Opinion · Rosas y espinas

El PP es tan divertido

Si no fuera porque son unos mentirosos, porque están hundiendo el país para que se lo coman los tiburones financieros, porque son unos insensibles y un poco asesinos de iraquíes y desahuciados, porque resultan franquistas y pelín racistas, porque defienden a una iglesia pervertidora de niños, y porque parecen un poco delincuentitos dirigidos en la sombra por unos delincuentes convictos y medio confesos, a mí me parecería muy bien que el Partido Popular nos siguiera gobernando durante toda la vida. Y es que son mogollón de divertidos. No se ha visto cosa igual.

Ahora nuestro partido de gobierno se ha metido, como Oscar Wilde, en el corazón lírico de la más bella paradoja. Mariano Rajoy y María Dolores de Cospedal, sobre todo mi Cospe, se pasan el día rezando para que un tal Luis Bárcenas les gane la demanda por despido improcedente que les ha interpuesto. Jamás había visto yo a nadie que deseara con tanto ardor patriótico perder un juicio. Y es que, como los tribunales dictaminen que Bárcenas no fue despedido de forma improcedente, como se demuestre que Cospedal dijo la verdad y el PP simuló un contrato con Bárcenas durante dos años, se va armar aquí un 18 de julio más bien inverso.

Me explico, porque las almas biempensantes no saben delinquir con naturalidad ni entienden cómo hacerlo.

Dijo Cospedal el pasado lunes que el PP, con Bárcenas (cito textualmente), “pactó una indemnización en diferido en forma efectivamente de simulación”. A esta joven y elegante abogada del Estado se le pasó un pequeño detalle al pronunciar estas palabras. Y es que simular un contrato es un delito tipificado en nuestro Código Penal. Se lee poco entre nuestros gobernantes tanto a Cervantes como nuestro Código Penal, que en su artículo 307 ter. versifica así: “Quien obtenga, para sí o para otro, el disfrute de prestaciones del Sistema de la Seguridad Social, la prolongación indebida del mismo, o facilite a otros su obtención, por medio del error provocado mediante la simulación o tergiversación de hechos, o la ocultación consciente de hechos de los que tenía el deber de informar, causando con ello un perjuicio a la Administración Pública, será castigado con la pena de seis meses a tres años de prisión […]. Además de las penas señaladas, se impondrá al responsable la pérdida de la posibilidad de obtener subvenciones y del derecho a gozar de los beneficios o incentivos fiscales o de la Seguridad Social durante el período de tres a seis años”.

O sea, si Bárcenas no gana su demanda contra el PP, y el juez decide que se le pagó la indemnización a través de un contrato simulado, el PP podría perder durante cuatro años los más o menos 70 millones anuales que recibe en subvenciones, más del 80% de sus ingresos, y lo mismo tendría que declararse en suspensión de pagos, desaparecer y eso.

Si yo contratara a un inmigrante ilegal con ese tipo de “contrato simulado” para escribirme esta columna, la columna saldría más bella y verdadera, pero me caería un puro enorme, me meterían al talego y Gallardón me obligaría a pagar las costas del juicio. Porque los contratos simulados están un poco mal vistos por los jueces en estos países a medio desarrollar.

Lo cual que no me extrañaría que el PP, para perder este juicio por despido improcedente, le regalara a Bárcenas el mejor abogado laboralista del mundo. El partido de Rajoy, por su parte, se ve obligado a defenderse sin abogado y como dios manda. En plan como nos gobiernan. Para perder.

Dice el tópico que la mejor defensa es el ataque. El PP, hasta en eso, ha revertido las verdades universales. Su mejor defensa sería un suicidio. Necesita perder ante los tribunales. Los españoles somos pobres, no tenemos trabajo, estamos desahuciándonos adrede para pagar el caviar de los banqueros, hemos vendido nuestra sanidad y nuestra educación, y ni siquiera habemus papa, que es algo que nos tiene desvelados. Pero, en tiempos malvados como estos, es necesario el humor. Eso lo sabe mejor que nadie el Partido Popular, y se agradece que no les importe hacer este constante ridículo para obligarnos a reír en medio de tanta desesperanza.