Rosas y espinas

Yo fui esquirol el 14-N

 

Iñaki Moro -nombre supuesto- me estaba humillando al billar en la noche del 13-N cuando Lapepa asomó la cabeza por la puerta que separa el garaje de las escaleras que suben a su adosado. Cuando Lapepa asoma la cabeza en momentos tan trascendentes, generalmente es para traernos un caldito que amortigüe el whisky y el tabaco. Funciona regular, porque para digerirlo nos servimos, inmediatamente después, otro par de whiskies y fumamos lo que sea. Pero queda ritual. Hogar. Techo. Cosa.

-Marido, ¿puedes subir un momento?

Tempestad. No hay caldito. Aprovecho mi soledad tramposa para desplazar unos milímetros la maldita negra, la ocho, que me cegaba bola roja al centro. El Moro tarda demasiado y cuando baja trae cara de autónomo, que es como la cara del enterrador que cava desde dentro de la fosa porque el sepelio es suyo.

-¿Qué pasa, Moro? ¿Hay bronca?

-No. Que tengo que salir echando hostias a Lleida. Que voy a ser esquirol por cojones en tu huelga, Malvar. ¡Esquirol! ¡Qué mal suena!

Me explica: El Moro tiene una empresa de transportes. Y esa empresa un contrato con una multinacional a la que distribuye el material de una ambiciosa campaña publicitaria de fecha ya. Ese material tenía que estar en las naves leridanas de la multinacional el 13-N. El teléfono suena a las once de la noche. El material no ha llegado. Inepcias, malentendidos, jijijís y jajajás. Lo clásico en las multinacionales desde incluso antes del hundimiento de Lehman Brothers Holding Inc. Bonito nombre para unos estafadores tan aplicados. Muy familiar.

-Si el material no está en Lleida a las diez de la mañana, el año que viene no hay contrato y nos vamos a la mierda.

-Tú no puedes conducir ahora. Llevamos trece o catorce botellas de whisky, Moro.

-¿Y qué hago? ¿Mando a un chófer? ¿El día de huelga? ¿Para que lo agarren los piquetes en el polígono y le den de hostias y le quemen el coche y el material? ¡Esquirol, joder! ¡Qué mal suena! Tengo que ir yo. No puedo mandar a nadie. Pinta mal.

-Sí pinta mal -le corroboro-. Voy contigo. Nunca he sido esquirol. Es una de las pocas guarradas que aun no he hecho.

-Vale.

A las tres y media de la madrugada del 14-N, día de huelga, salimos de Madrid con el material cargado. Poco antes de las cinco nos para la guardia civil. El freno de nuestro coche había decidido, sin nuestro consentimiento, unirse a la huelga. Hacen soplar al Moro. Pienso que nuestro viaje ha terminado y que el contrato se ha ido a la mierda. Yo tampoco puedo conducir con este acento escocés que se me ha puesto. Cuando el soplófono de la guardia civil canta que el Moro está en perfectas condiciones, me doy cuenta de que me gana al billar porque él derrama sus whiskies en los geranios. Así crecen de hermosos sus geranios.

Va amaneciendo. Poco tráfico en general y menos al traspasar la frontera posautonómica de Catalunya. La huelga, si no fuera por nosotros, tendría cara de éxito en las carreteras.

-Oye, Moro. ¿Y tú estás a favor de esta huelga o en contra?

-¿Qué me lo preguntas? ¿Como empresario o como trabajador? Yo hoy soy mi jefe y soy mi chófer. Como jefe, estoy encantado con la reforma laboral. Me puedo despedir, putear, explotar y ponerme un examen a los dos años para echarme gratis porque no valgo. ¿Como trabajador? Pienso que mi jefe es un hijo de puta por mandarme hoy, día de huelga, a Lleida con los piquetes, de madrugada. ¡No te jode!

Las naves en las que tenemos que depositar las cajas de material están en el polígono industrial de El Segre. Mientras nos acercamos, podemos ver desde el coche las columnas de humo negro que beirutizan el cielo. Los piquetes han quemado neumáticos para taponar todos los accesos. El color del humo nos informa de que habemus huelga y no es de coña.

-Está jodida la cosa -dice el Moro-. Oye, Malvar. ¿Y tú por qué te has venido conmigo de esquirol?

-Para saber lo putas que las pasan los esquiroles. A ver si hay huevos y entregamos. -respondo-. Así, en la próxima huelga, me consuelo.

-Eres un hijo de puta.

-Ya.

Al primer rodeo al polígono, nos detenemos en la única entrada que no está tabicada por las hogueras de neumáticos. Dos mossos d´esquadra han cegado la calle con conos y observan tranquilamente cómo la revolución social ensucia el cielo de negro.

-¿No se puede pasar?

-No -responde un agente tan amable como monosílabo.

-¿Y por otra entrada? Es un envío muy urgente.

-No entráis. Además, nosotros no os aconsejamos que entréis. No os lo aconsejamos.

Enfrente de la barrera policial, cruzando la carretera, está el restaurante Punto. Abierto. A pesar de que su estructura de cristal hace muy apetecible a los piquetes un rápido escarmiento de adoquines. Pedimos para desayunar churrasco con cerveza y un gin-tonic, que es lo que siempre han desayunado los esquiroles, según mi conocimiento de los clásicos. El periodista se acerca al encargado del restaurante, que prepara unos pepitos obreros en los que cabe más de una ternera.

-Oye, ¿y vosotros no le tenéis miedo a los piquetes?

-¿Miedo? Aquí ya hemos pasado muchas huelgas. Siempre vienen a desayunar aquí los piquetes y los mossos. Los piquetes también desayunan, ¿no? Míralos ahí. Esos son piquetes -señala una mesa en la que conversan en catalán siete u ocho trabajadores; en otra mesa beben café dos mossos d´esquadra-. Nosotros no le importamos a nadie. Somos como un servicio mínimo.

Cuando los humos de los neumáticos se van civilizando, pasamos por encima de ellos y entramos en el polígono del Segre. Ni un solo feroz piquete asesino destructor del inviolable derecho a no hacer huelga nos detiene, nos asesina, viola a nuestras hermanas, decapita a nuestras madres ni contamina a nuestros hijos con la Educación para la Ciudadanía, como en ese momento malician ciertas emisoras con olor a incienso. Los dos esquiroles, al final de su historia, descargan con total tranquilidad, en las naves de la multinacional del jijijí y el jajajá, donde se les hace poco caso. Hay que atender los teléfonos. Algunas historias no tienen moraleja. Ni pregunta ni respuesta. No sé. A lo mejor no son ni tan siquiera historias. Son solo un día cualquiera de noviembre sin dormir.