Rosas y espinas

Videojuegos etarras

 

El delegado del Gobierno en Euskadi, el muy consecuente Carlos Urquijo, ha pedido a la empresa estadounidense Valve que retire un videojuego donde unos asesinos con txapela y pasamontañas, estilismo a lo De Juana Chaos, atracan, asesinan, mutilan y humillan a sus víctimas. Urquijo pide que se modifique la "simbología etarra" de este videojuego, que se llama Counter-Strike: Global Offensive, "por sensibilidad y respeto a la memoria de las víctimas [de ETA] y de sus familiares".

Este Urquijo es una máquina. Imaginemos que la Valve Corporation le hace caso, modifica "la simbología etarra" y despoja de la txapela y el pasamontañas a sus asesinos. De acuerdo. Pero, después, viste a sus asesinos con una peineta, un escote palabra de honor y faralaes. Entonces, una vez solucionado el problema de la txapela, y siempre según el delicado señor Urquijo, estos asesinos ya tienen legitimidad para seguir atracando, asesinando, mutilando y humillando a sus víctimas en el videojuego. Sin dañar el respeto y la memoria de las víctimas de ETA y sus familiares. Conste.

No repara el atemperado Urquijo en que las víctimas siguen siendo las mismas, ya que estas van vestidas de igual manera en las versiones políticamente incorrecta y políticamente correcta de este encantador divertimento. Y, por tanto, si eran víctimas del terrorismo con el asesino de la txapela, siguen siendo víctimas del terrorismo con el mutilador de los faralaes. También el llorado Curro Jiménez se disfrazaba. Cambiar la vestimenta del terrorista no cambia la soledad desangrada de la víctima, acendrado Urquijo. Los asesinos se visten con banderas, las víctimas solo llevaban prisa por vivir. Como tú y como yo.

Lo que hay que prohibir, y de verdad, es el uso infantil del juego. El dichoso Counter-Strike, que convierte el asesinato en un juego de niños. Porque a estos juegos juegan, mayormente, los niños.

El intelectualmente desordenado Urquijo sufre exactamente el mismo mal que los intelectualmente innombrables etarras: que ven el nacionalismo desde el punto de vista de los asesinos y no desde la perspectiva de las víctimas. Decir que quitarle la txapela al asesino concede más dignidad al asesinado por ETA es un poco preescolar, como pensar que penalti de gol es gol, y nos hace dudar un poquito de la entereza neuronal de nuestros delegados del Gobierno en Euskadi.

O, quizá, soy yo quien peca de imberbe sináptico, y esto es el principio de una noble cruzada. Estoy seguro de que el ponderado señor Urquijo pronto reclamará a las autoridades internacionales, y enérgicamente, la censura inmediata de los millardos de videojuegos en los que los marines norteamericanos desvisceran a iraquíes, afganos, japoneses, somalíes, chinos y pernambucanos, que son los peores. Como se censuró el pasado año aquel cómic en el que el malvado Magneto aparecía vestido con los atavíos militares de nuestro rey.

 

Y supongo que, no más tardar en septiembre, condenará también el videojuego realista que montaron Bush, Aznar, Blair y Berlusconi, asesinando civiles, mujeres y niños en Irak, en contra del mandato de la ONU y en plan pelín ilegalista. Utilizando una técnica tan ultramoderna que las vísceras parecían de verdad. Y olían. Pillines.

Y estoy convencido de que el defensor de la paz y la concordia que siempre ha sido Carlos Urquijo irá más allá. Y denunciará a las grandes superficies comerciales que venden impunemente juegos sangrientos, catalogados para mayores de 18 años, a niños como mi amigo Hugo, de catorce. Promocionando la educación en la violencia.

-Oye, Hugo. Que estoy escribiendo un artículo sobre los juegos violentos. ¿Dónde se compran?

-Joer, en cualquier sitio.

-¿Y te los venden a ti?

-Claro, a todos. A mis amigos. Quien no juega es un rarito. Hasta las tías juegan –dice como si a las tías no les gustara matar gente por su natural-. Si sacas la pasta, te venden lo que les pidas. Aunque tengas ocho años. No te joe.

En mi poquedad, me encantaría que alguno de mis millones de lectores se uniera a esta causa anti-violencia emprendida por el pacifista Carlos Urquijo, y mandara a sus hijos menores de edad a las tiendas de nuestras grandes firmas comerciales a comprar, ilegalmente, esos juegos en los que salen las tropas de Aznar y Bush bombardeando colegios iraquíes. O en los que callan los batallones de Zapatero ante la masacre de una inocente boda afgana. O Felipe González sonriendo a la sombra de una metedura de parabellum de los GAL. O los juegos de impenetrables etarras recreando en directo la muerte infinita de Miguel Angel Blanco. Y que, a la mañana siguiente de esa compra ilegal y consentida, los padres denunciaran a estas grandes firmas comerciales, algunas de británico apellido, por enseñar a nuestros niños a jugar a la muerte. Barrunto que es el mensaje que este mesías, de nombre Carlos Urquijo, nos está trasmitiendo. La paz.

Denunciemos. Acabemos con todos estos juegos. Los de mentira y los de verdad, que aquí se me han mezclado.

Urquijo, si vas en serio y sin txapela ni otras gorras, for president.

Pero creo que no.