Rosas y espinas

El esclavismo inevitable

Me asombran a veces la facilidad y la hijoputez con las que nuestros políticos nos cuelan sus tonterías. Pasó tal que ayer, víspera de San Isidro. San Isidro también fue bastante gilipollas. O aprovechado. El milagro más fehaciente de San Isidro fue quedarse dormido en la era, víctima del sopor que provoca la santidad, y que unos ángeles le arasen el campo mientras él sesteaba. A mí, más que un milagro, esto de que los ángeles te aren los campos mientras sesteas, más que milagro, insisto, me parece explotación. Y no se debe de explotar a los ángeles, que tienen su convenio colectivo. Como los banderilleros. O, quizá, como también algún que otro ciudadano.

Tal que anteayer, antevíspera de San Isidro labrador, László Ándor, comisario de empleo de la cosa europea, nos recomendaba un solo contrato para todos los trabajadores españoles, un contrato único, no por su belleza, sino por su inteligencia: al firmarlo, el trabajador acuerda con el empresario incluso las cláusulas y dineros de su despido. Cualquiera de nuestros seis millones de parados hoy firmaría ese contrato único aceptando su posible despido por una cantidad de dinero cercana o menor a cero. La necesidad es muy perra.

Y tal que ayer, víspera de San Isidro, día internacional del empresario supuestamente labrador al que le aran la tierra los ángeles mientras sestea, nuestra sesteante ministra de Trabajo, Fátima Báñez, dice que no, que es una pena, pero que tal contrato es casi inconstitucional, como la esclavitud y la explotación laboral de menores. ¡Vaya ministra tenemos!

Pero empecé este artículo hablando de lo que me asombran a veces la facilidad y la hijoputez con las que nuestros políticos nos cuelan sus tonterías. Y a esto me refiero. Las derivas europea y española nos están regalando demasiadas propuestas de este tipo. Aparece el poli malo, el clásico comisario europeo de Hungría o así, y dice que la economía jamás funcionará a no ser que los trabajadores hagamos nuestro obreraje de rodillas, soportando el látigo en la espalda y desnudos por si el patrón necesita algún extra de nosotros. Al día siguiente, cualquier Fátima, desde la cova de Iría, matiza que no: que no es necesario tanto sacrificio. Que basta con que trabajemos de rodillas y con el látigo en la espalda, pero que podemos llevar algo de ropa porque la eterna desnudez es poco constitucional. Y vamos tragando. Nos quieren hacer creer que hay que acatar lo inevitable, como si no fuera más fácil luchar contra lo evitable.

El discurso de lo inevitable, aun de zafia elaboración, sigue funcionando. Nos lo siguen diciendo. Y, realmente, si solo existiera una solución para cada problema, no existirían los problemas, sino solo los axiomas, y si así fuera no necesitaríamos un presidente, ni un ministro ni siquiera un comisario europeo: necesitaríamos a un ejecutor de axiomas. Y cuando te gobierna un ejecutor, por mucho que le hayas votado, no estás viviendo en un régimen democrático o libre, sino en un fascismo donde la ley y la verdad solo tienen un camino: el suyo.

Yo mismo, que a veces vagabundeo despistadamente por el mundo y por Europa, voy viendo que en el mundo y en Europa todavía quedan algunas cosas por hacer, y me asombro de que nos resignemos a tener en España seis millones de personas sin trabajo, cuando también siempre ha sido axiomático el hecho de que para hacer y mejorar cosas hacen falta brazos. Pocas veces los ángeles te bajan a arar la tierra mientras duermes, como le sucedió a San Isidro.

Los polis buenos y los polis malos de la antedicha escenita hispano-europea olvidan este axioma, bajo el que sí se debería de gobernar, insultando a nuestra inteligencia, diciendo que el mal menor va a ser una nueva reforma laboral, y no la vuelta al esclavismo, que es lo inevitable para calmar a los mercados. Pues yo no quiero calmar a los mercados. Tal y como se han comportado últimamente los mercados, hasta prefiero ponerlos nerviosos. O meterlos en la cárcel, si actúo con la carta de derechos humanos en la mano, que es como me gusta regir mis comportamientos.

La reciente muerte de más de mil obreros del textil en Bangladesh es también producto de esa economía de lo inevitable que nos quieren hacer tragar. Yo prefiero luchar contra lo evitable que asumir la existencia de lo inevitable. No sé si solo seré un jodido idealista, o simplemente conservaré algo de vocación de ser humano. A veces, hasta me lo cuestiono.