Rosas y espinas

El rey contra mí

 

Ha inaugurado el rey su nueva página web diciéndonos a los españoles que, "en estas circunstancias, lo peor que podemos hacer es perseguir quimeras". O sea, no persigáis quimeras, ciudadanos. Resignaos. Abandonad nuestros anhelos de libertad, igualdad y fraternidad, si los tuviereis. No soñad ni despiertos. Cerrad vuestras puertas y ventanas al mistral poderoso de un futuro mejor. Que nos jodamos, o sea, sin siquiera quimeras, no sea que en fase rem se nos escape la sonrisa delatora de un sueño erótico.

Pedirle a un hombre que deje de perseguir sus quimeras es el mensaje más zafio, perverso, estúpido, castrador, apoético, contrademocrático, totalitario, deshumanizante y esclavista que un líder como usted, majestad, puede arrojarle a sus súbditos, entre los que declino el honor de contarme.

No es que yo persiga quimeras, majestad, por afición. Cual usted persigue elefantes. Es que yo soy mis quimeras, caballerete. Un hombre es sus quimeras, y casi nada más. ¡Ay, quimeras! Mis quimeras, entre otras, es que nadie pase hambre, ni siquiera usted. Que todo el mundo tenga un trabajo digno (incluso buscaría uno digno para usted). Que todos los hombres y mujeres tengamos los mismos derechos, y no prebendas torcidas, como las de usted. Que no troquemos el derecho a una vivienda digna por esta condena a un desahucio indigno, observado con indiferencia desde el encantador palacio de usted. O sea, lo normal. Lo natural. Lo justo. La quimera.

Usted, majestad, es tan Enorme de España, que ya no Grande, que se permite el lujo hasta de malinterpretar a Miguel Hernández sin haber leído nunca a Miguel Hernández, como se le ve en esa inicua prosa web tan contraria a las quimeras. Decía Miguel Hernández, que no tenía página:

 

Carne de yugo ha nacido

Más humillado que bello.

 

Tú -te voy a cambiar el trato- nos pides seguir siendo más humillados que bellos, sin perseguir quimeras, creyéndote que estos versos son solo constatación de que nuevas servidumbres te mediarán los whiskies en casa, de que sucesivos braceros silenciosos harán florecer los jardines donde entierres a tus muertos, de que nuevos presidentes de gobierno continuarán con este frusfrús de tules avasallados arrodillándose ante tu bragueta, de que se eternizarán los peloteos de organdí dorándote la píldora azul, porque nada cambiará, si no hay quimera para la carne que de yugo ha nacido.

No. No me pidas que renuncie a mi quimera, que es lo único que tengo. Esta vez te has pasado no dos pueblos, sino al pueblo, ese que hurga en los contenedores de los supermercados en busca de comida abasurada, ese que no puede pagar la educación de sus hijos, ese que tiene que sacar a su marido tetrapléjico a la calle para penar por la limosna, ese que ya solo respira una lejana quimera. Tú sí que te mereces ser más humillado que bello, porque ellos siempre serán, en comparación a ti, más bellos que humillados.

Mira que has hecho y dicho tonterías en tu vida, majestad. Pero esta vez has traspasado la línea roja, el check point de la soportabilidad, el limbo admisible entre tu cielo y nuestro infierno, la corta distancia entre tu pie y mi cabeza. ¿Qué sabe de quimeras un paleto cuyo sueño consiste en que los demás no se despierten?

Sería fabuloso que tus lacayos me afearan estas prosas ante la Justicia, porque me encantaría alegar que un Jefe de Estado, que pide a su pueblo que abandone las quimeras, merece ser condenado al exilio histórico por dejación de funciones, de ovarios y de cojones. ¿Qué son las quimeras, majestad? ¿No te manda la RAE ediciones actualizadas de su diccionario?

1.f. Monstruo imaginario que, según la fábula, vomitaba llamas y tenía cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón.

2. f. Aquello que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo.

3. f. Pendencia, riña o contienda.

No creo que la primera o tercera acepciones vengan al caso, salvo que la primera te evoque a tu recién muerto Santiago Carrillo. La segunda es la que cuenta. La busca de lo imposible. De lo verdadero. ¿Aun no siéndolo? Por supuesto. En tiempos de Julio Verne la luna todavía nos miraba de usted a tú. Yo ya he pisado la luna.

También habrá quien alegue, muy circunspecto, que vuestro rey se refería a Catalunya, a la cosa, pendencia, riña o contienda independentista, a la horrorosa segregación territorial de una España ya segregada social y antropofágicamente entre ricos y pobres, entre herederos y desheredados, entre vividores como tú y supervivientes como nosotros. Pues no. Yo no he entendido tus cobardes silencios sobre Catalunya. Yo soy pueblo llano. Analfabeto de vocación, como el niño que del yugo ha nacido, y no he visto la palabra Catalunya en el mensaje del rey. Y me tomo ese mensaje por lo personal. Por lo explícito. Por lo cabrón. Por lo epitáfico de mi dulce y amorosa quimera igualitaria, internacionalista, salvajemente antiviolenta, mucho más sentida que resentida, no sé, o sea, mi amor, cómo explicárselo a este tío que no sabe nada de nada. A mí nadie me epitafia mi quimera, majestad, que está más viva de lo que tú has estado nunca.

Me acuesto con uno de los últimos discos de Brassens, a quien su majestad tampoco habrá escuchado, cantando un viejo poema de Jean Richepin, a quien su majestad, por razones obvias de tiempo y aptitudes, tampoco habrá leído:

Mais ils sont avant tout

Des fils de la chimère

Des assoiffés d'azur

Des poètes des fous

Pero son, sobre todo,

hijos de la quimera.

Los sedientos de azur,

Los poetas, los locos

 

 Y ahora déjame dormir, majestad.

 Sin más mensajitos meones.

 Dormir, soñar con mi quimera.

 Nos conviene a los dos.

Porque te aseguro que aun me quedan fuerzas para demostrarte que vas a salir indemne si lucho por mi pacífica quimera. Pero no si me pongo a luchar contra quien ataca mi quimera, como tú has hecho ayer, extraño compañero. Si me intentas privar de mi quimera no saldrás indemne, no. Queda dicho.