eran asesinados directamente por las bandas de la extrema derecha que actuaban con total impunidad protegidas (presuntamente) por las fuerzas de orden público.

Después y desde entonces, con la democracia del Leviatán neofranquista hay que guardar las formas y las apariencias. Por esta razón, las denuncias de torturas han sido sistemáticamente ignoradas por los medios, los políticos y los jueces, mientras se han ido acumulando las sentencias del Tribunal Europeo de Derechos Humanos contra España, sin que ello haya sido obstáculo para que los presuntos torturadores y los jueces que, a lo mejor prevaricaron, no hayan sido molestados por la justicia (salvo contadas excepciones), cuando no exonerados y recompensados con ascensos, medallas y honores. Es el caso, por ejemplo, del coronel Pérez de los Cobos, ahora famoso por su intervención en los sucesos del 1 de octubre de 2017 en Catalunya y antes por haber sido investigado por torturas en Euskadi, con el resultado previsible… También quedaron sin investigar la mayoría de los (presuntos) crímenes de Estado firmados por el GAL y por otros. Y sigue sin saberse quién fue su máximo capo, igual que salvando las distancias, sigue sin saberse absolutamente nada del misterioso M. Rajoy que según los papeles de Bárcenas cobraba sobresueldos en sobres marrones. ¡Ay, siempre la ley!

Las esperanzas despertadas por la primavera madrileña de 1976 entre aquellos 60.000 muchachos y muchachas quedaron en buena parte en esperanzas frustradas. El franquismo supo hacer franquismo sin Franco, con unos súbditos bien atados con una cadena abrillantada y de mayor recorrido, pero siempre con la democracia controlada. No obstante, si no hubiera sido por Javier Verdejo, Aniano Jiménez, García Pellejero y los otros numerosos asesinados, heridos, torturados, encarcelados, represaliados, exiliados, aporreados y perseguidos, nuestra cadena sería más herrumbrosa y más corta. Amigo Sancho, con la Constitución neofranquista estamos topando. ¿En el siglo XXI?