Opinion · Rosas y espinas

Falsocracia socialista

 

Que en pleno siglo XXI, cuando incluso los aeroplanos surcan los cielos y existen teléfonos sin cables, que en esta súper modernidad un partido que se llama socialista multe a sus diputados por no respetar la disciplina de voto, que eso suceda en miércoles de ya, demuestra lo enferma que está nuestra democracia. Esto viene a cuento por la multa que el Partido Socialista de Catalunya le va a endilgar a cinco de sus veinte diputados por abstenerse y no votar en contra de la declaración soberanista impulsada por CiU, ERC y etcétera.

Una democracia que vota bloques partidistas uniformados y no personas no es una democracia. Es una dictadura renovable cada cuatro años. El votante socialista no vota univocidad ni disciplina. Vota debate, disidencia, contradicción, dialéctica, cabreo, reconciliación, vencedores sin vencidos, democracia, coño, democracia. El votante de izquierdas, pienso yo en mi cortedad, vota diálogo y libertad de elección para sus representantes, y no uniformidad de pensamiento bajo amenaza de multa.

El PSC no se ha roto este miércoles entre los socialistas catalanes con veleidades soberanistas y los socialistas catalanes con fruiciones unionistas. El PSC se ha roto entre diputados libres y diputados orgánicos. Entre voces libres y ecos inducidos. Entre ideas y órdenes.

La disciplina de voto es una aberración democráfaga de nuestros partidos políticos, que le tienen más miedo a la cultura democrática que a la cultura general, que ya es decir. La obediencia es anti democrática, sumisa, clientelar, lamesuelas, sargentista. Un secretario, aunque sea general, debe de limitarse a tomar nota de los designios de sus jefes, que son las bases, los votantes o los diputados. Cuando un secretario empieza a imponer ideas propias, ya no es el secretario. Es el jefe. Es el del despacho oval. Es el kíe. Es el baranda. Es el pequeño dictador. Entre los socialistas, aquella esperanza, la figura del secretario se ha extinguido y ya solo han dejado al general. Que pone multas. Como aquel otro general bajito.

La izquierda siempre ha tenido un problema. Que esto de dar voz a todo el mundo es muy cansino. Hay que escuchar y escuchar largas parrafadas del obrero que no sabe exactamente qué quiere decir. Aplaudir los alejandrinos interminables de los poetas deseosos de cambiar el universo. Sospechar que ciertas damas no terminan de explicarse que un partido progresista no haya dado opción, en 20 años, a la posibilidad de la emergencia de que se nombre una secretaria general en un país que necesita un baño de feminismo para ver si la gente se va enterado de que no es elegante arrojar mujeres por la ventana.

La izquierda española está, hoy, dividida entre los del voto disciplinario y los de las ideas indisciplinadas, que es como son todas las ideas.