Rosas y espinas

Ex presidentes

 

Nos enteramos por la prensa de que José Luis Rodríguez Zapatero, no sé si se acuerdan, acaba de alquilar un chalet a la vera del palacio de la Moncloa. Esta noticia se prestaría a interpretaciones maliciosas si hubiera estado protagonizada por otro ex presidente. Las presencias cercanas de Felipe González o Aznar habrían dado pábulo a todo tipo de especulaciones, porque estos dos señores nunca han hecho putadas sin hilo. Pero Zapatero no. ZP es la inocencia encervatillada en persona, y uno nunca se podrá explicar cómo esta cándida alma de cántaro logró alzarse hasta la secretaría general de la jungla socialista sin ser devorado por la ferocidad felina de Rubalcaba o por la paquidermez embestidora de José Bono. Cualquier día de estos nos lo razona un documental del National Geographic.

Yo creo incluso, y sin malicia, que Zapatero se ha alquilado su chalet sin darse cuenta muy bien de dónde está. Como cuando tampoco se enteró de dónde estaba el iceberg de la crisis, y ordenó a su orquesta gubernamental seguir interpretando Brotes verdes durante el naufragio. Y que al enterarse como yo, por los periódicos, de que el chalet está tan cerca de su antigua residencia, se ha llevado un gran disgusto y ha interrumpido a Sonsoles, que ensayaba La Traviata.

-¡Coño, José Luis! ¡Entrar sin llamar durante la semifusa en sol sostenido! ¡A quién se le ocurre!

-Perdona, cariñito, pero me avalan razones de estado. Mira esto. Si seguimos metiendo patas, nunca voy a conseguir que me olviden.

Y es que con esto del chalet, caprichos de las musas, se me ha ocurrido pensar que la singularidad de ZP, con respecto al resto de ex presidentes de nuestra prematuramente envejecida democracia, es su afán de sumergirse cuanto antes en el olvido. Y eso, viviendo al lado de Moncloa, precisamente de Moncloa, no se puede.

Voy a olvidarme de Leopoldo Calvo Sotelo, que fue un señor muy interino incluso de ex presidente. El día que lo enterraron no murió ni un adjetivo.

Empiezo entonces por Adolfo Suárez, primer ex presidente no interino español, a quien la historia quiere recordar como al autobusero que nos condujo de niños, y muy prudentemente, al colegio de la Transición. Yo no lo veo así. Suárez fue el primer presidente franquista de la democracia. El que nos anunció que aquí no se acaba el franquismo por mucho que votemos. Y la enfermedad que padece, y que lamento de corazón, es una gran metáfora histórica de lo que significa como ex presidente: Suárez se fue olvidando, selectivamente, de su verdadero pasado franquista. Hasta borrarlo de la historia. Hasta borrárnoslo a nosotros. Suárez es el ex presidente silente que no quiso que recordáramos que nuestra democracia, desde muy niña, ya nació con el mal del Alzheimer en las venas. Olvidando demasiadas cuitas, asesinatos y traiciones. Por eso nunca habló. Por eso se callaba. Suárez será recordado, y al tiempo, por lo que nos obligó a olvidar. Es el ex presidente del Alzheimer.

Nuestro siguiente ex presidente, Felipe González, es tan vanidoso que hasta se permitió el lujo de bautizar su ex presidencia él mismo, quitándole trabajo a historiadores y columnistas: "Soy como un gran jarrón chino en un apartamento pequeño. No quieren romper el puñetero jarrón y echarlo a la basura, pero donde quiera que lo pongan estorba". Felipe González es el primer jarrón chino de la historia que hace frases tan largas. Uno, que sabe poco de alfarería, concedía como mucho a los jarrones chinos la cualidad de expresarse en monosílabos. Hasta que moldearon a Felipe González. Jamás un jarrón chino ha gozado de tan jocunda verborrea. Felipe opina aquí y allá y diserta acullá. Su palabreo incansable propende a vindicarlo como el ex presidente por antonomasia, el ex presidente necesario, para que nunca recordemos que fue el primer presidente franquista de izquierdas de nuestra, entonces sí, joven democracia. Le llamo franquista porque le tenía tanto miedo al franquismo que lo pretendió diluir como un azucarillo en una tila, agitándolo tan suavemente, para no despertarlo, que lo mantuvo vivo. Y se hizo muy amiguito del Rey, heredero de Franco. Y nos metió en la OTAN, que es una cosa de pegar tiros a los inocentes. Como Franco.Y si te he visto, rosa y puño, no me acuerdo.

Nuestro tercer ex presidente, José María Aznar, es el más literario. Guionistas y escribidores insisten siempre en que una narración nunca alcanza el gran clímax si no alberga a un malo potente, ineluctable, soberbio y con bigote. Aznar es el paradigma. Aznar es el made-self-malo por antonomasia. El malo a conciencia. El malo de rúbrica de sangre. Durante la mañana del terrible 11-M, y en los días posteriores, José María Aznar se dio cuenta de que ya no podría pasar a la Historia únicamente como un señor bajito y algo pelota de los yanquis. Tenía que elegir entre el perdón o ser el malo. Y desde entonces. Es tan malvado que hasta se ceba con sus lacayos más obedientes. Como Rajoy. Aznar es el primer ex presidente franquista de nuestra democracia a quien no le importa que se lo llamen. Es el ex presidente caudillo.

Y, por fin, Zapatero, a quien ahora no se le ocurre cosa mejor que despistarse otra vez y pillarse un chalecito al lado de Moncloa. Zapatero es el primer ex presidente no franquista de nuestra democracia. Un verdadero hombre de izquierdas. ZP quiso ser Gandhi y se quedó en autoestopista, viendo cómo el tráiler de la banca le pasaba ante las narices ignorándolo en la carretera. ZP es tan buena gente que se creyó que, si jamás pronunciaba la palabra crisis, cerraba los ojos, y recitaba el conjuro mágico del supercalifragilisticuespialidoso, nunca despertaría el monstruo de la crisis. Ahora, el pobre vaga en el silencio anhelando ser olvidado. Que se olviden incluso sus valentías y sus logros. Que se olvide su ceja jupiterina. Que se olvide la izquierda de que no supo hacer izquierda cuando era más necesario: en, y contra, esta crisis falaz e inventada. Convertirse en el hombre que nunca estuvo aquí. Ser ya tierra, humo, polvo, sombra y nada. Pero va y se coge el mausoleo al ladito de la Moncloa. Si es que nunca las ha sabido ver venir, el timonel del Titanic. A ver qué ex presidente hace Rajoy, que nuestro listón está muy bajo.