Rosas y espinas

Cuentos chinos

 

La diferencia entre un chino y un misterio es que del chino se sabe menos. No sé si la cita me la acabo de inventar o es de algún sabio chino tan antiguo que habría que inventárselo. El caso es que de la China y de los chinos, aquí, alrededores de Las Ventas, se sabe muy poco. Como sucede también en Wall Street. O en Buenos Aires. O en Berlín. O donde sea. Salvo en China. Supongo. Nada sabemos de los chinos. A pesar de que China es la segunda potencia económica del planeta -pronto será la primera- y una de las principales causas de que Europa se esté convirtiendo en un basurero más de los derechos humanos y de la dignidad laboral. Luego me explico y dejo de parecer racista.

Todo esto viene al caso porque la periodista Ana Fuentes acaba de publicar con Aguilar un extraño libro, titulado Hablan los chinos, en el que pretende sintetizar en diez reportajes, o entrevistas, o relatos, o poemas, o como se les quiera llamar, todo el misterio chino, todo el misterio de los chinos, todo nuestro futuro misterio. Y lo consigue. Creo.

Fuentes no solo nos cuenta las torturas a las que fue sometido en 2011 el abogado Jiang Tianyong por defender los derechos humanos. Y que continúa ahora su lucha desde una precaria libertad vigilada e indefensa. Fuentes se mete en la casa de Tiangyong, burlando el cerco policial, y nos informa de que solo 200 abogados, de los 200.000 que hay en China, están comprometidos en la defensa de los derechos civiles. Miedo. Y también nos habla de la Primavera Árabe, coincidente, qué casualidad, con la detención de Tiangyong, para recordarnos que el aleteo de una mariposa en Pekín puede provocar un enamoramiento devastador en Túnez o un terremoto paralizador en Tel-Aviv. Y viceversa. Las dictaduras siempre han padecido un terror pánico a los aleteos de las mariposas.

Digo que Fuentes no solo se inmiscuye, como solemos hacer los malos periodistas, en el mundo de la represión y la pobreza, sino que también se arrebata a 200 km/h en los coches alta gama de los ricos, lo cual suele ser muchísimo más peligroso. Como el viejo poeta. Li Bai. Traducido por Ezra Pound. El periodista, el poeta, hace la calle o no hace. "Tim, Xiao Chen y sus novias son lo que en China se conoce como fur er dai, hijos de nuevos ricos o niños de papá. De la noche a la mañana improvisan excursiones en barco que cuestan decenas de miles de yuanes. Cuando les pregunto a qué se dedican, contestan evasivos que a los negocios. Los millonarios chinos son una especie huidiza que evita explicar el origen de su patrimonio. Se sabe que cada vez son más: 960.000 residentes en China poseían más de un millón de euros a mediados de 2011. No superan los 40 años de media y la mayoría ha hecho fortuna en la empresa privada".

Muy periodístico.

Pero ahora viene lo reporteril.

Magnífico.

Y, luego, la tal Fuentes nos cuenta la borrachera que se agarró con el niño de papá Xiao Chen y sus amigos en una discoteca donde la reserva de una mesa cuesta 238 euros (el doble de lo que cobran mensualmente los camareros del local), y nos informa también de que estos chicos y sus iguales se gastan anualmente 52.000 millones de euros en viajar a Nueva York, París, Londres o Milán para enterarse de si en primavera se llevarán peep toes o tacones de aguja en la próxima fucking party de la Hilton.

Taxistas que duermen en el taxi y te recriminan que tu perfume da mal olor. Putas que ocultan su profesión para pagar los estudios a sus hijos. Dieciséis millones de mujeres que se casan con homosexuales para darles una tapadera. Periodistas que se cuestionan si, al trabajar para un medio extranjero, están traicionando a su país por contarle al extraño las miserias íntimas, si por decir la verdad se convierten en antipatriotas...

Fuentes escribe con el raro talento de trascender el dato estadístico en humanidad. Convirtiendo porcentajes en personas, en ajo y en sudor. Y viceversa. Pues Fuentes, como su nombre indica, rastrea por las calles, los palacios y las alcantarillas el sudor y a las personas que mueren y viven al trasluz de tantas cifras batiburradas por la ONU, la Academia China de Turismo o Human Rights Watch. Se baja a la calle. Al spleen de Pekín. Al Pekín era una fiesta. "Los campesinos traían sus carros llenos de puerros, patatas y zanahorias para vender en el mercado. Uno había montado un puesto de sandías en la entrada del gimnasio. Esta fruta es uno de los símbolos del verano pekinés. Uno sabe que ha llegado el buen tiempo cuando empieza a ver sandías por todas partes".

China.

Ahora nos acabamos de enterar de que el iPhone5, un teléfono que tiene tantas aplicaciones que hasta puedes hablar diez minutos con tu pareja sin divorciarte, se ha manufacturado en fábricas chinas bajo condiciones esclavistas. A dos euros la hora extra. Veinte horas al día, a veces. Comiendo y durmiendo en la fábrica.

Yo, si fuera Europa y me concediera Zeus una decisión antes de raptarme y violarme, bloquearía nuestro intercambio comercial con China. Tal como EEUU hace con Cuba. Porque no se puede competir con un país de esclavistas. En el que nuestras humanistas empresas encuentran mano de obra más barata que aquí. Matando esclavos de ojos y dientes pequeños a cambio de unos estúpidos WhatsApp: "¿Te has enfadado, gordi?".

Pero, como Europa es Merkel y no pretende que Zeus le conceda decisión alguna antes de raptarla y violarla, comerciamos con la esclavista China. Y eso nos obliga a convertirnos de trabajadores en esclavos para competir. Que es lo que nos está pasando.

Tenemos una enorme deuda con China. Y la tiene también EEUU. Y, como a causa de esta enorme deuda no podemos aislar a China como a Cuba, a pesar de su régimen esclavista, rebajaremos las condiciones del obrero europeo hasta que todos nuestros bastillistas logros sociales, laborales, intelectuales, libertarios, humanitarios y etcétera se degraden y puedan competir contra el esclavo chino. Para que nuestras empresas no se tengan que deslocalizar y poseamos una mano de obra tan barata como la china. En lugar de obligar a China a cumplir un par de suaves normas acerca de derechos humanos y laborales.

China es el resumen de la revolución inversa: el comunismo ha conseguido ser tan guay que el capitalismo le debe demasiado dinero. Ellos han aprendido de nosotros que con esclavos se pueden hacer muy ricos. Nosotros hemos aprendido de ellos que solo seremos competitivos si socializamos el esclavismo. La ecuación es perfecta.

A uno le cuesta decir que el libro de otro periodista es bueno. Esta profesión es muy competitiva. Y por lo tanto no pienso decir que el libro de la Fuentes sea una gran lágrima en el océano del periodismo contemporáneo, que es lo más tsunami que un periodista debe ser. Pero, o sea. Que no me gusta el título. Hubiera sido mejor titularlo Cuentos chinos. Porque los cuentos chinos, como todo el mundo sabe, siempre dicen la verdad. Como Ana Fuentes, creo, nos dice su verdad en este inteligente, justo, arriesgado, arriesgante y verdadero libro. Hay vida, periodistas, a este lado de los cuentos. Aunque sean chinos.